La Universidad Católica de Santa Fe, a través de la Cátedra Abierta de la Empresa “Enrique Shaw”, presenta la muestra “Enrique Shaw. Un faro de integridad”. La propuesta busca dar a conocer su figura, a través de una exposición visual y narrativa, e intenta promover la vivencia de valores fundamentales en la sociedad actual. 

Para su realización se contó con la especial colaboración de su familia, que facilitó material fotográfico y bibliográfico, así como también de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE).  

Esta iniciativa expondrá su legado de profundo impacto que interpela a los ciudadanos de hoy, brindando herramientas para integrar la vocación con la construcción de una sociedad más justa y humana. Se trata de una oportunidad para que la comunidad en general descubra la propuesta de vida que inspira Enrique Shaw.  

CONOCÉ MÁS SOBRE LA HISTORIA DE ENRIQUE A TRAVÉS DE LOS SIGUIENTES PANELES:

1 y 2. Enrique Shaw (1921-1962). Un faro de integridad

Marino y empresario, esposo y padre de nueve hijos, Enrique Shaw constituye un testimonio real de que la excelencia profesional y la santidad en lo cotidiano son un camino necesario para el bien común.

Enrique se destacó por un rigor formativo de excelencia. Su desempeño fue brillante en el Colegio De La Salle y en la Escuela Naval, así como en su paso para formarse en la Universidad de Harvard. Su verdadera vocación era la empresa y como directivo en la Cristalería Rigolleau, ejerció una gestión basada en la Doctrina Social de la Iglesia, tratando a sus 3.000 operarios como “ejecutivos” de su propia tarea.

Entendía la empresa como una comunidad de personas. Consideraba la eficiencia un deber de estado para garantizar la continuidad laboral pero también demostró con su acción que la rentabilidad es inseparable de la dignidad del trabajador.

Su liderazgo alcanzó un nivel heroico cuando, afectado por una grave enfermedad, arriesgó su patrimonio y el sustento de su familia para evitar el despido masivo de trabajadores.

Fue un prolífico constructor de instituciones: fundador de ACDE, primer tesorero de la UCA, dirigente de la Acción Católica, promotor de la ley de Asignaciones Familiares y colaborador de numerosas obras de caridad.

Ante un cáncer terminal, vivió su enfermedad con una heroica serenidad y una profunda confianza en la Providencia.

Falleció a los 41 años, tras haber recibido en vida transfusiones de 260 obreros, declarando que por sus venas corria “sangre obrera”.

El Papa Francisco lo declaró Venerable y el Papa León XIV aprobó en diciembre de 2025 el decreto que reconoce un milagro atribuido a su intercesión, allanando su camino a la beatificación.

El milagro fue la curación inexplicable de un niño de 6 años con un traumatismo craneal severo.

Este “santo de traje y corbata” ilumina hoy el mundo del trabajo con un mensaje de integridad y coherencia de vida total.

“Debo tener la convicción de estar encargado de hacer mejor al mundo, y que puedo realizar esa difícil y necesaria tarea.”

(Sara B. Critto de Eiras, Un empresario en plenitud: Enrique E. Shaw)

Enrique Shaw en sus conferencias dirigidas a dirigentes de empresas convirtió esta reflexión en una pregunta interpeladora para luchar contra dos estados mentales que inmovilizan al dirigente: el complejo de inferioridad y el espíritu de fatalidad que impiden obtener el espíritu de coraje optimista para transformar el mundo desde adentro.

TESTIMONIO:

“Cuál fue la lección que él fundamentalmente nos deja?
La de haber sido hasta el último instante, el hombre enloquecido por crear un mundo en el que Dios pueda habitar.”

Padre Manuel Moledo (Amigo, asesor, guía espiritual, estuvo a su lado en sus últimos días).

De su cuna europea al rigor de los canales fueguinos, Enrique Shaw moldeó su carácter mediante la disciplina, el estudio y una fe inquebrantable, transformando el mando naval en un servicio heroico al prójimo.

Enrique Shaw nació en el Hotel Ritz de París, en 1921.

Su infancia estuvo marcada por la pérdida de su madre, Sara Tornquist, a los cuatro años, y la soledad provocada por los constantes viajes de su padre, Alejandro.

Criado bajo una promesa de fe, se destacó como alumno sobresaliente en el Colegio De La Salle antes de tomar una decisión que asombró a su entorno: ingresar a la Escuela Naval Militar a los 14 años.

Su objetivo no era la gloria bélica, sino fortalecer su voluntad para “no ser un “flojo” ante las comodidades de su estatus social.

Siendo el cadete más joven, enfrentó burlas por su piedad y tartamudez, pero su persistencia le permitió alcanzar la “Roseta Dorada” y fue uno de los tres mejores promedios. Se graduó como el oficial más joven de la historia de la Armada.

En los mares australes, su liderazgo fue un apostolado: enseñaba catequesis sobre cajones de madera en los acorazados Rivadavia y Moreno.  

Su pensamiento estaba puesto en la misión apostólica a la cual se sentía llamado. Escribe en su Diario: 

“Hacer apostolado significa para mi trabajar con la mente y con todas mis fuerzas por el prójimo. Significa sacrificarme, renunciando a muchas cosas. Significa humillarme. Significa, en fin, rezar, romperme, afligirme y llorar por las almas para llevarlas a Cristo.”

 

“Tengo 64 hombres sobre los que debo formular concepto y juzgo que sería inmoral hacerlo sin conocerlos bien … no sabes la satisfacción que me depara el comando activo de gente, los problemas de organización … ”
Cartas de amor Enrique y Cecilia.

“He conseguido ser respetado siendo respetable. He aprendido a decir no. Estoy pleno de optimismo.”

(Sara B. Critto de Eiras, Viviendo con alegría)

Tu historia cuenta.
¿Cómo ha influido la fidelidad a tus principios en las decisiones más complejas que has tomado?

La tartamudez y las burlas no lo detuvieron.
¿Quieres saber cómo transformó la debilidad en una fortaleza de ‘acero inoxidable’?

Enrique con su madre Sara Torquinst (Un empresario en plenitud, pág 38)

El vacío materno y la promesa sagrada

La muerte de Sara Tornquist en 1925, fue el evento fundante del mundo interior de Enrique. Sara, mujer de fe profunda, obtuvo de su esposo Alejandro —quien poseía creencias agnósticas— la promesa solemne de educar a sus hijos en el catolicismo. Alejandro cumplió honestamente el mandato, confiando la formación al P. Goicoechea.

Enrique compensó la ausencia de ternura femenina con un amor filial a la Madre del Cielo, integrando la orfandad en su camino espiritual. Esta base religiosa, lejos de ser superficial, fue el cimiento de una vocación laical que se rebeló contra la sociedad liberal en la que creció, buscando en Dios la “verdadera medida de todas las cosas”.

(Un empresario en plenitud, pág 20)

La soledad del joven viajero en Nueva York

Debido a la crisis económica de 1929 que afectó a la Casa Tornquist, su padre se trasladó a trabajar en la Manufacturers Trust Company de Wall Street.

Enrique pasó un período crucial como pupilo en el colegio Saint Lawrence de Nueva York entre abril y junio de 1930. Allí recibió la Confirmación, pero también experimentó una soledad extrema que forjó su independencia.

Sus amigos del colegio De La Salle recordaban que, a pesar de estar solo con el personal de servicio por los viajes de su padre, Enrique jamás utilizó esa libertad para el desorden. Esa madurez precoz le permitió desarrollar un sentido de la responsabilidad inusual para su edad, transformando el silencio del hogar en un diálogo interior con Dios.

Enrique Shaw, acompañado por su padre, Alejandro Shaw y sus tías (Revista ES padre de familia y empresario pág. 9)

Motivos de una decisión: “No ablandarse”

¿Por qué un joven de la élite, con un futuro civil cómodo y rico, elegiría la estricta disciplina militar?. Enrique temía los “lazos del dinero” que le prometía su herencia.

Su hija Sara relató que Enrique consideraba que se lo “mimaba” demasiado en casa y necesitaba la Marina para fortalecer su carácter y no ser “flojo”. No buscaba la milicia por gloria militar, sino como un gimnasio para la voluntad. En sus libretas confesaba el deseo de ser útil a la patria y vivir bajo un régimen estricto que lo apartara de los halagos sociales de su posición.

El faro de Luis Chico, en el campo familiar cerca del mar, fue su inspiración náutica herencia probable de su bisabuelo marino escocés.

Enrique Shaw Cadete Naval (Shaw de Cadete Naval a Santo, pág. 25)

El crisol de Río Santiago: de la burla al respeto

El ingreso a la Escuela Naval fue traumático. Enrique era el menor de cien compañeros, tartamudeaba y carecía de habilidad deportiva inicial.

Sus pares fueron crueles: lo sometieron a la ley del hielo (“Berlín”) y llegó a perder los dientes delanteros por el golpe de una jabonera metálica lanzada por otros cadetes. Lejos de reaccionar con odio, Enrique utilizó sus horas libres para practicar gimnasia hasta ser campeón de resistencia respiratoria y nadador de larga distancia.

Su silenciosa devoción —arrodillándose a rezar el Rosario entre burlas— terminó imponiendo una jerarquía espiritual que sus compañeros finalmente reconocieron como una fortaleza de “acero inoxidable”. Su ejemplo demostró que ser respetable es más importante que ser respetado.

Revista Enrique Shaw 2018 pág. 4

Mando y apostolado en alta mar

Como oficial en los acorazados, Shaw transformó la disciplina naval en una herramienta de elevación humana. Sus superiores lo calificaron como un oficial de “severo concepto del deber” e inteligente. Sin embargo, su verdadera pasión era el contacto con la tripulación. Sentado en cajones de madera, conversaba largamente con “rudos marineros” para prepararlos para la Eucaristía, rompiendo barreras de clase mediante la mansedumbre. Un superior lo definió como un “pararrayos” por su piedad. Shaw entendió que el mando no era autoridad, sino amistad en el servicio, principio que luego sería el pilar de su gestión empresarial. En Ushuaia, su labor apostólica fue tan intensa que el párroco salesiano rezaba para que Enrique regresara a ayudarlo.

Solicitud de baja de Enrique Shaw. (Shaw de Cadete Naval a Santo pág. 58)

Chicago y la “Baja Ética” de 1945 hacia la fábrica

En 1945, la Marina envió a Shaw a la Universidad Estatal de Chicago para estudiar meteorología.

Enrique se sentía movido por un idealismo que lo impulsaba a estar cerca de los mas necesitados y recibió en Chicago luces de Mons. Hillenbrand quien lo convenció que era el mundo empresario quien más lo necesitaba. Por eso Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Enrique Shaw juzgó que su deber con la patria en armas había concluido, sintió que ya no era necesario permanecer en la Marina y solicitó su baja como Teniente de Fragata para iniciar su nueva vida como empresario-apóstol en Argentina.

Su pedido de baja fue un escándalo de integridad: aunque tenía derecho a retirarse sin cargo, devolvió al Estado el importe de pasajes, viáticos y sueldos de su comisión en EE.UU. para no ser gravoso a la nación.

Rechazó un futuro militar brillante para desembarcar en Berazategui, decidido a luchar por la dignidad del obrero desde la dirección de la fábrica.

El matrimonio como comunidad de vida y “pequeña Iglesia”.
Enrique y Cecilia se comprometieron a fundirse en algo superior para alcanzar juntos la santidad, transformando el afecto humano en una escuela de caridad.

Enrique Shaw y Cecilia Bunge protagonizaron una historia de amor cimentada en una fe compartida y una comunicación excepcional.

Se conocieron en la adolescencia, marcados por la orfandad temprana y una piedad que los distinguía de su entorno.

Durante los años de servicio naval de Enrique, intercambiaron más de 1.600 cartas que forjaron una “soldadura” espiritual indestructible; Shaw propuso que su unión fuera como el acero donde el hierro y el carbón se funden para crear algo superior.

En 1943 contrajeron matrimonio.

Cecilia fue su “compañera intelectual y moral”. Enrique le escribió: “Tú y yo, pues sin ti no podría realizar mi cometido, mi función”. 

