Educación Continua: Cuando el deseo de crecer no descansa

Por el Mgter. Lucas Passeggi

Secretario de Ciencia, Técnica y Extensión

Departamento de Posgrado

Hace muchos años, cuando me encontraba terminando mis estudios de grado en comunicación social en la Universidad Católica de Santa Fe, descubrí con asombro que todo el esfuerzo que a esa altura ya había hecho para terminar la carrera, en realidad no me ponía de cara a ningún final. Todo lo contrario, la historia continuaría casi como en un sinfín.

Efectivamente, con los años comprobé que, en la medida en que nos insertamos en el dinámico mundo de lo académico, lo profesional o la investigación, no sólo adquirimos conocimientos para producir nuevos conocimientos, sino que, de manera implícita, nos integramos a un ámbito de desarrollo humano y social en el que la condición para pertenecer era por entonces y sigue siendo hoy, la necesidad y el desafío de la educación continua; los estudios de posgrado.

Estudiar una carrera de posgrado representa la posibilidad de actualizar, profundizar o aumentar los conocimientos profesionales dentro de un área del conocimiento, a través de la adquisición de competencias, habilidades y saberes que hacen que el perfil académico del profesional crezca, volviéndolo más idóneo y competente.

En otros términos, la integración al mercado profesional y, por cierto, la competencia en dicho mercado supone, necesariamente, la educación continua tanto en el plano de la educación formal (estudios de posgrado en sus tres niveles de certificación académica: Especializaciones, Maestrías y Doctorados) como en el plano de la educación no formal (seminarios, cursos, diplomaturas, capacitaciones, clínicas profesionales, etc.).

Los estudios de posgrado encontraron en Argentina y Latinoamérica un boom en la década del ’90, cuando todavía de manera desregulada, cada institución de educación superior salió a cubrir expectativas y nichos de formación posgradual, tanto a los fines de sus misiones académicas como en el afán de dar respuesta de mercado a una demanda de formación latente entre profesionales de todas las áreas.

Posteriormente, en la medida en que las diferentes instancias de gobierno universitario público y privado, junto al estado, comenzaron a organizar la regulación de la oferta académica de posgrado, especialmente a partir de la necesidad de estandarizar la calidad y acreditación académica de las distintas carreras de posgrado en Argentina, la situación encontró una trama paradójica: por un lado, se promovía y exigía el perfeccionamiento profesional y académico de los distintos actores del sistema de educación superior (gestores, docentes e investigadores) a través de la realización de estudios de posgrado (inclusive, en algunos casos, merituando laboralmente estos progresos personales), y por el otro, se pasó a regular rigurosamente la oferta de carreras de posgrado a nivel nacional, sobre todo con la creación en el año 1995 de la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU), única agencia gubernamental responsable de fijar los estándares y la recomendaciones de acreditación para que toda carrera de posgrado en Argentina pueda ofrecerse, inscribir alumnos y funcionar.

Ahora bien, más allá de los avatares históricos de este fenómeno de “continuar estudiando después de haber estudiado” y, en definitiva, de la relevancia que supone para un profesional dar continuidad a su educación en términos de competencia, cabe preguntarse: ¿qué relevancia adquiere para nuestra sociedad el valor que agrega un estudio de posgrado en la carrera profesional de una persona? O sea, ¿qué le aporta a la persona y a la sociedad estudiar una carrera de posgrado?

Obviamente, la respuesta puede variar según la experiencia de quien haya transitado o aún transite una carrera de posgrado, aunque para todos resultará común reconocer que lo que una carrera de posgrado agrega en la formación humana y profesional de una persona es un plus de criterio en la perspectiva que se asume frente a la realidad, consolidando saberes, actualizando teorías y profundizando el conocimiento en torno a metodologías para producir conocimientos.

Es el perfeccionamiento del punto de vista académico y profesional que hace volar la vocación de base y el proyecto inicial de estudiar en la universidad, llevando todo a un nuevo nivel.

Dicho de otro modo, la educación continua de posgrado supone un tomar distancia para ver de cerca aquello que, desde el cristal disciplinar, se observa como problemática que interpela la vida en sociedad, para dar un salto de calidad en la capacidad de intervenir en la realidad para transformarla, siempre en orden al bien común.

Si la vida es un viaje y la vocación la utopía que nos empuja a seguir, la educación continua, como un imán, será parte del horizonte que orientará y atraerá esta búsqueda.

La excelencia en educación superior debe incluir este objetivo y así, la universidad deberá ser el ámbito más óptimo para acompañar estas historias sinfín.



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