Salir al encuentro

El objetivo de esta Carta apostólica es que crezca el amor

a este gran santo, para ser impulsados a implorar su intercesión

e imitar sus virtudes, como también su resolución. En efecto,

la misión específica de los santos no es sólo la de conceder

milagros y gracias, sino la de interceder por nosotros ante Dios…

Su vida es una prueba concreta de que es posible vivir el Evangelio.

Francisco, Patris Corde

 

Al comenzar este semestre nos propusimos hacernos eco de las palabras del Papa Francisco, acogiendo su invitación a crecer en el amor a San José, confiándonos a su intercesión, poniendo en práctica sus virtudes y, sobre todo, tomando conciencia de que es posible vivir el Evangelio. Más aún, o el Evangelio se hace carne o es chamuyo.

Estamos atravesando tiempos difíciles, de incertidumbre y angustia, de avances y retrocesos, de preguntas sin respuestas y de respuestas a preguntas que no nos hicimos, de ausencias y extrañamiento, de pérdidas y sufrimientos, de confusión y aturdimiento, de enfrentamientos mezquinos y de una violencia inusitada de la cual las redes sociales dan testimonio. Como leemos en Fratelli Tutti, hoy en día:

Se suele confundir el diálogo con algo muy diferente: un febril intercambio de opiniones en las redes sociales, muchas veces orientado por información mediática no siempre confiable. Son sólo monólogos que proceden paralelos, quizás imponiéndose a la atención de los demás por sus tonos altos o agresivos. Pero los monólogos no comprometen a nadie, hasta el punto de que sus contenidos frecuentemente son oportunistas y contradictorios. La resonante difusión de hechos y reclamos en los medios, en realidad suele cerrar las posibilidades del diálogo, porque permite que cada uno mantenga intocables y sin matices sus ideas, intereses y opciones con la excusa de los errores ajenos. Prima la costumbre de descalificar rápidamente al adversario, aplicándole epítetos humillantes, en lugar de enfrentar un diálogo abierto y respetuoso, donde se busque alcanzar una síntesis superadora. Lo peor es que este lenguaje, habitual en el contexto mediático de una campaña política, se ha generalizado de tal manera que todos lo utilizan cotidianamente. […] Los héroes del futuro serán los que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales. (200-202)

En este contexto tan particular urge aprender de San José, de su capacidad de amar, de sus silencios, de su enorme esperanza, de la aceptación dolorosa del sufrimiento como parte inherente a la condición humana.

El padre José María Recondo dice que “es toda una ironía que la primera pandemia global tenga lugar cuando la humanidad ha alcanzado un grado de consumismo como nunca antes había existido, generando una cultura que identifica la propia dignidad y la felicidad con la capacidad de consumir. Una cultura que ha procurado, de todas las formas posibles, evitar el sacrificio, el dolor, el sufrir, por lo que la llegada de este mal universal nos encuentra tanto en el plano psicológico como en el espiritual, particularmente vulnerables y desprovistos”. En esta misma línea afirma Byung-Chul Han en La sociedad paliativa que vivimos en una sociedad que ha desarrollado una particular fobia al dolor, en la que no hay lugar para el sufrimiento y en el que la conciencia termina siendo cosificada al ser incapaz de estremecerse. Globalización de la indiferencia –dice Francisco.

Cuando uno mira la vida de nuestro santo, lo poco que dicen los Evangelios, no puede menos que admirarse de la extraordinaria capacidad de José para afrontar la adversidad, de su entereza o de lo que hoy gusta denominar resilencia. En realidad, en este santo varón lo que resplandece es la gracia. José se abandona a los sueños, esto es: a la voz de Dios. Y desde allí vive una lógica de la libertad que es la lógica del amor. El amor lleva a salir de sí mismo para ir al encuentro del otro, implica un descentrarse, nos pone en movimiento. “La felicidad de José –leemos en Patris Corde- no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo. Nunca se percibe en este hombre la frustración, sino sólo la confianza. Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza”.

En la reflexión anterior hablábamos sobre la vocación, pues bien, “toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio”. José tenía un proyecto para su existencia: una vida tranquila junto a la mujer amada, una familia, un trabajo… Y de golpe y porrazo se encontró con un embarazo, las dudas, la noche oscura, un censo, un establo, la impotencia, el miedo, la huida, el exilio, lo extraño, el volver a empezar. Nada de eso había sido buscado, no estaba en sus planes. Y, sin embargo, allí lo vemos a José sin quejarse, sin desanimarse, sin echar culpas, pensando y orando en silencio, actuando movido por la fe, aceptando los designios divinos. No se coloca en el lugar de Dios –tentación originaria–, tampoco se pone en estrella, en figurita difícil, en diva religiosa. Acoge con docilidad el plan de Dios y así asume la misión de ser padre putativo de Jesús. ¡Necesitamos aprender de él! Construir desde la ternura, desde el silencio, con delicadeza. Demasiadas quejas, demasiadas susceptibilidades en este mundo en el que pululan los maestros de la sospecha, los profetas de la desesperanza, los manipuladores de siempre. El mundo necesita otra cosa. Necesita padres, basta de amos. Basta de aquellos que quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío. Basta de autoritarismo. Basta de confundir servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción (Cfr. Patris Corde, 7). El mundo necesita menos Herodes y más José. Menos escribas y fariseos dispuestos a atar pesadas cargas y a señalar con el dedo de la condena y más varones justos. Menos levitas y sacerdotes que pasen de largo y más samaritanos que, como José, sean capaces de salir de sí para detenerse en el otro.

Pidamos a San José la gracia de seguir caminando a la sombra del Padre, acogiendo y renovando el don, haciendo lugar a Jesús en el propio corazón, siendo fieles a los sueños, dóciles a la voz de Dios, apostando por un silencio fecundo que pueda ser un bálsamo entre tanto caos y ruido, sin temor al sufrimiento, sabiendo que  no se trata ni de una aceptación estoica ni de un placer masoquista sino de una apertura a la gracia que nos viene de la entrega del Señor en la cruz que “no reside en el sufrimiento sino en el amor que lo transfigura desde adentro”.

 

P. Enzo Frati, UCSF Rosario

 

 

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