Enrique Shaw fue un referente del liderazgo empresarial con profundo compromiso social y cristiano. Desde su labor como dirigente, promovió una visión de la empresa centrada en la dignidad de la persona, el diálogo y la justicia social. Su legado inspira a los estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Católica de Santa Fe a formarse como profesionales con ética, responsabilidad social y vocación de servicio.

Nacimiento y primeros años

Enrique nació el 26 de febrero de 1921 en París, hijo de Alejandro Shaw y de Sara Tornquist de Shaw. Su padre trabajó durante dos años en esa ciudad. Fue bautizado el 5 de abril de ese año por su tío materno, el sacerdote salesiano Adolfo Tornquist, quien estuvo destinado durante veinte años en varios países asiáticos.

Cuando cumplió dos meses, sus padres regresaron a Buenos Aires y lo inscribieron como argentino en el Registro Civil. Se radicó definitivamente en Argentina siendo aún un niño.

Cuando tenía 4 años, falleció su madre. Antes de morir, le pidió a su marido —agnóstico— que velara por la formación cristiana de sus hijos.

Una persona con herramientas de conducción

En el Colegio La Salle se destacó por ser un alumno brillante. Era piadoso y en los recreos solía rezar en la capilla.

En 1935, con apenas 14 años, ingresó como cadete en la Escuela Naval Militar de Río Santiago. Era el más joven de su promoción y, aun así, se ubicaba entre los mejores promedios. Allí adquirió herramientas de conducción y afianzó una vocación de servicio orientada a los demás, con el compromiso de entregarse incluso hasta dar la vida.

Enrique tenía fe desde niño; la cultivó y defendió con firmeza. Lo demostraba, por ejemplo, al arrodillarse cada noche para rezar tres Avemarías, aun cuando sus compañeros se burlaban de esta práctica.

A los 18 años despertó su vocación

En 1939, al graduarse como guardiamarina con 18 años, fue el egresado más joven de la Marina. Enrique era visto a menudo sentado en un cajón dando catequesis en horas libres, en alguno de los galpones, al personal naval que voluntariamente lo deseara.

Leyó por casualidad un libro sobre la Doctrina Social de la Iglesia del cardenal Verdier, lo que despertó en él una vocación profunda.

Proyecto compartido de familia

En 1943 se casó con Cecilia Bunge, a quien había conocido a los 19 años. Compartían una profunda fe religiosa y la experiencia de haber perdido a sus madres siendo muy pequeños. Se casaron el 23 de octubre, con un deseo compartido: formar una familia numerosa y cristiana. Llegaron a tener nueve hijos.

En 1944 nació su primer hijo, mientras él se encontraba embarcado en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.

Decidió entregarse a la tarea que Dios le tenía reservada: ayudar al obrero

En 1945 la Armada lo envió a Estados Unidos para realizar un curso de meteorología.

Ese mismo año, tras una profunda reflexión, decidió dejar la carrera naval para dedicarse a la misión que sentía como propia: trabajar por la dignidad de los trabajadores. Solicitó la baja y devolvió el costo de los pasajes.

Su vocación por el apostolado en el mundo industrial seguía muy definida y decidió dedicarse a la promoción de los obreros y trabajar para ellos. Pero conversó con un sacerdote y éste le indicó que siendo misionero entre los empresarios concretaría mejor y más eficazmente sus objetivos.

Llegada a la Cristalería y capacitación en EEUU

Algunos de sus familiares que trabajaban en la Cristalería Rigolleau de Berazategui, le pidieron que ya que estaba allí, aprovechara a realizar una pasantía en la empresa Corning Glass Work para conocer sobre la producción de vidrios. Comenzó desde los niveles más bajos, compartiendo tareas con los obreros para conocer en profundidad el trabajo y ejercer luego una conducción con fundamento ético y profesional. Durante casi un año pasó de sección en sección, interiorizándose de todos estos procesos y preparándose para su trabajo en Buenos Aires.

Junto a su familia, se capacitó también en la empresa Corning Glass Works, en Estados Unidos, donde se formó en la producción de vidrio resistente a altas temperaturas. Durante su estadía en Nueva York nació su segunda hija.

