Sueña y actúa

Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz

 

Si, como nos enseña el Papa Francisco, nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes –corrientemente olvidadas– que no aparecen en portadas de diarios ni de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show, personas que no figuran en los libros de historia ni son catalogadas como seres excepcionales, personas que pasan desapercibidas –y sin embargo, tan necesarias– cuánto provecho podemos obtener al recurrir a la figura de San José, para aprender y para invocar su intercesión.

En lo personal, le tengo una gran devoción. Me inspira confianza y ternura. Un varón que no ocupa un papel protagónico. No hace milagros. El Evangelio no recoge ni una palabra. Un soñador. Un hombre fiel a Dios. Un varón justo. Trabajador, padre, esposo. Patrono de la Iglesia Universal. Muchas veces olvidado. Y es que tenemos un doble problema con la santidad: por un lado hacemos de los santos una especie de héroes impolutos, “campeones de la fe”, seres extraordinarios, con poderes especiales y, entonces, la santidad se vuelve inalcanzable y poco apetecible para el común de los mortales; y por otro lado, hemos convertido a cada uno de “nuestros santitos” en algo así como un mágico té de yuyos con propiedades para algo (para la vista, Santa Lucía; para el trabajo, San Cayetano; para las causas imposibles, Santa Rita; para los desesperados, San Judas Tadeo; para lo urgente, San Expedito; para los enfermos, San Pantaleón; para el estudio, San José de Cupertino; y si querés novio, pedile al famoso San Antonio). Y aquí aparece el olvido de José. No sirve para nada. Es un santo de “segunda línea”, de presencia diaria, oculta, discreta, desapercibida y, al mismo tiempo, fundamental en la vida del Señor.

Un día Jesús dijo “si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado”. Treinta años atrás José, al enterarse del embarazo de María -cuando todavía no había tenido el sueño del ángel-, “decidió abandonarla en secreto”.

Un día Jesús regresó a su pueblo. Nadie es profeta en su propia tierra, lo sabemos. Y, sin embargo, en aquella oportunidad todos quedaron asombrados y decían: “es el carpintero”, “el hijo del carpintero”.

Un día Jesús lloró ante la tumba de su amigo entrañable. Tiempo después, lo haría ante la ciudad de Jerusalén porque sus habitantes “no supieron reconocer el tiempo en que fueron visitados por Dios”.

Un día Jesús se sentó junto al pozo y conversó con una samaritana. Otro día miró con enojo a un puñado de hombres y proclamó que “el que esté sin pecado tire la primera piedra”. Luego, mirando con ternura a la mujer, dijo: “¿nadie te ha condenado? Yo tampoco”. Un día se quedó a solas con Marta y María. Y también permitió que la Magdalena lo siguiera. ¡Ni hablar del amor por su mamá, María!

Uno ve a Jesús y se pregunta:

¿De quién aprendió a corregir en secreto?

¿De quién aprendió un oficio y el valor del trabajo?

¿De quién aprendió a llorar en una cultura en la que “no es de hombres llorar”?

¿De quién aprendió a respetar a la mujer, a valorarla, a no cosificarla?

Al ver la vida adulta de Jesús, la figura de José se agiganta.

Un gran papá, un gran educador.

No pronuncia una sola palabra en todo el Evangelio. Sueña y actúa.

Educó a su hijo, como los verdaderos maestros, con el ejemplo.

Pidamos a San José su intercesión y guía en estos tiempos difíciles que nos tocan vivir. Las reflexiones que iremos compartiendo intentan ser una respuesta como comunidad de la UCSF al llamado que nos hace el Papa Francisco para este año que iniciamos. Ojalá nos ayuden a caminar juntos, como José con María camino a Belén, como José con María y el pequeño niño en la huida a Egipto, como José junto a su esposa y su hijo de regreso a Nazaret, como José con su familia peregrinando al Templo. Caminar juntos, desde la fe, con un protagonismo que no busca carteles porque ese lugar es para el Señor.

P. Enzo Frati
UCSF Rosario

 

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