Juntos diseñaron los “Peldaños en el amor a Dios”, un programa de vida para santificar lo cotidiano. 

En su libreta escribió:
“Fracasos, miserias, melancolías vienen porque se ha perdido la noción del sacrificio en el matrimonio.
Muchos se sacrifican … (sábado en casa con mis hijos). Hacerse las víctimas.
Obstáculos a vida en común: – hábito – celos – rezongos } falta de entusiasmo
La Virgen siempre dispuesta SERVIR, a olvidarse de si misma.
Modelo – obediencia – no hace nada extraordinario”.

Imperfecciones: una oportunidad de amar 

Escribió: “La belleza de la institución del matrimonio no es solamente la perfección del cónyuge, sino también sus imperfecciones que hacen que el otro cónyuge tenga ocasión de demostrar su amor, su paciencia, su esperanza, su alegría al pensar en un futuro eterno unidos ambos con Dios y entre si.”

Solía aconsejar que, para que un matrimonio funcionara, era vital que “se enoje uno solo cada vez.” 

Su paciencia era tal que su propia esposa, Cecilia, comentaba con humor que Enrique se había hecho santo por “aguantarla a ella”. 

“Un matrimonio es feliz cuando uno de los cónyuges se propone no ser feliz él, sino hacer feliz al otro.”

(Sara B. Critto de Eiras, Enrique y Cecilia Cartas de amor).

Tu historia cuenta.
¿Cuál es el compromiso o ‘soldadura’ que sostiene tus vínculos más importantes hoy?

1.600 cartas y un solo propósito.

Entrá en la intimidad del matrimonio que se propuso ser una obra de arte.

Mil seiscientas cartas de amor

El noviazgo estuvo marcado por las largas misiones navales de Enrique, convirtiendo la correspondencia en el puente vital de su relación.

Acumularon más de 1.600 misivas que Cecilia conservó como un tesoro sagrado. Enrique compartía en ellas sus dudas, lecturas y anhelos de santidad.

Usaban códigos de afecto, como círculos dibujados que representaban “besos moscas” para ser “cobrados” por correo. Este diálogo epistolar permitió que se conocieran “corazón y cerebro”, superando la separación física.

Shaw afirmaba que escribirle siempre lo dejaba alegre, transformando la soledad del camarote en un encuentro espiritual permanente.

Para él, queriendo mucho a una mujer es como se la conoce mejor, logrando una “complementación psíquica” ordenada a la gloria de Dios.

Cartas de amor Enrique y Cecilia (Portada)

La metáfora del acero y la libertad

En noviembre de 1941, Enrique escribió: “Más que unidos, tenemos que fundirnos en algo superior, así como del carbón y el hierro se obtiene el acero”. Esta metáfora reflejaba una unión indestructible donde las identidades no se anulan, sino que se transforman en una aleación más fuerte.

Shaw rechazaba el concepto burgués del matrimonio como mera convivencia; para él, era un sacramento que exigía una “soldadura” total.

Propuso a Cecilia un amor de benevolencia, donde la libertad del otro era sagrada: “quiero que me ayudes a interpretar los hechos… un planeador no puede elevar pasajeros”.

El acero simbolizaba la firmeza necesaria para construir una familia numerosa y enfrentar desafíos profesionales. Su amor fue el laboratorio donde se ensayó la caridad que luego Enrique derramaría en la fábrica.

(Un legado inspirador, pág. 3)

“Peldaños”: Un proyecto de santidad compartido

El crecimiento espiritual de la pareja fue planificado mediante el programa “Peldaños en el amor a Dios”.

Enrique recogía enseñanzas de la Iglesia y vidas de santos, enviando borradores a Cecilia, quien los ajustaba para que fueran aplicables a un hogar argentino.

Juntos consensuaron metas como evitar el pecado venial deliberado y practicar las virtudes de modo heroico. Este plan no era un “sermón”, sino una hoja de ruta dinámica para santificar lo cotidiano.

Aprendieron que la perfección no reside solo en el sentimiento, sino en la caridad activa de hacerse felices mutuamente: “Un matrimonio es feliz cuando uno de los cónyuges se propone no ser feliz él, sino hacer feliz al otro”.

La familia como obra de arte

Ambos valoraban la familia como “la más duradera de las obras humanas“.

Sara Shaw relata que sus padres eran conscientes de estar creando una obra de arte y, por ello, debían conocer bien los elementos constructivos: ellos mismos.

Se contaban detalles minuciosos de sus jornadas para conocerse profundamente. Enrique pedía a Cecilia ser su “guía espiritual” y corregidora.

Prometió no sacrificar la importancia del hogar ante la pasión por la gloria profesional: “Gracias a ti, Cecilita, no destruiré la importancia del hogar”.

Veían en su amor un reflejo del amor de Dios.

Esta visión permitía que en casa reinara una paz profunda, evitando discusiones estériles para dedicarse a quererse y hacer el bien a los demás, educando a sus hijos en el desprendimiento y la generosidad.

Los defectos de uno, el otro y los demás

Cecilia afirmaba con humor y devoción que Enrique “se había hecho santo por aguantarla a ella”.

Enrique sostenía que la belleza del matrimonio no reside solo en las virtudes, sino en la capacidad de amar la debilidad del otro.

  • Escribió que las imperfecciones de los cónyuges son una “ocasión para demostrar su amor, su paciencia, su esperanza, su alegría” pensando en un futuro unidos a Dios.
  • Reflexionaba que, al ser humanos y pecadores, los esposos no son suficientes para hacerse felices por sí solos y necesitan de la noción de sacrificio para superar obstáculos como el hábito, los celos o los rezongos.
  • Enrique anotó que era una “gran ventaja de tener una cónyuge como Cecilia que me critica con franqueza”, por ejemplo, cuando ella le hacía notar que no siempre tenía la razón. Él solía decirle: “decime los defectos que tengo, en qué tengo para mejorar”.

El reconocimiento de los propios defectos:

Enrique era extremadamente autocrítico en sus libretas personales.

Autodiagnóstico: Se definía a sí mismo como “seco”, de “mal carácter” y “muy exigente”.

Propósito de mansedumbre: Se obligaba a sí mismo a ser más caritativo, a tener mejores modales y a ser “más benevolente para los que se equivocan”, aplicando esta máxima primero en su hogar.

Admitió tener una tendencia a acordarse más de lo malo que de lo bueno, y le pidió a Cecilia que lo conociera para que juntos pudieran eliminar ese “elemento discordante”.

La respuesta de Enrique ante la crítica a terceros:

Cuando Cecilia criticaba los defectos de otras personas, Enrique mantenía una actitud de caridad que evitaba el juicio: “Ya sabés cómo es”, respondía él simplemente con esa frase, restando importancia al defecto y manteniendo la benevolencia.

Testimonio de Cecilia Bunge de Shaw, esposa de Enrique:

“En el 61, cuando compramos el departamento de al lado, yo le dije que ya había comprado tantos juegos de muebles, y que entonces nos tocaba a nosotros. Y compré muebles nuevos, porque ya no podían más, con tanto chico y con otro departamento, y nos arreglamos. Cada persona que se casaba en Rigolleau, le pedía plata y compraban el juego de muebles. Después volvía y decía: «Mirá qué suerte lo que tengo acá, un fulano equis me ha devuelto esto, 80 mil pesos, 40 mil pesos», lo que fuera. Y ahora estamos bien. Pero era una entrada sumamente insegura la que teníamos de dinero.

La gente creía que éramos ricos, pero no teníamos un centavo. No podíamos llegar a fin de mes fácil”

7 y 8. Alegría en el hogar. Prioridad número uno

Padre de nueve hijos, Enrique Shaw consideraba la felicidad familiar su prioridad absoluta.
Entraba a casa silbando para dejar fuera las preocupaciones, reservando lo mejor de su energía para jugar, rezar y educar en el amor.

Se impuso la regla innegociable de no dar a su familia las horas en que estaba cansado, creyendo que su esposa y sus nueve hijos merecían lo mejor de su vitalidad y no los restos de su jornada.

Fue un padre muy presente: «Un corazón paterno que escucha y ama, consigue ser amado» transformando la rutina doméstica en una escuela de virtudes con su alegría contagiosa y su sonrisa permanente.

“Debo conseguir que mis hijos me amen y me tengan confianza, pero que se comporten bien en la vida no sólo para darme gusto, sino por comprender que deben llevar una vida de servicio.”

Ante las dificultades, como la enfermedad de su hijo José María (quien fue operado varias veces), Enrique mantuvo una serenidad heroica, enseñándoles la «teología del dolor» y a ofrecer sus sufrimientos a Dios.

Los testimonios coinciden en un detalle cotidiano pero revelador: Enrique entraba a su casa silbando -frecuentemente la canción “Oh, Susana”-, una señal inequívoca para su esposa, Cecilia, y sus hijos de que el padre llegaba con el corazón dispuesto para ellos.

Organizaba batallas de almohadonazos en la oscuridad o competencias de natación donde enseñaba a los más pequeños a cruzar la rompiente del mar para vencer el miedo y forjar el carácter.

En la mesa familiar, evitaba discusiones estériles y el mal humor, promoviendo un ambiente donde todos se sintieran “cómodos y relajados”.

La vida espiritual se vivía con naturalidad con el rezo diario del Rosario. En la misa dominical se sentaba cerca de sus hijos para explicarles las palabras del sacerdote y los abrazaba en el momento de la consagración.

“Estamos creando la más duradera de las obras humanas: una familia.”

(Sara Critto de Eiras, Enrique y Cecilia Cartas de amor)

Tu historia cuenta.
¿Cómo buscas hoy equilibrar tus responsabilidades para dar lo mejor de vos a quienes más amas?

De batallas de almohadonazos a lecciones de coraje en el mar.

Mirá cómo Enrique educó a sus 9 hijos para la libertad

El silbido y la frontera del amor

El silbido de Enrique al entrar a casa simbolizaba su dominio de sí y su respeto por el mundo privado de la familia. Sus hijos recuerdan que jamás traía el “mal humor” de la fábrica a la mesa.

Cecilia relataba cómo Enrique se despojaba de su jerarquía directiva para convertirse en un compañero de juegos. Su prioridad era que el hogar fuera un oasis donde se practicara la caridad antes que en cualquier otro sitio.

Esta actitud exigía un esfuerzo consciente: Shaw rezaba antes de llegar para pedir “un corazón de padre” que supiera escuchar y comprender.

Para él, la verdadera eficacia de un hombre se medía por la sonrisa de sus hijos al verlo llegar. El silbido era la música de su integridad.

Lecciones en la rompiente y el juego

Enrique utilizaba el deporte y el juego como herramientas de formación.

En el mar, hacía que sus hijos cruzaran la rompiente no por temeridad, sino para que aprendieran a enfrentar los desafíos con audacia y confianza en Dios.

Les enseñaba que la voluntad debe vencer las debilidades personales.

En casa, las “batallas de almohadonazos” y los partidos de fútbol con los chicos del barrio eran momentos de inclusión absoluta.

Shaw no era un observador distante, sino un participante entusiasta que se tiraba al suelo con ellos.

Estas experiencias forjaron en sus hijos un sentido de responsabilidad y alegría, demostrando que la santidad se ensaya en la risa compartida y en el esfuerzo físico orientado al bien.

(Un legado inspirador pág. 3)

Fortaleza ante el dolor: el caso de José María

La fe de los Shaw-Bunge se probó en la adversidad.

Cuando su hijo José María sufrió una encefalitis y debió ser operado del cerebro varias veces, Enrique mantuvo una serenidad sobrenatural que impactó a los médicos.

Habló largamente con su hijo sobre el sentido cristiano del sufrimiento, transmitiéndole una paz que permitió al joven enfrentar las intervenciones con valentía.

Enrique no evitaba el dolor, lo ofrecía.

En el hogar, enseñaba a sus hijos a “ofrecer” los pequeños sacrificios cotidianos —como comer verduras o compartir juguetes— para el perfeccionamiento de sus almas.

Su vida familiar demostró que la alegría cristiana no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Dios en medio de ellos.

De querer ser obrero a convertirse en el “apóstol de los empresarios”.
Enrique Shaw descubrió que su misión no era huir de su responsabilidad directiva, sino transformarla en un instrumento de justicia y elevación humana.

