Seamos el oído que escucha y la mano que cura

“Estoy viviendo con 5 personas, de países y con personalidades muy diversas (…) Mi primera semana la compartí con Luci, una misionera francesa que ahora continúa su misión en la Fazenda; Mariana, de Chile, que está hace más de un año (…); Arnaud, de Francia, que está hace 6 meses; Tomasz de Polonia hace 4 y Flor, de Córdoba que llegó 15 días después de mi”. Así nos hacía parte de su experiencia Débora Picco, una estudiante de Abogacía de la UCSF Sede Santa Fe que, desde hace un mes aproximadamente, se encuentra en Sim2ões Filho, Brasil, emprendiendo una aventura de la mano de la oración.

Débora tiene 24 años y un presente destinado al servicio, ya que forma parte del equipo de Pastoral de la UCSF y del movimiento que genera Puntos Corazón, una obra católica que, a través de sus voluntarios, visitan lugares específicos de sufrimiento como hospitales, orfanatos, cárceles, etcétera.

La Asociación Puntos Corazón nace en 1990, en el barrio «El Morro» de Paraná, Entre Ríos, siguiendo un objetivo primordial, que es el llevar compasión a todos los que sufren, en todo el mundo. India, Kazajs¬tán, Argen¬tina, Fran¬cia, Haití, Italia, Siria y Hon-du¬ras, Brasil, Estados Unidos, Ecuador, son sólo algunos de los países en los cuales se encuentra presente esta asociación, sumando un total de 44 comunidades en 25 países.

En este contexto, la estudiante de abogacía define a Puntos Corazón como ese oído que escucha. Como un lugar con puertas abiertas a donde las personas pueden acudir ante cualquier momento de dificultad, cuando necesitan que alguien los escuche, cuando sienten que no pueden solos. “Somos esa mano que levanta aún sin hablar, sin hacer algo ma1terial, solo presencia como María al pie de la cruz, mirando, sin hablar, sin gritar, sin protestar, solo estando para que su hijo sienta esa presencia, ese compartir el dolor, aunque ni nosotros entendamos para qué ni por qué, aunque no nos sintamos dignos de escuchar los dolores de otras personas, tenemos la necesidad de ser esa presencia que refleja a Dios”.

Débora demuestra cariño por el lugar que hoy la tiene como huésped y nos regala algunas fotografías, tomadas con sus ojos y descriptas con sus palabras, para que los que nos quedamos de este lado, podamos “ver” lo mismo que ella. Define a Simões Filho como un pueblo que no tiene vergüenza de hablar de Dios, nos confirma que en cada charla aparece, que sus habitantes disfrutan de la misa diaria y los saludan con un “vayan con Dios”.

Mucha vegetación, árboles de todo tipo, millones de frutas que encuentra en cada casa, un idioma de ritmo bahiano, son las particularidades del lugar. Pero ella prefiere detenerse en las personas, en sus cualidades. Las personas y sus dolencias, que, al fin y al cabo, son el porqué de su viaje.

Los rostros de sonrisas a3mplias, la cercanía del trato, un corazón muy grande y siempre dispuesto a ayudar son las características que enumera primero. Pero, aun así, no deja de contarnos que las familias son una herida abierta en el barrio: “encontré muchas historias de madres que abandonan a sus hijos, de otras que se hacen cargo de ellos. Por eso, ahora no me sorprende que al visitar muchas mujeres ya nos quieran como propios y nos repitan que son nuestras “Madres Negras de Brasil”.

Ojalá, y en algún momento de nuestras vidas, todos podamos contar una historia de servicio y solidaridad al que más lo necesite.

Compartimos las cartas que Débora escribió hasta el momento:

Carta 1

Carta 2