Regreso y crecimiento en Rigolleau

En 1946 regresó a la Argentina y continuó su labor en Rigolleau. Con el tiempo, llegó a ocupar cargos de gran responsabilidad, hasta convertirse en director delegado, con miles de trabajadores a su cargo. Su estilo de gestión se caracterizó por una profunda visión humanista: consideraba a los trabajadores como personas con dignidad, no como piezas de un sistema productivo.

«Como empresario, hay que sembrar esperanza, ver la realidad, renunciar al beneficio del momento, ser un puente entre quienes conocen el problema y los sumergidos que piensan en su situación inmediata», fue una de las frases que señaló una y otra vez Shaw a la hora de desempeñarse como profesional.

Fundación de ACDE y participación institucional

En paralelo, desarrolló una intensa actividad apostólica. Colaboró en la organización del envío de ayuda a la Europa devastada por la guerra, a través de Cáritas Argentina, convocando a empresarios a sumarse a esta iniciativa solidaria.

De esa experiencia surgió, en 1952, la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), de la cual fue fundador y primer presidente. Su objetivo era vincular la Doctrina Social de la Iglesia con el mundo empresarial.

Participó además en diversas organizaciones como la Acción Católica Argentina —donde fue dirigente—, el Movimiento Familiar Cristiano, el Serra Club, la Juventud Obrera Católica y la Casa del Libro, desde donde promovió la difusión de textos de espiritualidad. También fue el primer tesorero de la Universidad Católica Argentina, colaborando activamente en sus inicios.

Vida familiar y estilo personal

A la par, su familia siguió aumentando, tuvieron nueve hijos. Hay muchos testimonios que narran cómo fue en su vida en familiar, en la empresa y en el apostolado. Muchos atestiguaron sobre la delicadeza de su buen trato, su sencillez, siempre dispuesto al diálogo, escuchando y respetando a los demás.

Compromiso social y empresarial

Fue un ferviente defensor del diálogo social y se destacó como redactor e impulsor del Salario Familiar, una iniciativa que se concretó tras numerosas reuniones orientadas a construir consensos entre sindicalistas, cámaras empresariales, funcionarios y legisladores.

A lo largo de su trayectoria sostuvo un vínculo constante con los sindicalistas, a quienes consideraba actores fundamentales para una gestión compartida y para garantizar la continuidad de las empresas. En un contexto marcado por tensiones —con sindicatos fuertes antes de 1955 y luego restringidos tras el cambio de gobierno—, se interesó especialmente por promover el equilibrio y el entendimiento entre las partes.

Espiritualidad y promoción de la lectura

Leía con frecuencia, valoraba la meditación y los libros de espiritualidad cristiana. Consideraba la lectura una práctica fundamental, por lo que aceptó hacerse cargo de un local de libros católicos que frecuentaba, ubicado junto a la iglesia, la «Casa del Libro». Allí no solo se importaban y vendían textos, sino que también comenzaron a editarse y traducirse al castellano importantes obras de espiritualidad.

Pensamiento cristiano y aporte a la Iglesia

En 1956, esa preocupación lo llevó a participar en la elaboración de la «Pastoral Colectiva sobre Promoción y Responsabilidad de los trabajadores», en la que tuvo un rol central como redactor, gracias a su profundo conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia. De este modo, se convirtió en uno de los primeros asesores laicos del Episcopado argentino.

Contexto político y detención

En 1955, durante la celebración del Corpus Christi, una multitud se congregó en Plaza de Mayo frente a la Catedral. El gobierno interpretó el hecho como una manifestación en su contra y acusó a las organizaciones católicas. En ese contexto, Enrique —vocal de la Junta Central de la Acción Católica Argentina— fue detenido junto a otros dirigentes, acusado de «perturbación del orden público». Permaneció once días detenido y, a pesar de las dificultades, mantuvo la serenidad y su confianza en la Providencia.

En el ámbito empresarial, alcanzó el cargo de director delegado en la fábrica, donde trabajaban cerca de 4000 personas. En 1961, frente a una orden de la empresa Corning Glass Works —accionista mayoritaria— que disponía el despido de 1200 empleados, se opuso firmemente. Expresó por escrito que renunciaría si se concretaba la medida, aun sabiendo que su estado de salud era delicado y que ponía en riesgo la estabilidad de su familia.