A los 18 años, Enrique Shaw leyó el “Manual de cuestiones contemporáneas” del Cardenal Verdier. Este encuentro con la Doctrina Social de la Iglesia fue un “relámpago de luz” que le reveló la urgencia de evangelizar el mundo del trabajo, dándole sentido a su vida profesional más allá de la piedad individual. 

Inicialmente, movido por el idealismo y el deseo de estar cerca de los más humildes, Enrique consideró seriamente abandonar su posición de élite para hacerse obrero y vivir la pobreza desde el taller. Sentía que la distancia entre el patrón y el trabajador era un muro que solo el sacrificio personal podía derribar. 

En 1945, enviado por la Marina a Chicago a estudiar meteorología, Enrique vivió un momento culminante en su discernimiento vocacional. El encuentro con el Padre Reynold Hillenbrand, pionero de la Doctrina Social de la Iglesia, con quien estableció una gran amistad, le hizo ver que, ya que tenía conexiones en el ambiente empresario era mejor que los aprovechara y las pusiera al servicio de sus objetivos: mejorar la situación de los trabajadores. 

Shaw abrazó entonces su misión definitiva bajo el mandato del sacerdote:

«Sea patrón; el mundo empresarial necesita sus propios apóstoles» 

En 1945, una vez que terminó la Segunda Guerra Mundial Enrique sintió que ya no era necesario permanecer en la fuerza y, a pesar de que varios almirantes y su padre intentaron disuadirlo, pidió su baja y aceptó unirse a la empresa familiar Rigolleau. 

Como gesto de integridad, devolvió el costo de los pasajes y viáticos que la Armada había invertido en su viaje de estudios. 

Antes de asumir funciones en Buenos Aires, realizó una capacitación técnica intensiva en la Corning Glass Works, en Nueva York, para conocer a fondo los procedimientos de la industria del vidrio. 

En Octubre de 1946, se incorporó a la fábrica de vidrios Rigolleau en Berazategui, fundada por un tío de su esposa Cecilia, donde ocupó distintos puestos hasta llegar a ser su CEO. 

¿Cuál ha sido el testimonio que nos deja Enrique Shaw?

Moledo lo define muy bien: “El haber sido, hasta el último instante de su vida, un hombre enloquecido por crear en la hora actual de la historia, un mundo en el que Dios pueda habitar”.
Un hombre que respondió al llamado, que vivía intensamente, de “ser como los demás necesitan que yo sea”.

P. Manuel Moledo, primer asesor doctrinal de ACDE (Revista Empresa, Número 207).

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El Manual que iluminó una vida

El libro del Cardenal Verdier no fue para Enrique una lectura académica, sino un mandato de acción.

Cecilia recordaba que este texto “le iluminó la vida” al mostrarle que la fe debía tener proyecciones sociales concretas. Shaw comenzó a anotar sistemáticamente reflexiones sobre la “mística del trabajo” y la necesidad de que las fábricas produzcan bienes sin sacrificar la dignidad de quienes los elaboran.

Sostenía que la doctrina de la Iglesia era una “aventura” por descubrir, capaz de satisfacer la inteligencia más exigente con verdades sobre la justicia y el amor.

Este fundamento intelectual le permitió dialogar con agnósticos y comunistas, elevando siempre la discusión hacia la ley natural y el respeto absoluto por la persona humana.

Libro es_notas y apuntes, página 25

El Cuerpo Místico en la Gerencia. Fundación de ACDE

Shaw aplicó el concepto teológico del “Cuerpo Místico” a la organización empresaria: lo que uno hace afecta a todos; si uno mejora, mejora al conjunto.

Consideraba que el dirigente tiene una “misión especial” de ser un instrumento de la Providencia para distribuir recursos y alegría.

En sus libretas escribía que “no debemos gozar tranquilamente de que somos católicos“, sino dar esos dones — tiempo, consuelo, capacidad— a los demás.

Para él, la verdadera eficacia se medía por la capacidad de “hacer que los demás den gloria a Dios” a través de su trabajo digno.

Esta visión lo llevó a fundar ACDE, buscando que los empresarios no fueran “comerciantes de almas”, sino forjadores de un mundo justo y próspero.

Enrique Shaw lideró Cristalerías Rigolleau, de una manera avanzada para la época, procurando que la empresa fuese una verdadera comunidad de vida entre propietarios, gerentes y empleados.

Para Enrique Shaw, el liderazgo no era un privilegio de mando, sino una “función de servicio” para el bien de los demás: “El dirigente de empresa es el agente más activo de la producción y el primero de los trabajadores.”

En Cristalerías Rigolleau, practicó un management de proximidad, recorría la fábrica con una libretita en mano, conversando con los obreros a la par y preguntando por sus familias.

Se ponía un overol amarillo para trabajar junto a los mecánicos en los sectores de hornos a mil grados de temperatura.

El liderazgo no era un privilegio de mando, sino un deber: “Debemos trabajar por la elevación del hombre: somos los responsables de la ascensión humana de nuestro personal”.

Shaw consideraba que el empresario debe ser responsable de la «solución humana» de su personal, especialmente en momentos de vulnerabilidad física.

En Rigolleau se pagaban jubilaciones y pensiones a sus operarios desde 1942, mucho antes de que fueran obligatorias por ley.
En 1952, creó una sociedad mutual para servicios médicos y subsidios por nacimiento, casamiento y enfermedad. Prestaba dinero de su bolsillo que se devolvía sin intereses y como se pudiera. Cuando viajaba al exterior avisaba para traer medicamentos a quien lo necesitara.
Regalaba un juego de dormitorio a quienes se casaban y se opuso a cualquier discriminación por embarazo.
Ayudó a formar cooperativas de trabajo y pequeñas empresas proveedoras a personal desvinculado por reestructuraciones con préstamos y contratos de trabajo promoviendo así la zona alrededor de la fábrica.

PILARES DEL LIDERAZGO SHAW 

  1. Servicio
  2. Coherencia de Vida
  3. Amistad y Benevolencia
  4. Ética en los Negocios
  5. Comunicación Efectiva
  6. Rol del Empresario
  7. Capacitación Permanente
  8. Motivación al Persona
  9. Delegación de Tareas
  10. Trabajo en Equipo
Revista Enrique Shaw padre de familia y empresario pág. 5

«La empresa privada es inmejorable para producir bienes, y lo que mejor se acuerda a la dignidad del hombre. Pero que no vaya contra el bien común. Que sea bien distribuido el fruto.» 

Conferencia El Trabajador en la empresa (1958) “Y dominad la tierra” (compilación de Fernán de Elizalde) 

Tu historia cuenta.
¿Cómo vives hoy el servicio en tu lugar de trabajo?

¿Cómo liderar a 3.500 personas por su nombre?

Entrá a la fábrica y descubrí el management de proximidad de Shaw

El jefe entre los hornos

Enrique no dirigía desde la comodidad de un escritorio alfombrado.

Rubens García, técnico de la planta, relató cómo Shaw se presentaba en el horno enfrentando temperaturas sofocantes para trabajar codo a codo con los operarios. En momentos de riesgo, intentaba personalmente ayudar a extraer material refractario roto del vidrio fundido, una de las tareas más arduas y peligrosas de la industria.

Enrique se ponía un overol amarillo y se metía literalmente “dentro de las máquinas” para entender los problemas técnicos y humanos. Los mecánicos recordaban con asombro que un miembro del directorio preguntara amigablemente: “¿Cómo están ustedes?, ¿les pagan bien?”

Su presencia física en los puntos más críticos de la producción no era un gesto de supervisión, sino una muestra de solidaridad activa.

Shaw infundía un respeto genuino porque los trabajadores veían en él a un hombre dispuesto a compartir el esfuerzo y los peligros del taller, transformando la jerarquía en una fraternidad basada en el ejemplo compartido y el sacrificio personal.

Un empresario en plenitud Pag 61

De ejecutores a ejecutivos

Para Enrique Shaw, el trabajador nunca debía ser reducido a una mera “mano de obra” o un instrumento de producción. Su filosofía de liderazgo buscaba otorgar al obrero el sentido de pertenencia a una comunidad de vida.

Poco antes de fallecer, dejó una consigna clara a su equipo: “Ustedes no son ejecutores… sino ejecutivos”. Con esto, Shaw buscaba que cada operario utilizara su inteligencia y voluntad, participando activamente en la toma de decisiones técnicas y en la marcha de la empresa.

Sostenía que un dirigente debe estimular a cada persona para que sea plenamente ella misma, encontrando en el trabajo un medio de dignificación y desarrollo de la personalidad humana, y no una simple carga económica alienante. Procurar la ascensión humana, no es más que la consecuencia lógica de la enseñanza básica del cristianismo sobre la eminente dignidad de todo ser humano.

El “comisionista” de Berazategui

Una de las anécdotas más humanas de su gestión era el cartel que colocaba cerca de su escritorio antes de partir en misiones comerciales al extranjero. En él avisaba: “El Sr. Shaw viaja a tal país… si alguien necesita un medicamento o mensaje, hágamelo llegar”.

Shaw se convertía así en un “comisionista” al servicio de sus 3.500 empleados, aprovechando su posición para resolver necesidades urgentes de salud de las familias obreras que en la Argentina de la época eran difíciles de conseguir.

Esta actitud evangélica demostraba que su caridad no conocía límites jerárquicos. No veía a sus subordinados como números, sino como hermanos cuyas angustias personales le importaban tanto como los balances de la cristalería, eliminando la barrera emocional entre el patrón y el trabajador convencido de que el dirigente debe “quemarse” a sí mismo para producir el calor de Dios en el trabajo.

Su testimonio 

“Ser patrón no es un privilegio, es una función, es un servicio para el bien de los demás”.

“El dirigente de empresa es el agente más activo de la producción y el primero de los trabajadores”.

“La grandeza de una persona se mide por su poder de comunión“.

“Ustedes no son ejecutores… sino ejecutivos“.

“Debemos trabajar por la elevación del hombre: somos los responsables de la ascensión humana de nuestro personal”.

“Un hombre no es una mano que ejecuta… tiene corazón, tiene sentimientos”.

“Debo: Ser accesible. Facilitar a los demás el que me amen. Ser como los demás necesitan que yo sea”.

“Para juzgar a un obrero hay que amarlo”.

“La empresa ha de ser comunidad de vida, instrumento de dignificación, hogar de relaciones humanas”.

“El que rezonga continuamente no puede ser un dirigente”.

“Tata Dios ayuda”.

El ritual de la cercanía

Al llegar a la fábrica de Berazategui, Enrique solía sacarse el saco, ponerse las manos en los bolsillos y caminar silbando su canción preferida, “Oh, Susana”.

Este gesto, en apariencia simple, rompía las barreras jerárquicas y señalaba a los obreros que “el señor Shaw” estaba entre ellos.

El liderazgo en tres planos

El modelo de gestión de Shaw puede sintetizarse en tres dimensiones integradas: el plano físico, mental y espiritual. En el plano físico, ejerció un liderazgo socialmente responsable, priorizando la estabilidad laboral y la seguridad en el taller.

En el plano mental, aplicó la inteligencia emocional para comprender profundamente a sus colaboradores, diagnosticando necesidades antes de emitir órdenes.

Finalmente, en el plano espiritual, su mando fue un servicio total, donde “mandar es servir”. Esta coherencia integral impedía que Enrique tuviera dos caras: era el mismo hombre íntegro en la Iglesia, en su hogar con sus nueve hijos y en el directorio de la empresa.

Su liderazgo no buscaba el poder personal, sino ser levadura para cristianizar la clase patronal argentina.

El cuaderno de la caridad

Enrique llevaba consigo una libreta azul (o cuadernito azul) donde no solo anotaba fallas técnicas, sino pedidos personales de sus empleados. Si un obrero necesitaba terminar su casa o comprar una medicina, Shaw le prestaba el dinero de su propio bolsillo, cobrándole “cuando pudiera” y sin intereses. Decía siempre: “Tata Dios ayuda“, convencido de que la generosidad siempre vuelve.

