Refugiados del Mal

“Hello! I am Mohammed. And you?” Desde lo alto de sus 80 centímetros y sus 12 años que parecen 8, Mohammed tiene ganas de hablar. Su mirada color azabache es tan intensa que a veces dan ganas de llorar. “Hace mucho que estoy aquí. Sí, solo. Vengo de Aleppo. Mis papás se murieron en un bombardeo. Mi familia también. ¿Qué iba a hacer? Tengo sólo una tía, en Suecia. Que tiene dos hijos de mi edad”. (http://www.lanacion.com.ar/1879295-refugiados-europa-el-sueno-al-que-no-renuncian-pese-a-todo)
Si no fuera por el nombre y por la referencia a su procedencia, si no fuera por la ubicación del texto citado en una sección del diario que tiene que ver con la actualidad, cualquier lector podría pensar que se trata del testimonio de un niño europeo que escapa de la guerra en la mitad del siglo XX. Pues no, hoy, como hace 76 años, el mundo mira, sin ver, el sufrimiento de millones de personas que buscan refugio, que quieren escapar, del peligro más inextirpable para la especie humana: el mal.
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Desde hace meses, en todos los medios de comunicación, diariamente aparecen noticias que tienen que ver con la situación de los refugiados que buscan un lugar seguro para vivir, mientras tratan de dejar atrás sus historias, sus vidas, en un territorio que se ha vuelto demasiado inseguro para vivir. Pero, como tantas otras veces, a fuerza de escuchar repetidamente una narración, deja de ser significativa para nuestros sentidos y para nuestro juicio inteligente. Dicho de otro modo, nos acostumbramos y dejamos de conmovernos. Sin saberlo, sin buscarlo, banalizamos el mal.
En la década del 60, la filósofa judeo-alemana Hannah Arendt, acuñó la expresión de banalidad del mal al presenciar el juicio que en Jerusalén se le aplicaba a unos de los mayores responsables de la organización de aquello que eufemísticamente se llamó “solución final al problema de los judíos”, Adolf Eichmann. La expresión misma y la profundidad de su sentido no fue bien comprendido entonces y, tal vez, tampoco hoy. Ella quería expresar con esta categoría, la verdadera razón del mal que los seres humanos realizamos, esto es, la banalidad con la que vivimos, la superfluidad de toda vida –propia y ajena- que nos vuelve irreflexivos, ciegos a la realidad como para poder ejercer un juicio crítico y transformador.
El tema del mal ha sido para la filosofía una cuestión permanente. Se lo ha asociado a una cuestión de injusticia divina, a una patología psíquica, a la influencia actuante de un poder maligno pero en pocas ocasiones se lo asume como posibilidad real de todo ser humano. Kant habló de una radicalidad del mal (en La religión dentro de los límites de la razón) para señalar esta tendencia como inextirpable de la naturaleza humana y aunque Arendt (en Eichmann en Jerusalen) la llame banal no significa otra cosa que el esfuerzo de estos filósofos por llamar la atención de todo ser humano ante esta real posibilidad.
Cuando, terminada la Segunda Guerra Mundial, la Declaración de los Derechos Humanos vino a poner luz en un mundo convulsionado, pretendiendo asegurarnos que la radicalidad del mal que la Humanidad había vivido por entonces ya no podría volver a repetirse, escuchar el testimonio de los sobrevivientes de los campos de concentración que gritaban al mundo lo que habían vivido para “que no vuelva a suceder” nos pareció innecesario, demasiado pesimista…y dejamos de escuchar.refugiados03
Hoy tenemos frente a nosotros imágenes y testimonios escalofriantemente similares a aquellos otros. En la frontera greco-macedonia, el campo de refugiados de Indomeni se ha vuelto escenario de los mismos padecimientos que creímos ya no volver a ver. Condiciones de vida precaria, alimentos insuficientes, circunstancias de falta de higiene y frío, exponen a estas personas a un peligro tan real como el que vivían en Siria: su muerte inocente.
Estas personas, como las víctimas del nazismo, están obligadas al exilio para salvar sus vidas. Escapan de formas incomprensibles del terror del que pueden ser presas simplemente porque piensan distinto a quienes ejercen el poder en esos lugares. Si algo define el modo totalitario de vida política es precisamente la eliminación de todo “otro”, y todo hombre se ha vuelto potencialmente un otro posible de ser eliminado si a los intereses del poder le conviene. ¿Será que, aunque nos parezca imposible, estamos ante nuevas formas de totalitarismo?
Volvemos a ver masas de personas extendiendo sus manos para recibir un pobrísimo alimento; cientos de familias que acarrean en pequeños bultos retazos de sus vidas; miradas cargadas de esperanza de poder escapar del mal y acercarse a un futuro mejor. Y frente a ellos, vemos muros, alambradas, miradas sospechosas que recelan sus tierras y sus posesiones…miradas banales, superfluas.
¿Qué hace el resto del mundo hoy, como hace 76 años, frente a esta miseria humana? Mira sin ver. Espera que los poderosos tomen una decisión justa, siempre y cuando esta decisión no los afecte, no le quite la seguridad en la que vive. Pero, ¿quién es “el resto del mundo”? usted, yo, todo hombre que habita este mundo que nos ha sido dado, con el indiscutible deseo de vivir en paz, pero en la oscura comodidad de saber que “no vienen por mí” (B. Brech). Tal vez, sea aún necesario, escuchar a los filósofos que nos dicen, en lo eterno de sus planteos, que el mal es posible cada vez que toda vida se vuelve superflua, banal. El mal es posible cada vez que cualquier “otro” se vuelve invisible.

Los refugiados de hoy, son los refugiados de siempre, Es el hombre mismo buscando cobijo para refugiarse del mal, de aquello que no lo dejará Ser. Despertar, abrir los ojos a esta realidad hará posible un mundo mejor y está al alcance de cualquier ser humano. La Filosofía pretende hablar, mostrar, señalar…abrir los ojos a la Humanidad, para saber vivir.

Dra. Carmen González
Facultad de Filosofía – UCSF