Viajó a Nueva York para explicar que la disminución de pedidos respondía a una situación transitoria. Su planteo fue aceptado y, al poco tiempo, la fábrica volvió a recibir encargos. Gracias a ello, se evitaron los despidos y la empresa pudo responder con su personal capacitado. Desde la sede central, su gestión fue reconocida y felicitada.

Compromiso institucional y formación

Al año siguiente, con 36 años, fue impulsado por el directorio de Cristalerías Rigolleau a realizar el curso de Gerencia Avanzada en Harvard, convirtiéndose en uno de los primeros argentinos en acceder a esta formación. Él mismo destacó que esta experiencia resultaría valiosa para su participación en los inicios de la Universidad Católica Argentina.

En 1958, monseñor Octavio Derisi puso en marcha la universidad con el aporte de profesores ad honorem y en espacios prestados. Ante la necesidad de recursos, se recurrió al apoyo de empresarios, y Enrique tuvo una participación clave en esta etapa: colaboró activamente y fue designado primer tesorero y miembro del Consejo de Administración de la institución.

Hombre con sangre obrera

En sus últimos años enfermó de cáncer, pero continuó trabajando activamente hasta el final. Fue sometido a diversas intervenciones, aunque la enfermedad avanzó. Durante ese tiempo, más de 260 trabajadores de la fábrica acudieron voluntariamente a donar sangre, reflejo del profundo vínculo humano que había construido. Su compromiso con ellos no era meramente discursivo: «Ahora soy feliz, ya que por mis venas corre sangre obrera», expresó tras recibir donaciones de sus propios empleados.

Falleció el 27 de agosto de 1962, a los 41 años. Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta, en la Ciudad de Buenos Aires (2.ª sección, bóveda n.º 10).

Últimos días

Para describir sus últimos días, resultan especialmente elocuentes las palabras del padre Manuel Moledo —grabadas al mes de su fallecimiento por Jaime Peña, socio de ACDE—: «Esta muerte, inexplicable —humanamente hablando—, absurda, para la que no hay otra explicación que aquello de la Sagrada Escritura: “Son incomprensibles tus designios, Dios mío” (Rom 11,33). Creo que el país ha perdido a uno de sus mejores hombres; quizás uno que, de haber vivido un poco más, hubiera sido llamado a grandes destinos y se habría desenvuelto con una originalidad pasmosa. Esto habría sido un gran escándalo, capaz de hacer ver a muchos ciegos. Enrique tenía la virtud de la prudencia en su grado más genuino: la virtud de hacer, no de no hacer, sino de hacer aquello que en cada momento era determinado y exigible. No lo comprendemos, pero esta muerte es la simiente que ha vuelto al surco para dar de sí algo que crecerá, florecerá y fructificará».

Pude acompañarlo en sus últimos días. En la mañana del día en que murió, se sentó en la cama y me dijo: «Padre, sin embargo mi situación no es la de Cristo todavía, porque, aunque yo no sabía que podía haber dolores así, a mí me rodean los amigos y a Él lo abandonaron. Yo tengo esto en mi favor. Una buena idea, Padre, es ofrecer este cansancio por todos los que no se cansan de pecar».

Había entrado ya en el silencio precursor de la muerte y, de pronto, recuperó la voz y dijo: «Señores, en primer lugar, disculpen que hable tan imperfectamente, porque la enfermedad me ha paralizado la lengua, pero debo decirles que ustedes, los trabajadores de Rigolleau, no son meros ejecutantes, sino ejecutivos, y las grandes dificultades no las producen las cosas, sino los hombres. Por consiguiente, una buena inteligencia entre los hombres, la buena fe, la comprensión y la rectitud de intención pueden resolver todos los problemas. La fábrica acaba de salir a gatas del problema eléctrico. Si todos nos unimos, podemos trabajar para que todos seamos felices».

Estas palabras reflejan la profunda, auténtica y real personalidad de un hombre que no fue común, sino que manifestó rasgos propios de un elegido, de un santo —entendida esta expresión no en su uso corriente, sino como alguien excepcionalmente dotado por la gracia sobrenatural—. ¿Cuál es la lección fundamental que deja? Haber sido, hasta el último instante, un hombre apasionado por crear un mundo en el que Dios pueda habitar.