Un liderazgo de carne y hueso

Su secretaria recuerda que una vez un linyera se instaló en la puerta de las oficinas. Enrique no llamó a la policía ni a una ambulancia; él mismo lo ayudó a subir a su coche y lo llevó a un hogar de acogida. Cuando le preguntaron por qué hacía eso, respondió: “Puede ser Jesús que está dando vueltas por la tierra, aparte es mi hermano“.

Enrique transformó la comunicación interna en un puente de confianza, para que cada trabajador se sintiera protagonista y valorado. 

 Este texto escrito en sus libretas constituye una de las síntesis más potentes del pensamiento de Enrique Shaw sobre la gestión humanista: 

“1) Lo esencial es respetar la dignidad humana. 2) Amabilidad y buena voluntad. 3) Usar la inteligencia, estudiar y observar para dar con la adecuada técnica psicológica necesaria aun para la aplicación de ideales sanísimos. 4) Comunicación (explicarle, consultarle), participación (darle sentido de colaboración), trabajo en equipo. ( … ) Hay que tener energía, iniciativa, no descuidar el progreso técnico y económico”.

“En nuestro quehacer diario, ¿facilitamos a todos, incluso obreros, el desarrollo de su iniciativa? ¿Alguna vez los consultamos de veras? ¿Hacemos participar a otros de lo que tanto apreciamos nosotros mismos: nuestra autoridad? ¿Ponemos cuidado en la elección y formación de aquellos que, de hecho, tanto influyen en esto, los capataces? ( … ) ¿Somos por ejemplo, más simpáticos? Debemos unir a los hombres. Esta es nuestra función. En nuestro país fallan las actitudes”. 

Amar a mis obreros, así como conocerlos mejor y descubrir en ellos capacidades insospechadas.” 

“A fin de mejorar la convivencia social dentro de la empresa, se debe comunicarse con el obrero, explicarle los problemas de la empresa, consultarle acerca de las dificultades existentes, hacerlo participar en la empresa al darle sentido de solidaridad y de libertad.” 

Enrique Shaw impulsó además la transparencia y la comunicación interna a través de la revista Rigovisor, utilizando sus editoriales para motivar al equipo, transmitir valores y explicar los desafíos y el rumbo de la empresa. 

Mantuvo siempre diálogo con los sindicalistas, a quienes consideraba socios para lograr una eficaz gestión y asegurar la supervivencia de las empresas. 

Enrique Shaw conversando en la planta de Rigolleau (libro_es_notas_y_apuntes_.pdf, pág. 15).

“Por cada veinte minutos de oír, cinco minutos de hablar y entonces conversar, no discutir. En la fábrica: voy a escuchar; no “pontificar”, no ir al grano, ser simpático aun con quienes no esté de acuerdo. Señor, dame un corazón que escuche. Debo tener un corazón que escucha … debo escuchar con el corazón.”

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¿Quién era la Socia en la empresa y cómo influyó en Enrique?

El arte de escuchar antes de mandar

En sus libretas anotó: “Dame, Señor, un corazón que escuche”.

Origen de la frase:

Enrique Shaw toma esta frase del relato del Rey Salomón, quien al heredar el trono de David y recibir de Dios la oferta de pedir lo que quisiera, respondió: “Dadme, Señor, un corazón que escuche, para así poder gobernar tu pueblo”.

Shaw destacaba que Dios aprobó este pedido igualando el “saber escuchar” con tener un corazón sabio e inteligente, considerándolo una condición indispensable para ser dirigente.

La ampliación personal de Shaw

Enrique Shaw no solo adoptó la oración de Salomón, sino que la integró con otras devociones.

Solía citar que mientras el Papa Pío IX rezaba “Dame un corazón que ame”, él agregaba: “Dame un corazón que escuche y quiera”, buscando un amor tierno y afectuoso que reflejara el de Cristo.

Aplicación en la gestión empresarial

Shaw transformó esta oración en una metodología de liderazgo dentro de la fábrica Rigolleau:

+Escuchar para discernir: Afirmaba que debía “escuchar con el corazón” frente al prójimo para poder gobernar, juzgar y, sobre todo, discernir la voluntad de Dios en el contacto con los demás

+Regla de proporción: Se impuso la norma de: “Por cada 20 minutos de oír, 5 minutos de hablar; y entonces conversar, no discutir”

+Comprensión de la realidad: Sostenía que escuchar implicaba comprender no solo las realidades objetivas de los subordinados, sino también sus subjetividades y prejuicios, lo cual mejoraría la situación social del país sin necesidad de nuevas leyes

+Liderazgo de Proximidad: Los obreros recordaban que Enrique “en las reuniones sobre todo escuchaba” y solía sacar su libretita para anotar pedidos personales, demostrando que para él escuchar era una de las formas más activas de acción

Relación con la oración

Para Enrique, la capacidad de escuchar a los hombres era una extensión de su escucha a Dios.

Afirmaba que “la oración es hablar y escuchar a Jesús” y que en cinco minutos de oración se resolvían más problemas que en horas de discusión

Consideraba que el dirigente debía ser “dócil ante todo a Dios” para poder prestar verdadera atención a todas aquellas personas con quienes la Providencia lo ponía en contacto.

Rigovisor y la transparencia informativa

Shaw utilizó la revista interna Rigovisor como una herramienta estratégica para humanizar la empresa y derribar muros de desinformación.

A través de sus editoriales, no solo comunicaba metas técnicas, sino que compartía valores, desafíos y celebraba logros personales de los trabajadores.

Sostenía que el personal tiene derecho a ser tratado como hombres libres y responsables, invitados a participar en las decisiones que conciernen a su futuro.

Esta transparencia buscaba que el obrero se sintiera un “asociado” al éxito de la organización.

Enrique explicaba minuciosamente el rumbo del negocio, convencido de que una mente informada es una voluntad motivada.

Su comunicación no era “a” su personal, sino “con” su personal, transformando la jerarquía en un diálogo constructivo orientado al bien común.

Comunicar con actos: el ejemplo personal

Enrique enseñaba que los líderes comunican mucho más con lo que hacen que con lo que dicen.

Su presencia física en los hornos de Rigolleau, vestido con su mameluco amarillo, era un mensaje más potente que cualquier discurso oficial.

Aplicaba la “atención sonriente” para hacer aflorar las virtudes de su gente, demostrando que la amabilidad es compatible con la firmeza del mando.

Un líder debe ser un “nudo de comunicación” que una a los hombres, resolviendo en cinco minutos de oración y diálogo lo que horas de discusión estéril no logran.

Su vida fue testimonio de que la coherencia es el lenguaje más elocuente.

El desapego al “Yo” en las decisiones

Un pilar de la comunicación de Shaw era el desapego a las propias ideas para favorecer la unidad.

Advertía que imponer criterios por el solo hecho de poseer autoridad atenta contra la eficiencia y la dignidad humana. En sus reflexiones, instaba a evitar la vanidad y el “yo colectivo”, como esos gastos suntuarios hechos solo para “no ser menos” que la competencia.

Para Enrique, el silencio y la prudencia aumentaban el prestigio del líder, permitiéndole ver la realidad sin el sesgo del interés personal.

Buscaba siempre la “mística” detrás de cada decisión, convencido de que la paz social nace de un corazón íntegro

que no busca dominación, sino la edificación de un orden donde la persona sea el centro de todo desarrollo.

María como “socia” y modelo de liderazgo

Enrique Shaw integró su fe con su labor profesional de una manera inédita, tratando a la Virgen como una consultora permanente.

Su relación con ella evolucionó desde la piedad infantil hasta convertirla en su “socia” en la dirección de empresas

La “socia” ejecutiva: Solía decir que para cumplir con las responsabilidades de dirigente era necesario tomar a María de “socia”.

Le pedía que asumiera ella su cargo de director, considerándose él simplemente su “suplente” para evitar caer en el orgullo.

Consulta previa: Se propuso como norma de vida consultar con Ella antes de cada acción para evaluar si lo que estaba por hacer le causaría placer a Jesús

Modelo de autoridad: Veía en la Virgen un modelo de energía y firmeza, pero también de dulzura y amabilidad, cualidades esenciales para un jefe de empresa. Decía que Ella enseña a mandar preguntando: “¿Queréis hacer el favor de venir?”

La Virgen en la vida de Enrique

La Virgen María ocupó un lugar central y fundacional en la espiritualidad de Enrique Shaw, presentándose no solo como objeto de devoción, sino como una “Madre del Cielo” que compensó la pérdida temprana de su madre terrenal a los cuatro años. Su relación con ella evolucionó desde la piedad infantil hasta convertirla en su “Socia” en la dirección de empresas.

Una devoción desde la infancia:

Las tres Avemarías: Desde niño mantuvo la costumbre de rezar tres avemarías antes de dormir, defendiendo esta práctica incluso ante las burlas de sus compañeros en la Escuela Naval.

Congregación Mariana: Durante su etapa escolar en el Colegio La Salle, fue miembro directivo de esta congregación, lo que cimentó su formación mariana.

Sentimiento de orfandad: Enrique afirmaba tener “dos madres en el Cielo”: su madre Sara y la Virgen María, sintiendo que ambas lo protegían y guiaban

María como “Socia” y modelo de liderazgo. Advocaciones principales:

Stella Maris: Como marino, se encomendaba a la patrona de la Armada, la “Estrella del Mar”, viéndola como la guía que conduce al puerto de la salvación eterna.

Virgen de Luján: Era el centro de su piedad familiar. Solía rezar ante su altar en la Basílica del Pilar junto a su esposa e hijos.

En la fábrica Rigolleau, mandó fabricar una imagen de la Virgen de Luján con la marca de la cristalería.

La vida familiar y el Rosario:

Nombres de sus hijos: En honor a su devoción, todos sus nueve hijos recibieron el nombre de “María” como parte de su nombre de pila.

El Rosario diario: Era una práctica innegociable en su hogar. Lo rezaba siempre de rodillas en el living frente a un cuadro de la Virgen, esperando con paciencia a que cada hijo expresara sus intenciones.

Los milagros y el final de su vida:

Lourdes y la conversión de su padre: Estando ya muy enfermo, viajó a Lourdes para pedir por la fe de su padre, Alejandro Shaw.

Al regresar, su padre se confesó y comulgó tras 26 años de alejamiento, ante lo cual Enrique exclamó: “¡Papá! ¡Entonces la Virgen ha hecho el milagro!”

Muerte en su aniversario: Enrique falleció el 27 de agosto de 1962, exactamente en el aniversario de la muerte de su madre, un hecho que su esposa Cecilia interpretó como una señal de que su Madre del Cielo lo ayudó a dejar de sufrir.

Legado intelectual:

Shaw dejó un escrito inédito titulado “María y comunidad de vida”, el cual su esposa consideraba “lo más lindo que había escrito”.

En este texto, desarrolla una profunda teología mariana donde define a la Virgen como el “punto de incidencia de Dios en la humanidad” y modelo de “maternidad universal” para el Cuerpo Místico de Cristo.

Para Enrique Shaw, la capacitación no era una opción de carrera, sino un deber de conciencia. Sostenía que el dirigente de empresa debe estar a la cabeza de todo adelanto técnico para liberar al hombre de tareas penosas y multiplicar su capacidad creadora.

El líder debe estar a la vanguardia técnica para servir mejor, la santidad exige ser un profesional eminente al servicio de la sociedad y de los demás.

En 1957, siendo ya un directivo consolidado, fue enviado por la Cristalería Rigolleau a la Universidad de Harvard para realizar el Advanced Management Program. 

Entendía que, en el ambiente empresarial el testimonio de fe solo es escuchado si viene de alguien que demuestra eficacia y conocimiento de su oficio. 

Sostenía que es necesario armonizar el conocimiento científico con el sentimiento de trascendencia y que la falta de gente capaz en los niveles más altos es uno de los problemas más agudos de la sociedad. 

Leía desde los Padres de la Iglesia, filósofos, clásicos, hasta modernos autores de management. 

“Leo, no por placer, sino para instruirme más y más. La lectura es muy necesaria, porque sin ideas nuevas, facetas originales e informaciones proporcionadas por los libros que leo, podría dejarme llevar por cualquier teoría en boga, o impresionarme por la última opinión escuchada». 