Contaba también que, después de veintiséis años, su padre volvió a comulgar. Decía, lleno de alegría: «Hoy es el día más feliz de mi vida. Y este pobre cuerpo mío es donde Dios ha librado una batalla por la conquista del alma de mi padre».

Queda, además, el testimonio de su legado: su memoria, su vida y sus escritos —diez libretas y varios cuadernos— constituyen una riqueza invaluable para su familia y también para el mundo empresario. Sus pensamientos, junto con el recuerdo de sus obras, conforman un verdadero tesoro.

Fama de santidad

Más de 400 personas dieron testimonio de sus virtudes cristianas vividas en grado heroico. Su esposa, Cecilia, afirmaba: «Nunca dudé de su santidad. Tenía fama y era admirado; considero que esta fama sigue en aumento». Por su parte, Adelina Humier, empleada de la fábrica, recordaba: «Yo siempre decía que este hombre era un santo. Un compañero me dijo: “Observe: cuando entra Enrique Shaw, esos viejitos le tocan la mano como si fuera un santo”, y, en verdad, muchos lo veíamos así, entre ellos yo». A su vez, Hernando Campos Menéndez señalaba que Enrique «enriqueció» al grupo inicial de ACDE, muchas veces con testimonios de carácter heroico.

Puede afirmarse que la vida de Enrique Shaw constituye un testimonio elocuente sobre la importancia de la fraternidad, en sintonía con lo propuesto por el Papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti.

Trayectoria de la causa de canonización

En 1996, el futuro cardenal Jorge Mejía realizó un pedido en el Foro Almuerzo de ACDE para que se promoviera la causa de canonización de su fundador. Al año siguiente, en 1997, ACDE solicitó ser actora de la causa, iniciando gestiones y consolidando una comisión. En 1999, en octubre, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, dio el visto bueno al postulador Juan Cavo y se constituyó un Tribunal Eclesiástico.

En el año 2000, monseñor Mario Poli elaboró y presentó el parecer teológico sobre las obras escritas de Enrique Shaw. En 2001 se designó una Comisión de Peritos en Historia, presidida por el propio Poli, y en septiembre de ese mismo año José Cardenal Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, envió el nihil obstat, aceptando la causa.

En 2002, ACDE designó como postulador al licenciado Fernán de Elizalde. Dos años más tarde, en 2004, se nombró como postulador al doctor Juan Gregorio Navarro Floria, como vicepostulador al licenciado Fernán de Elizalde y al presbítero doctor Alejandro Llorente como perito teólogo. El 25 de agosto de ese año se realizó la ceremonia de apertura formal de la causa en la Curia de Buenos Aires y se designó a la doctora María Isabel De Ruschi Crespo para integrar la comisión de peritos en historia.

En 2006 fue designada como postuladora en Roma la doctora Silvia Correale. En 2008 se incorporaron a la comisión de peritos en historia la profesora Mónica Cuccarese de Jonte y la licenciada Inés Gutiérrez Berisso, quienes finalizaron su labor en 2014.

El 19 de septiembre de 2015 tuvo lugar la ceremonia de clausura de la fase diocesana de la causa de canonización en la Universidad Católica Argentina, presidida por el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Mario Poli. En esa instancia, 13.000 folios de documentación fueron sellados, lacrados y enviados a Roma.

En 2016 comenzó la preparación de la Positio en Roma, la cual fue impresa en 2018. Actualmente, ACDE, como actora de la causa, continúa trabajando en este proceso de beatificación, con la adhesión institucional de la Universidad Católica Argentina, el Foro Internacional de la Acción Católica, la Armada y el Colegio La Salle.

En 2021, el papa Francisco lo declaró Venerable, al reconocer sus virtudes heroicas. A fines de 2025 se aprobó un milagro atribuido a su intercesión, lo que lo acerca a su futura beatificación.

ORACIÓN 

Oh Dios, tu venerable siervo Enrique nos dio un alegre ejemplo de vida cristiana a través de su quehacer cotidiano en la familia, el trabajo, la empresa y la sociedad. Ayúdame a seguir sus pasos con una profunda vida de unión contigo y de apostolado cristiano. Dígnate glorificarlo y concédeme por su intercesión el favor que te pido… Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria)

Con aprobación eclesiástica: Arzobispado de Buenos Aires, 14 de julio de 1999.