Él sostenía con firmeza que «la formación de un dirigente de empresa nunca está terminada». 

Enrique Shaw hablando con elocuencia y autoridad en el XI Congreso Mundial de Empresarios Cristianos. Revista Centenario Pag.4

“Como dirigentes de empresas cristianos estamos convidados a hacer lo eterno con lo temporal, a servir a Dios mediante el servicio a los hombres en el terreno económico, a santificarnos a través de la profesión y a santificarla”. 

“Debo ser un buen “profesional” para ser un mejor apóstol”. 

Apuntes personales de Enrique Shaw 

Tu historia cuenta.
¿Estás transformando tu profesión en una misión de vida?

Enrique decía: Santificarnos a través de la profesión y santificar la profesión.

Conocé cómo lo hizo Enrique:

La sabiduría del líder: Entre Harvard y los Santos Padres. El Impacto de Harvard (1957)

Su estancia en Estados Unidos no fue solo técnica. Shaw descubrió que los estudios modernos sobre conducta humana coincidían con la visión cristiana del hombre. Escribió que en Harvard se hablaba de la importancia de “elevar a la gente”, un concepto que él ya aplicaba a través de la Doctrina Social de la Iglesia.

Una biblioteca sin fronteras

La formación de Enrique era enciclopédica. Sus fuentes de inspiración iban desde Aristóteles y Santo Tomás de Aquino hasta pensadores contemporáneos como Romano Guardini.

Leía para “alimentar la inteligencia” y poder dar “grandes ideales” a quienes lo rodeaban.

Contra la improvisación

Shaw despreciaba la mediocridad en el mando. Antes de proponer una reforma o tomar una decisión en la fábrica, realizaba “estudios técnicos, jurídicos y económicos previos” para asegurar que la solución fuera viable y justa. Su metodología era: problema, análisis y solución fundamentada.

El deber de la eficiencia

Para Enrique, la ineficiencia era una falta de caridad, pues desperdiciaba recursos que pertenecen al bien común.

Sostenía que el empresario tiene el “deber de estado” de ser eficiente para asegurar la continuidad del trabajo de sus obreros.

Su testimonio

“No basta con ser católicos para que las cosas anden bien. Tenemos que ser muy, pero muy humildes, confiar en Dios y trabajar mucho; porque por ser una obra de Dios necesita más dedicación que si fuera nuestra.”

“Desde muy joven ante trabajos áridos y pesados pensaba: “me vienen bien como tónico de la voluntad y…, es el principal motivo para hacerles lo mejor y más entusiastamente posible, el mejor, tal vez, el único, camino para santificarnos, es el del propio estado”.

“Eficacia. Energía. Iniciativa. Debo considerar como deber de estado el ser eficiente; para poder distribuir más hay que producir más.”

Estaba impulsado por ideas y experiencias en línea con el humanismo cristiano de posguerra y el concepto de economía de mercado social que combinaba el capitalismo de libre mercado con un estado de bienestar socialmente consciente.

Consideraba que, para poder distribuir más riqueza, primero es imperativo producir más con eficiencia mediante el progreso técnico y la inversión. 

Sostenía con firmeza que el beneficio económico es legítimo y necesario como estímulo de la actividad productiva y como base de la justicia social, ya que las utilidades constituyen la materia impositiva de la cual se alimentan los presupuestos públicos del Estado. Sin embargo, advirtió que si la rentabilidad se convierte en el único objetivo, termina por deshumanizar la organización y degradar al hombre. 

Su frase más célebre resume esta doctrina: “El objetivo de las ganancias es un motor pero no un volante”. 

Con esta metáfora, Shaw explicaba que, así como un auto no puede andar sin motor, una empresa no subsiste sin beneficios; pero es la dirección (el volante) que debe apuntar siempre hacia la elevación humana y la perfección de la sociedad. 

Fue un pionero de la RSE en la Argentina décadas antes que este concepto se volviera común. Rechazaba las “expectativas infladas” y las prácticas de marketing que fomentaban la obsolescencia planificada para forzar el consumo irracional defendiendo, en cambio, una innovación sustentable centrada en las necesidades reales del prójimo. 

Shaw utiliza este texto para explicar la «función mínima» del empresario: la económica. Sostenía que antes de hablar de las dimensiones sociales o espirituales, el dirigente debe ser un profesional eficiente capaz de asegurar la supervivencia de la empresa. 

-“Un hombre toma la iniciativa de un negocio: gente los elementos, asume, en todo o en parte, los riesgos y la dirección. Es el empresario. 

-Su rol es complejo:

  • Determina la oportunidad, 
  • Determina el género y el desarrollo adonde 
  • Obtiene el capital 
  • Busca el personal 
  • Fija el objetivo, los medios 
  • Asegura:

– la unidad de criterios,
– la dirección firme y rápida,
– el crédito,
– la autoridad.

Su rol es difícil:

  • Conocer los procedimientos 
  • Conocer los hombres, 
  • Tiene que inspirar confianza, 
  • Tiene que tener tacto, prudencia, tenacidad 
  • Tiene que saber tratar clientes, obreros, gobierno. 
  • Realiza una catálisis y una síntesis 

El empresario compromete 

  • su tiempo,
  • su fortuna
  • su capacidad personal 
  • su honor.

Es el agente más activo de la producción, es el primer trabajador. 

Podemos decir que, nada es más necesario para la prosperidad de un país que el dejar mucho campo de acción a las iniciativas de los hombres que tienen la hombría de asumir pesadas responsabilidades y de tener dirigentes de empresas capaces, trabajadores y honrados”. 

Tu historia cuenta.
¿Cómo logras o lograrías hoy que el beneficio económico en tu trabajo/empresa no desplace tus valores humanos?

Beneficios: ¿objetivo o motivación?” 

Mira cómo Shaw se anticipó en 60 años al triple impacto. 

¿Qué dijo sobre la “empresa prostituída”?

El desafío de Mar del Plata (1961)

En junio de 1961, durante las “Conferencias para Presidentes” ,en las que los líderes de las 171 más grandes corporaciones de EEUU, que fabricaban productos de lo mas variados, intercambiaban información sobre las empresas mejor manejadas y cuál era la razón de su éxito, Shaw protagonizó un debate histórico.

Asi lo relata el empresario Jorge Aceiro:

La metodología de la reunión suponía una exposición de un empresario de EE.UU., no interrumpida salvo desacuerdo profundo con lo expuesto, y luego comentarios de todos los presentes.

El primer expositor comenzó la reunión con la idea básica de que el objetivo de la empresa era la ganancia, y esto no podía cuestionarse, pero que era obligación del dirigente tener en cuenta otras cosas porque la empresa vivía en una comunidad, tenía que capacitar a su personal, fomentar buenas relaciones, etc., pero insistiendo en que no podía olvidar su fin principal, que era obtener ganancia sin la cual no podría subsistir.

Ante la reiteración, recuerdo que Enrique Shaw y yo levantamos la mano. Le dieron la palabra a Enrique y él dijo algo parecido a que no podía aceptar la ganancia como fin, ya que el objetivo último de la empresa (como el de la economía) era el desarrollo del hombre, de todo el hombre. No recuerdo textualmente las palabras, pero ese era el concepto y sonaba casi textualmente a los documentos sociales de la Iglesia. Hubo claros signos de desaprobación entre los presentes.

Recuerdo como si fuera hoy la última intervención de Enrique, de un modo firme y tajante dijo: «La sociedad llama prostituta a la mujer que usa como fin lo que Dios le dio como medio. Una sociedad, un país, una empresa cuyo objetivo es la utilidad es una sociedad o una empresa prostituida. Ciertamente ese no es ningún ejemplo para el mundo».”

Esta intervención consolidó su figura como un líder de pensamiento capaz de dialogar con el management mundial desde una ética innegociable basada en el Evangelio.

La cuarta dimensión y el triple impacto

Mucho antes de las corrientes modernas de sustentabilidad, Shaw y la UNIAPAC promovieron una gestión integral que hoy llamaríamos de “triple impacto”, pero con un agregado trascendente: la Cuarta Dimensión.

Este concepto integra lo espiritual y lo humano y sostiene que el dirigente tiene una función social de ser un “instrumento de la Providencia” para distribuir recursos y alegría.

Esta visión teológica no era abstracta; se traducía en políticas de personal que buscaban el máximo incremento de la personalidad de cada operario, convencido de que la empresa debe ser una “célula de integración social”.

Innovación ética vs. Obsolescencia

Shaw fue un pionero en analizar los límites morales de la innovación y el marketing.

En sus escritos criticó duramente la “obsolescencia planificada”, describiéndola como un esfuerzo deliberado de las empresas para que el consumidor esté descontento en breve plazo con su producto y compre uno nuevo.

Advertía que el gasto publicitario irracional debilitaba la paz familiar al crear necesidades artificiales.

Para Enrique, la tecnología y el progreso técnico debían estar a la cabeza de la innovación para liberar al hombre del esfuerzo penoso y evitar el desperdicio de materiales, pero nunca para engañar al usuario.

Sostenía que lo “justo es siempre lo más conveniente”, incluso para los balances a largo plazo de la cristalería.

Ética en los negocios y caridad social

Durante una de las crisis cíclicas de Argentina, la Cristalería Rigolleau tenía un horno parado debido a la falta de demanda. Darío Ezequiel Casinelli, entonces jefe de Ventas de la empresa, le propuso a Enrique encender ese horno para fabricar “vidrio verde”. Casinelli lo describió como el “vidrio de batalla” o el vidrio más común y barato del mercado.

La intención de Casinelli era inundar el mercado con ese producto para “castigar” o “destruir” a la competencia, quitándoles el trabajo y asegurando la posición de Rigolleau.

Shaw rechazó la idea de inmediato con una frase que impactó profundamente a Casinelli: “¿No ve? Usted piensa en el negocio y no piensa en la gente. ¿Vamos a dejar gente sin trabajo en otro lado?”.

Esta anécdota demuestra que Enrique Shaw aplicaba una visión de bien común que trascendía los límites de su propia empresa. Él consideraba que una ambición desmedida o una avaricia que buscara la rentabilidad a costa de generar desocupación en otras fábricas era moralmente inaceptable. Este episodio se cita como un ejemplo de cómo Shaw se anticipaba a conceptos modernos de defensa de la competencia, basándose en la premisa de que “lo justo es siempre lo más conveniente” para la paz social.

Shaw fue el motor detrás de la Ley de Asignaciones Familiares en Argentina.

«La familia es una institución de vida, anterior y superior a la sociedad civil, que asegura el desarrollo de la persona.»

Para Enrique Shaw, la justicia social no era una abstracción teórica, sino una exigencia para garantizar la paz social y el bienestar de la familia. 

Su logro más trascendente en el ámbito legislativo fue su determinante influencia en la implantación de la Ley de Asignaciones Familiares en Argentina, promulgada en julio de 1957. 

Shaw afirmaba que “los cambios sociales importantes se logran no solo con buenas ideas, sino con un trabajo paciente, generoso y sistemático”. 

Lideró equipos que realizaron exhaustivos estudios técnicos, jurídicos y económicos previos para asegurar la viabilidad del Fondo Compensador de Asignaciones Familiares. 

Enrique sostenía que el salario no debía cubrir solo las necesidades individuales del trabajador, sino garantizar que aquel con una familia numerosa pudiera vivir con la misma dignidad que un soltero, evitando que los hijos fueran vistos como una carga económica.

“Debemos crear trabajo … y cuanto más eficiente sea nuestra labor, más recursos tendrá la Providencia para repartir entre pobres y necesitados”. 

Para él, la verdadera rentabilidad de una nación se mide por la solidez de sus familias: “Nada anda bien en una sociedad donde muchos están mal”. 

Enrique Shaw fue el hombre que transformó la estructura salarial argentina para ponerla al servicio de la vida. 

“Tres son los deberes que más deben ser destacados: de servicio, de progreso y de ascensión humana”. 

Conferencia pronunciada por Enrique Shaw en las “Jornadas de Estudio sobre problemas humanos de la Empresa” (Mendoza, 17 de agosto de 1958). 

“Por todo ello un dirigente de empresa que deliberadamente, por negligencia o por incapacidad, no cuida el rendimiento financiero de la misma, es no solamente un mal empresario sino igualmente un mal ciudadano.” 

Trabajo “La empresa: su naturaleza, sus objetivos y el desarrollo económico” presentado en XI Congreso Mundial de la UNIAPAC en Santiago de Chile en 1961. 

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¿Cómo promueves o promoverías hoy la justicia y la dignidad en tus relaciones laborales?

No fue una ley, fue una cruzada de justicia.

Descubre cómo Shaw redactó el futuro de la familia argentina:

El trabajo técnico detrás del Derecho

La implantación legal del salario familiar en 1957 no fue producto de la improvisación.

Por ello, lideró equipos técnicos en ACDE que realizaron complejos cálculos actuariales y recopilación de antecedentes nacionales y extranjeros.

No se contentaba con la intención; buscaba la eficacia profesional para que la justicia dejara de ser una aspiración abstracta y se convirtiera en un alivio real para el bolsillo del trabajador. Su metodología demostró que el dirigente cristiano debe ser un experto en su materia para poder servir verdaderamente a la sociedad.

El consenso casi milagroso

Lograr la aprobación de la ley requirió un esfuerzo de mediación titánico en un contexto de alta inestabilidad política tras 1955.

Shaw debió convencer a sectores industriales reticentes, demostrando que la paz social era el activo más valioso.

Cecilia Bunge recordaba “todo lo que peleó Enrique” junto a amigos de ACDE y figuras como el Sr. Torino, un industrial salteño, hasta conseguir que se aprobara.

Su estrategia no fue el enfrentamiento, sino el diálogo basado en la verdad y el análisis económico riguroso. Al unir a empresarios en un proyecto común, Shaw desarticuló prejuicios y demostró que el sector privado podía ser el motor de la justicia social.

El decreto-ley de 1957 fue el fruto de esa persistencia heroica que no buscaba el aplauso, sino la dignificación efectiva de miles de hogares argentinos.

Contra el Paternalismo: un acto de justicia

Shaw rechazaba tajantemente el concepto de “paternalismo” malentendido del siglo XIX.

Para él, el salario familiar no era una “dádiva del patrón bueno”, sino un derecho vinculado a la función social de la empresa.

Sostenía que el trabajador tiene derecho a que la organización sea un instrumento de su propia dignificación.

Citando la Rerum Novarum, advertía sobre el peligro de que los hombres se corrompan y degraden en la fábrica mientras la materia inerte sale ennoblecida.

Su visión buscaba una “legítima emancipación del obrero”, reconociendo su personalidad libre y responsable.

Al establecer el Fondo Compensador, garantizó que no se discriminara a los padres de familia al contratarlos, ya que el costo se distribuía solidariamente, transformando la estructura económica en una verdadera comunidad de vida basada en la caridad y la justicia.

La familia como prioridad social

La defensa del salario familiar estaba intrínsecamente ligada a su visión del matrimonio como “pequeña Iglesia”.

Enrique comprendía que la angustia económica es un enemigo de la paz espiritual en el hogar.

Sostenía que el empresario es responsable de la “ascensión humana” de su personal, lo que incluye asegurar que el trabajador con familia numerosa viva con dignidad.

En sus conferencias, instaba a no ser “comerciantes de almas”, sino forjadores de un mundo habitable por Dios.

El salario familiar permitía que el padre de familia no sacrificara la formación de sus hijos por una necesidad extrema.

Shaw veía en cada asignación un acto de justicia que facilitaba al trabajador cumplir mejor sus deberes hogareños, reflejando su convicción de que el desarrollo económico debe estar siempre al servicio del desarrollo integral del hombre.

En la crisis de 1961, Enrique Shaw ofreció su renuncia para evitar el despido masivo de operarios.

Demostró que el coraje empresarial consiste en proteger a la persona antes que a la rentabilidad económica inmediata.

 

A comienzos de 1961, la empresa Corning Glass Works tomó el control accionario mayoritario de Cristalerías Rigolleau. 

En un contexto de fuerte crisis económica nacional y caída de la demanda el nuevo directorio ordenó una drástica reestructuración que implicaba un despido masivo de trabajadores. 

Enrique Shaw, como Director Delegado, se plantó con una valentía heroica frente a los accionistas norteamericanos. 

Enrique ya sabía que padecía un cáncer avanzado y viajó personalmente a la sede central en Nueva York para revertir la orden y demostrar, con balances en mano fruto de su eficiente gestión, que la empresa podía soportar el quebranto financiero antes que sacrificar a sus operarios. 

Amenazó con su renuncia irrevocable si se despedía a una sola persona sabiendo que estaba arriesgando no solo su cargo, sino la pensión y la cobertura social de su esposa y sus 9 hijos. 

Su éxito no se basó solo en apelaciones éticas, sino en su excelente capacidad técnica y de gestión. Logró que Corning diera marcha atrás. 

Pudo detener los despidos masivos pero al regresar, y en sintonía con una circular anterior de 1959, Shaw fue extremadamente claro: la estabilidad no era una invitación a la inactividad. 

Advirtió que no permitiría que nadie pusiera trabas o robara, y que si encontraba a alguien que no quería trabajar de verdad, sería despedido pues la única defensa del empleo era la productividad y los costos competitivos, exigiendo una colaboración total para salvar la fuente de trabajo. 

Reubicó al personal en tareas de mantenimiento y limpieza de calles para evitar suspensiones, transformando la crisis en una oportunidad de lealtad mutua. 

Poco después, los pedidos aumentaron y la empresa pudo responder rápidamente gracias a que conservaba a su personal calificado, lo que llevó a los accionistas a felicitarlo por su visión. 

“La desocupación es antes que nada un mal moral, porque afecta no a cosas, sino a seres humanos en su carne y en su corazón.”

Un empresario en plenitud ES.

Tu historia cuenta.
¿De qué manera abordarías la decisión de priorizar el valor humano frente a las metas económicas si te encontraras en esa disyuntiva?

Conocé el liderazgo en la crisis de Enrique Shaw. 

Las medidas que tomó y la circular al personal:

La desocupación como mal moral

Para Enrique Shaw, el trabajo no era una mercancía sujeta únicamente a las leyes de oferta y demanda.

En sus notas de 1961, definía la desocupación como una injusticia que quitaba las mejores razones de vivir y degradaba la personalidad humana.

Su convicción era que “nada anda bien en una sociedad donde muchos están mal”.

Al defender a sus obreros, Shaw aplicaba la Doctrina Social en su estado más puro, demostrando que el empresario cristiano tiene la responsabilidad de evitar que los hombres se corrompan en la miseria mientras la materia sale ennoblecida de la fábrica.

La circular del deber y la eficiencia

Una vez que logró detener los despidos, Shaw no adoptó una postura paternalista débil; al contrario, exigió excelencia.

En un memorándum que impactó a la fábrica, aclaró que la estabilidad laboral era un compromiso mutuo.

Para él, la eficiencia era un deber de estado para asegurar la continuidad del trabajo.

Esta combinación de caridad en la protección y rigor en la exigencia técnica define su modelo de liderazgo: amor al prójimo expresado en la búsqueda de la perfección profesional.

Creatividad frente a la cesantía

En lugar de aceptar el camino corto del despido, Shaw propuso soluciones creativas para mantener el plantel activo durante la caída de la demanda.

Implementó un plan de trabajos alternativos: los operarios de producción fueron destinados a tareas de mantenimiento edilicio, reparación de maquinaria y limpieza de las zonas adyacentes a la fábrica en Berazategui.

Esta medida evitó que el personal perdiera sus ingresos y mantuvo la mística de trabajo.

Shaw explicaba que “si uno no puede hacer, debe ayudar a hacer“, siguiendo el ejemplo de León Harmel.

Esta gestión de crisis demostró que la rentabilidad de largo plazo se construye con lealtad y que el dirigente debe “quemarse” a sí mismo para dar luz y calor a su organización en momentos de oscuridad.

El riesgo de un padre de familia

Resulta conmovedor notar que, al ofrecer su renuncia, Enrique no actuaba como un hombre soltero o sin necesidades. En 1961, era padre de nueve hijos y su sueldo de Administrador General era el sostén principal del hogar.

Su hija Sara relató que él “sufrió como una madre” los problemas de sus colaboradores.

Sin embargo, Shaw aplicaba su juramento de “hacer lo mejor para la felicidad” de los suyos y de los demás, convencido de que Dios proveería si él era fiel a la justicia.

Sabía que no podía hablar de moral cristiana a sus colegas si no estaba dispuesto a perderlo todo por sus principios. Su heroísmo radicaba en esa unidad de vida que no hacía distinciones entre el bienestar personal y el bien común de su “familia obrera”.

Un mensaje para el management actual

El caso Rigolleau de 1961 es hoy un caso de estudio en universidades porque interpela la ética de los negocios en contextos de globalización.

Shaw enseñó que el empresario es un “gerente de bienes para interés de todos” y no un simple acumulador de riqueza.

Su respuesta a la crisis fue la de un hombre que “vive con el ojo puesto en lo invisible”, sabiendo que las decisiones económicas tienen repercusiones eternas.

Invitaba a los dirigentes a no ser “comerciantes de almas” y a tener la audacia de transformar la realidad desde adentro.

Su legado afirma que proteger el trabajo es la mejor inversión para una Argentina noble y generosa, donde el desarrollo económico sea verdaderamente un servicio al desarrollo integral de cada hombre.

Liderazgo en la crisis

Ante una crisis en el año 1959 Enrique Shaw redactó e hizo difundir en la compañía la siguiente circular sobre las implicancias del desempleo.

De hecho Shaw escribió en una carta del 24-3-61 a su tío Adolfo Tornquist:

“Sobre desocupación te mando una circular que mandé a todos los jefes y sub-jefes de las Cristalerías cuando nos empezó a sobrar gente.

En su momento me trajo muchos disgustos pero los frutos han sido excelentes, aún en el orden material, que ahora lo admiten aún quienes estaban en contra de esa política”.

A. CONSIDERACIONES BASICAS:

El trabajo del hombre es una realidad querida por Dios y santificada por Cristo. La desocupación, por ello, es un mal moral antes que un mal económico. Sus consecuencias han de ser cuidadosamente ponderadas antes de efectuar despidos y mismo suspensiones.

Es un mal moral, y no un simple hecho económico, como lo pretenden ciertas teorías, que no dudarían en proponerla en algunas ocasiones como una solución útil y aún bienhechora para facilitar una recuperación económica. No debemos aceptar jamás este materialismo que sacrifica la persona humana al dinero y al lucro.

-La desocupación es antes que nada un mal moral, porque afecta, con su conjunto de sufrimientos, a seres humanos en su carne y en su corazón. La pérdida del empleo, la privación total o parcial del salario introducen en los hogares afectados la angustia y la restricción aún en lo que atañe a las necesidades esenciales de la vida, arrastra consigo la inseguridad, el temor por el mañana y con frecuencia la miseria. Ningún cristiano, ningún hombre de bien puede permanecer indiferente ante la posibilidad de un sufrimiento tal.

-La desocupación es un mal moral, porque atenta contra la dignidad de los hombres afectados por ella. El trabajador es un ser humano que ha comprometido en su trabajo su personali- dad de hombre, no sólo con sus energías físicas y musculares, sino también con su inteligencia, su competencia, su sensibili- dad, su conciencia y derechos de hombre de bien.

Es con frecuencia un esposo, un padre de familia o un hijo, que lleva a su trabajo sus preocupaciones, sus responsabilidades, sus cargas, su intención y el derecho de obtener con su labor los recursos necesarios para la vida feliz y el bienestar de los que ama, su mujer, sus hijos o sus padres. Tiene derecho a que se respete esta dignidad y misión suyas.

Esta dignidad es común a empleados y empleadores, razón por la cual han de velar unos y otros, en esfuerzo mancomunado, para que no se den, en lo que de ellos dependa, circunstancias que hagan la desocupación inevitable. Unos y otros deben mantener, por lo tanto, en las discusiones y divergencias la calma y el dominio de si, absteniéndose de la violencia y mala voluntad que son siempre malas consejeras y rinden por lo tanto malos frutos.

-Finalmente, la desocupación es un mal moral porque viola los designios de Dios, que quiere que el hombre trabaje y obtenga de su trabajo los medios para vivir él y los suyos una vida humana útil a la comunidad. En una sociedad justa y bien organizada no debe haber lugar para la desocupación.

B.- CONDUCTA A SEGUIR:

Por lo tanto en períodos de dificultades económicos, no debe ser el despido la primera solución a encarar. Será por el contrario la que se tome cuando ya no queda ninguna posibilidad de evitarlo y lo exija el bien común. Ha de hacerse entonces de acuerdo con las exigencias de la justicia, la equidad y la caridad, y después de haber aplicado todas las medidas legales prescrip- tas para el caso.

Los Sres. Jefes y Capataces deberán hacer ahora un esfuerzo especial tendiente a ocupar en forma realmente útil al personal excedente.

Por otra parte la única verdadera defensa de los intereses de todos es producir a costos que nos permitan competir y vender nuestros productos, con lo cual se mantendrá nuestra fuente de trabajo.

Facsímil de la “Circular dirigida a todo el personal” de 1959 o documento relacionado con la gestión de crisis.

Enrique creía en el poder transformador de las instituciones fuertes. 

Fue el alma fundadora de ACDE y el primer tesorero de la UCA, construyendo puentes institucionales sólidos para el progreso del país y la formación de líderes con alma, sabiendo que las grandes obras nacen del esfuerzo mancomunado. 

Junto a otros, Enrique buscaba un movimiento patronal que no fuera gremial, sino de formación espiritual y social. 

Su visión era romper la soledad del dirigente, creando un espacio de estudio y oración para encarnar los valores del Evangelio en las organizaciones. 

El 3 de diciembre de 1952, junto a un grupo de pioneros impulsados por el Canónigo Cardijn, fundó la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), siendo su primer presidente con solo 31 años. 

Bajo su liderazgo, la asociación se integró rápidamente a la UNIAPAC mundial, proyectando los valores locales al plano internacional. 

Asimismo, brindó su apoyo determinante a la creación de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA), integrando su primer Consejo de Administración como tesorero. 

Participó también activamente en la Acción Católica Argentina y en 1961 fue nombrado presidente de los Hombres de la Acción Católica Argentina. 

“Precisamente uno de los frutos del Espíritu Santo es una virtud que tal vez en nuestra época y en nuestro país se necesita más que en otros: la longanimidad, grandeza y constancia de ánimo. Es la virtud que nos permite soportar los disgustos provenientes del hecho de que el bien deseado sólo puede ser alcanzado tras un largo esfuerzo y pasado mucho tiempo. Un ejemplo de lo que se puede hacer es ACDE, que ha cambiado la vida de muchos de nosotros: ha aumentado nuestra esperanza en el futuro, nuestra esperanza en la historia, esperanza de que ella no es un devenir inevitable y fatal sino que podemos influir sobre su curso y su destino.”
(..Y dominad la tierra, Mensajes de Enrique E. Shaw compilados por Fernán de Elizalde, pág. 47)

Tu historia cuenta.

¿Qué lugar ocupan hoy las causas colectivas orientadas al bien común en tu vida y de qué manera decides —o no— vincular tu talento con las instituciones de tu comunidad?

La raíz de su liderago: Unidad de Vida.

Motor invisible: la vida de Piedad.

La piedad de Enrique Shaw nació bajo el legado de su madre, Sara Tornquist, quien antes de morir pidió que sus hijos recibieran una educación cristiana. 

Estaba convencido de que «el hombre solo es fuerte cuando reza» y de la necesidad de los sacramentos y el trato de amistad constante con Dios. 

Así escribió sus propósitos: 

“Practicas de vida espiritual. 

-Diariamente:  

Oraciones por la mañana 

Ofrecimiento de las obras del día. 

Ir a misa. Al menos unirme a Jesús en ella y al oficio divino para ofrecer tributo de alabanza. 

Rezar el rosario. Pedirle a la Virgen que supla mis deficiencias. 

Hacer la meditación. 

Hacer la visita al Santísimo (si posible). 

No olvidar el examen de conciencia. 

Ponerme con frecuencia en presencia de Dios. 

Recordar que la vida es un pasaje.” 

-En todo momento: Cumplir mi deber en la forma más perfecta. Tratar de vigilarme, de controlar la vida interna, “velar y orar”. 

El recogerse en sí mismo es esencial, porque si no uno se deja llevar por la fascinación de la bagatela.” 

Llevaba siempre un Evangelio en el bolsillo y consultaba a la Virgen, su «Socia» en la empresa, antes de cada acción difícil. 

El Rosario en Familia era una práctica innegociable en su hogar. 

SANTIFICAR LO ORDINARIO: EL ALTAR DE LA OFICINA 

Su camino a la santidad se basó en la santificación de lo cotidiano: la convicción de que el trabajo ordinario es el lugar para el encuentro con Cristo: “que el trabajo sea una oración ininterrumpida en el sentido de entenderlo como servicio de Dios”. 
«Debo poner en la más insignificante de mis acciones el mismo amor que yo pondría en el acto de ser llevado al martirio». 
Como esposo, padre y gerente, entendía que cumplir estas tareas con perfección era su misión principal convirtiendo así la oficina, la cubierta de un buque o la mesa familiar en un altar donde se ofrece a Dios un trabajo terminado con excelencia y amor. 

Testimonio:

Luis María Baliña, médico, conoció a Enrique en 1947.

“ACDE sirvió para que Enrique desplegara como fundador y primer presidente su capacidad de organizador y al mismo tiempo de hombre profundamente evangélico. Su trabajo en ACDE no le impidió trabajar en la Junta Central de la Acción Católica –donde llegó a ser presidente–, a lo que también se entregó con alma y cuerpo. En esa época sus amigos notamos que había cambiado su modo de vestirse.

Ya no se lo veía con trajes a medida, de tela inglesa con gruesas rayas ni con camisas hechas a medida como otrora. Ahora se vestía como el dirigente medio de la Acción Católica. Tal era su humildad y su apego a vivir más de acuerdo al Evangelio”

Luis María Baliña, médico, conoció a Enrique en 1947. (Extraído de: El legado de Enrique Shaw)

El liderazgo de Enrique Shaw no se validó en los balances financieros, sino en el torrente sanguíneo de su propia agonía. 

En 1957, se le diagnosticó un melanoma maligno que, hacia 1962, se volvió irreversible. 

En sus últimos meses, cuando la enfermedad exigía constantes transfusiones, ocurrió un hecho sin precedentes: una fila de 260 obreros de la Cristalería Rigolleau se presentó voluntariamente en el hospital para donar sangre por su “patrón“. 

Enrique, profundamente conmovido, interpretó este gesto como la culminación mística de su deseo de ser uno con sus trabajadores. 

Poco antes de morir, con la lengua ya endurecida por el avance del cáncer, recibió a una delegación en su habilitación y les dijo: 

“Puedo decirles que ahora casi toda la sangre que corre por mis venas es sangre obrera. Estoy así más identificado que nunca con ustedes a quienes siempre he querido y considerado, no como simples ejecutores, sino también como ejecutivos”. 

Aceptó su enfermedad con serenidad ofreciendo sus sufrimientos por la conversión de su padre. 

Falleció el 27 de agosto de 1962 a los 41 años.  

Sus restos descansan actualmente en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, en Buenos Aires, lugar donde solía rezar con su familia. 

“La vida cristiana es la eternidad comenzada en nuestra alma sobre la tierra”

Enrique escribió estas palabras mientras padecía el avance del cáncer y aparece como una anotación en sus pequeños cuadernos. 

La frase representa la convicción de que el Cielo no es solo un destino futuro, sino una realidad que el cristiano debe empezar a construir y habitar en la tierra mediante la gracia y el amor al prójimo. 

“Debo santificarme especialmente a través de las responsabilidades de esposo, padre, hijo y dirigente de empresa. Esas responsabilidades Dios las ha puesto en mis manos.” 

Se autoexigía una coherencia total, planteándose que la gloria divina debía ser el único motor de su conducta: 

“Tengo que pensar si cada acto tiene como único móvil la gloria de Dios.” 

Libro_es_notas página 26

Tu historia cuenta.
¿Cómo dejas hoy una huella de amor y lealtad en las personas con las que trabajas?

El “peón” de Dios entrega su última jugada. Descubre los detalles de su adiós a la fábrica, su entrega y el milagro final:

La parábola de la sangre y la gratitud

El discurso de julio de 1962 en la planta de Rigolleau constituye el testamento espiritual de su gestión empresarial. Ante los obreros que le habían dado su sangre, Shaw no habló desde la autoridad, sino desde una deuda de amor impagable.

Utilizó una analogía profunda: explicó que, si alguien recibe una lapicera de regalo, lo natural es escribir una tarjeta de agradecimiento; pero él había recibido algo vital que constituye el símbolo de la vida misma.

Al comparar la donación de sangre con un regalo material como una lapicera, elevó la dignidad del trabajador al plano de lo sagrado.

Les aseguró que ya no eran “simples ejecutores”, sino “ejecutivos” y socios en su propia existencia.

Esta comunión biológica y espiritual fue la validación máxima de su tesis: que la empresa es una comunidad de vida

donde el dirigente debe “quemarse” para producir el calor de Dios entre los hombres. Su gratitud selló un vínculo que ninguna crisis económica podría romper.

La virtud de la prudencia y el desprendimiento

El 31 de julio de 1962, poco tiempo antes de morir Enrique escribió: “No pretender conocer la voluntad de Dios más que en lo inmediato, y en la medida que es necesario para actuar en este momento, no otro ni más (es una forma de ejercer la pobreza).

Enrique en la plenitud de su vida se desprendió de todos sus proyectos.

Tenía la virtud de la prudencia en su grado más genuino, que es la virtud de hacer, no la de no hacer, sino la de hacer lo que en el momento que fuera determinado y exigible hacer.

La unidad de vida

Lejos de ver la muerte con temor, la entendía como un paso hacia la plenitud de algo que él ya estaba experimentando en vida.

Shaw explica que, para muchos, Dios es una “abstracción”, pero para él constituye una “realidad más intensa que todas las realidades terrestres”.

Esta “eternidad comenzada” no es un aislamiento místico, sino que se manifiesta a través de la unidad con Dios y con los hermanos (especialmente su familia y sus obreros) en el tiempo presente.

Esta convicción le permitía afirmar que la jornada de trabajo de un cristiano está, desde el ahora, “sumergida en la eternidad”, transformando lo temporal (el servicio, la eficiencia, la caridad) en algo con valor eterno.

En resumen, la frase representa la “unidad de vida” de Enrique Shaw: la convicción de que el cielo no es solo un destino futuro, sino una realidad que el cristiano debe empezar a construir y habitar en la Tierra mediante la gracia y el amor al prójimo.

El milagro final

El padre agnóstico: Alejandro E. Shaw tenía importante actuación pública, de notable prestancia y amante del buen vivir. Sin renegar de Dios, no practicaban religión alguna. No aprobó, en su momento, dada su vida de banquero rico, culto e inteligente, lo que su hijo se había propuesto al entrar en la Marina.

La oración y el sacrificio: Enrique ofreció explícitamente su vida y sus intensos padecimientos por la salvación de las almas, con una intención muy especial por su padre.

Según el testimonio del Cardenal Mejía, en su lecho de muerte Enrique pidió que se hiciera algo por Alejandro, demostrando que estaba dando su vida por él.

Petición en Lourdes: En julio de 1962 Enrique viajó a Lourdes a instancias de su familia; allí no pidió por su propia curación, sino por su esposa, sus hijos y la conversión de su padre.

El milagro solicitado: Pocos días antes de morir, Alejandro Shaw decidió regularizar su situación eclesiástica, viajando a Montevideo para casarse por la Iglesia (ya que su esposa era divorciada por civil) y así poder recibir los sacramentos junto a su hijo.

La comunión final: El 23 de agosto de 1962, Alejandro se confesó y comulgó junto a la cama de Enrique tras veintiséis años de no hacerlo.

La reacción de Enrique: Al ver a su padre comulgar, Enrique exclamó lleno de alegría al Padre Moledo: “Hoy es el día más feliz de mi vida. Y este pobre cuerpo mío es donde Dios ha librado una batalla por la conquista del alma de mi padre”.

Telegrama de agradecimiento: Enrique envió un telegrama a sus tíos en el que decía: “Virgen de Lourdes cumplió: tu cuñado comulgó hoy”.

Entrada al cielo

En su lecho de muerte, prohibió que le dieran agua para mortificarse por aquellos que no tenían agua en las villas miseria, entregando su último aliento el 27 de agosto de 1962.

Entró al cielo habiendo cumplido su misión de ser un “peón” fiel en el tablero de la Divina Providencia que no dejó de ser “faro” ni siquiera en la debilidad extrema de la agonía.

27 y 28. Un Santo de traje y corbata 

El Papa León XIV autorizó el 18 de diciembre de 2025 la beatificación, tras reconocer un milagro atribuido a su intercesión. 

No es un santo de claustro, sino un “santo de traje y corbata”, modelo para el laico moderno que demuestra que la santidad es posible y necesaria en la empresa y en la vida cotidiana del siglo XXI. 

El camino de Enrique Shaw hacia los altares comenzó poco después de su muerte en 1962, impulsado por el padre Francisco Rotger y quienes presenciaron su caridad heroica. 

En 2005, la Iglesia Argentina abrió formalmente su Causa de Canonización que implicó recopilar más de 13.000 folios de documentación y testimonios de marinos, empresarios, obreros, etc. 

Este esfuerzo culminó el 24 de abril de 2021, cuando el Papa Francisco autorizó el decreto que lo declaró Venerable, reconociendo que Enrique vivió las virtudes cristianas en grado heroico en todas las facetas de su vida laical. 

El Papa León XIV autorizó el 18 de diciembre de 2025 la beatificación, tras reconocer un milagro atribuido a su intercesión. 

Su figura interpela al siglo XXI al proponer una unidad de vida innegociable: ser el mismo hombre en el altar, en el directorio y en el living de su casa. 

Enrique Shaw nos enseña que el dirigente no debe elegir entre rentabilidad y valores, sino que debe ‘santificarse a través de la profesión y santificar la profesión”, viendo el trabajo como una prolongación de la obra creadora de Dios”. 

Un faro de integridad 

“Es necesario hacerse santo. ¡Empezar ya!” 

Esta frase aparece como el primer punto de sus “Propósitos para 1945”, cuando tenía 24 años, anotados en sus libretas de apuntes y también en cartas a su esposa donde le propuso la santidad del matrimonio. 

La frase resume la integridad, la “unidad de vida”, de Enrique Shaw: la decisión voluntaria y firme de buscar a Dios intensamente en medio del mundo, la familia y el trabajo, sin dilaciones, haciendo lo que se debe y estando en lo que se hace. 

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Enrique Shaw demostró que se puede ser santo en la oficina y en el hogar.
¿Qué paso vas a dar hoy para vivir tus valores con más coherencia?

¿Un santo que usaba agenda y pagaba impuestos? 

Descubre cómo fue el avance de la causa y por qué el Papa Leon XIV autorizo su Beatificación. 

¿Cuál es la frase emblemática de Enrique? 

El pensamiento emblemático

La frase “Es necesario hacerse santo. ¡Empezar ya!” es uno de los pensamientos más emblemáticos de Enrique Shaw y se encuentra documentada principalmente en su correspondencia y escritos personales.

Aparece como el primer punto de sus “Propósitos para 1945”, anotados en sus cuadernos de apuntes.

Cartas a su esposa: Enrique le escribió esta frase a Cecilia Bunge en una de sus cartas, proponiéndole la santidad como una meta compartida en su matrimonio

Documentos institucionales: Debido a su importancia, figura como encabezado o mensaje central en publicaciones de la UCA y en la “Novena para la intercesión del Venerable Siervo de Dios, Enrique Shaw”

Contexto de la frase

Edad y momento vital: Enrique escribió estas palabras cuando tenía 24 años (alrededor de 1945), en una etapa de profunda maduración espiritual tras haber descubierto la Doctrina Social de la Iglesia.

Urgencia y radicalidad: La expresión refleja su convicción de que la santidad no es un ideal para el futuro o para el final de la vida, sino una tarea inmediata. No se trata de esperar a circunstancias extraordinarias, sino de empezar en el “aquí y ahora” de sus responsabilidades cotidianas.

Santidad matrimonial: Shaw no buscaba ser santo solo. Se lo propuso a Cecilia —quien al principio sintió un poco de “miedo” ante la magnitud de la idea— bajo la premisa de que debían ser “Santos con mayúscula y todo”, santificándose el uno al otro a través de la vida familiar.

Vinculación con otros propósitos: En el mismo registro de sus propósitos para 1945, Enrique vinculó esta meta con otras dos actitudes: no dejar de responder a ningún llamado de Jesús (sacrificio) y mantener presente la agonía de Jesucristo hasta el fin del mundo.

Unidad de vida: El contexto general es su deseo de “hacer lo eterno con lo temporal”, transformando su trabajo en la Armada (y luego en la empresa) en un camino de santificación profesional. Hay una decisión voluntaria y firme de buscar a Dios intensamente en medio del mundo, la familia y el trabajo, sin dilaciones.

El impulso inicial: El Padre Rotger

El padre Francisco Rotger CSP, quien fuera su confesor y guía espiritual desde los años 40, fue el primero en vislumbrar la magnitud de su santidad. Rotger comenzó a reunir testimonios y documentos, convencido de que la vida de Shaw era una “obra preciosa de la gracia” que debía ser propuesta como modelo universal.

Sin embargo, la muerte prematura del sacerdote interrumpió la sistematización de la causa, dejando la semilla plantada en el corazón de ACDE y de la familia.

Este primer impulso fue vital para que la memoria de sus virtudes no se perdiera en el tiempo, manteniendo vivo el deseo de iniciar el proceso formal.

La fase diocesana y el apoyo de Bergoglio

Tras décadas de reflexión, en 1996 el futuro Cardenal Jorge Mejía solicitó formalmente en un almuerzo de ACDE que se promoviera la canonización de su fundador.

En 1999, el entonces Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, dio el visto bueno para constituir el Tribunal Eclesiástico.

La fase diocesana fue un trabajo técnico y espiritual exhaustivo de peritos y teólogos, además de entrevistas a centenares de testigos para validar que Enrique vivió su fe sin fisuras entre lo público y lo privado.

Bergoglio, quien siempre admiró la coherencia de Shaw, fue el “motor” que pateó el penal inicial para colocar al empresario argentino en el camino oficial hacia la santidad.

De Buenos Aires a Roma: 13.000 folios

En septiembre de 2013, se realizó la clausura de la fase diocesana en la UCA, donde 13.000 folios de pruebas y testimonios fueron lacrados en cajas para ser enviados a la Congregación para las Causas de los Santos en Roma. Fernán de Elizalde fue el portador oficial de estos documentos que luego se transformaron en 44 tomos para su evaluación en el Vaticano.

La doctora Silvia Correale asumió la postulación en Roma, supervisando la redacción de la Positio, el documento que sintetiza la vida y virtudes heroicas del Siervo de Dios.

Este proceso documental es la garantía de que la Iglesia no se equivoca al proponer un modelo de vida, analizando cada escrito y cada acto bajo la lupa de la verdad teológica.

¿Qué significa ser Venerable? El Papa Francisco

El 24 de abril de 2021, el Papa Francisco autorizó la promulgación del decreto que declara a Enrique Shaw Venerable. Este título es un hito fundamental; significa que la Iglesia reconoce oficialmente que Enrique practicó las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y cardinales en grado heroico y deja de ser un referente local para convertirse en un faro para toda la Iglesia universal.

El Papa lo ha definido como un “ejemplo luminoso” y un “modelo de laico, padre de familia y ejemplar empresario”. En una entrevista Francisco dijo:

“Yo conocí gente rica y estoy llevando adelante acá la causa de beatificación de un empresario rico argentino, Enrique Shaw que era rico, pero era santo. O sea, una persona puede tener dinero. Dios se lo da para que lo administre bien. Y este hombre lo administraba bien. No con paternalismo, sino haciendo crecer a aquellos que necesitaban de su ayuda.”

El Papa León XIV a la Conferencia Industrial Argentina

En Argentina, esta visión encuentra un ejemplo luminoso y cercano en el venerable siervo de Dios Enrique Shaw, empresario que entendió que la industria no era sólo un engranaje productivo ni un medio de acumulación de capital, sino una verdadera comunidad de personas llamadas a crecer juntas. Su liderazgo se distinguió por la transparencia, por la capacidad de escucha y por el empeño para que cada trabajador pudiera sentirse parte de un proyecto compartido. En él, la fe y la gestión empresarial se unieron de manera armónica, demostrando que la Doctrina Social no es una teoría abstracta ni una utopía irrealizable, sino un camino posible que transforma la vida de las personas y de las instituciones al poner a Cristo como centro de toda actividad humana.

Enrique promovió salarios justos, impulsó programas de formación, se preocupó por la salud de los obreros y acompañó a sus familias en sus necesidades más concretas. No concebía la rentabilidad como un absoluto, sino como un aspecto importante para sostener una empresa humana, justa y solidaria. En sus escritos y decisiones se percibe claramente la inspiración de Rerum Novarum, que pedía a los empresarios «no considerar a los obreros como esclavos; respetar en ellos, como es justo, la dignidad de la persona, sobre todo ennoblecida por lo que se llama el carácter cristiano» (n.15).

Pero la coherencia del Siervo de Dios no se limitó al ejercicio de su profesión. También conoció la incomprensión y la persecución profetizadas por Cristo para los que trabajan por la justicia (cf. Mt 5,10). Fue encarcelado en tiempos de tensiones políticas y aceptó esa experiencia con paz y serenidad. Más tarde afrontó la enfermedad, pero nunca dejó de trabajar ni de alentar a los suyos. Ofrecía el sufrimiento a Dios como acto de amor y, aún en medio del dolor, se mantenía cercano a sus obreros.

Su padecer por amor a la justicia y por fidelidad a los principios de servicio, progreso y ascenso humano que propuso como deberes del dirigente de empresa en su obra “…y dominad la tierra”, hacen de Enrique Shaw un modelo actual para todos los que conforman el mundo laboral. Su vida muestra que se puede ser empresario y santo, que la eficacia económica y la fidelidad al Evangelio no se excluyen, y que la caridad puede penetrar incluso en las estructuras industriales y financieras.

Queridos amigos: La santidad debe florecer precisamente allí donde se toman decisiones que afectan la vida de miles de familias. El mundo necesita con urgencia empresarios y dirigentes que, por amor a Dios y al prójimo, trabajen en favor de una economía que esté al servicio del bien común. Que esta Conferencia Industrial sea un espacio para renovar el compromiso con una industria innovadora, competitiva y, sobre todo, humana, capaz de sostener el desarrollo de nuestros pueblos sin dejar a nadie atrás. Los encomiendo a la intercesión de San José Obrero y de corazón les imparto la implorada Bendición Apostólica.

Vaticano, 8 de septiembre de 2025, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María.

SER “SANTO DE TRAJE Y CORBATA” ES UNA AVENTURA POSIBLE

Aquí encontrarás la síntesis de su trayectoria y las herramientas para integrar su ejemplo y su espiritualidad en tu quehacer cotidiano.

ORACIÓN

Oh Dios, tu venerable siervo Enrique nos dio un alegre ejemplo de vida cristiana a través de su quehacer cotidiano en la familia, el trabajo, la empresa y la sociedad. Ayúdame a seguir sus pasos con una profunda vida de unión contigo y de apostolado cristiano. Dígnate glorificarlo y concédeme por su intercesión el favor que te pido… Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria)
Con aprobación eclesiástica: Arzobispado de Buenos Aires, 14 de julio de 1999.

“Es necesario hacerse santo, empezar ya.”

“Soy un humilde peón dispuesto a moverme en el tablero de mi vida como Dios quiere.”

Tu historia cuenta.
¿Qué mensaje de Enrique Shaw te llevas hoy para transformar tu realidad?