“Mi búsqueda siempre estuvo relacionada con el cuerpo”, cuenta Marcela Carta, docente de la cátedra de Gerontopsicomotricidad de la Licenciatura en Psicomotricidad de la Facultad de Ciencias de la Salud (UCSF). Su vínculo con el movimiento comenzó a los 5 años, en Córdoba capital; a los 12 ingresó al Seminario de Danza clásica del Teatro del Libertador San Martín, y desde los 13 realizó cursos intensivos de verano en el Teatro Colón de Buenos Aires.
A partir de allí, se dedicó profesionalmente a la danza. Trabajó en una compañía privada en Buenos Aires y, al regresar a su ciudad natal, ingresó a la compañía oficial de la provincia. Fue primera bailarina, coreógrafa y maestra, especialmente de varones, primeros bailarines y solistas, hasta asumir en 2015 la dirección del Ballet Oficial de la provincia.
“Fui pasando por todos los roles hasta que asumí la dirección. Fue mi despedida”, recuerda. Para entonces, ya llevaba 11 años ejerciendo como psicomotricista.
La psicomotricidad, explica, fue un camino que no había planificado: “Me encontró y se dio”. Luego de formarse en esta disciplina, se doctoró en Psicología con especialización en Neurociencia Cognitiva.
El arte como mediador
Su experiencia en la danza también atraviesa su manera de comprender el arte. “El arte no implica solo el movimiento. Es libre, caótico, creativo y habilita nuestra sensibilidad. Requiere disciplina y técnica”, sostiene.
Para la bailarina, una obra de ballet reúne distintos lenguajes —escenografía, pintura, música, canto y movimiento— que permiten construir mundos simbólicos, narrar y encarnar una historia. Esa mirada también forma parte de sus espacios de intervención, donde incorpora collage, arcilla, escritura, canto y movimiento.
“El arte posibilita que cada persona pueda representar simbólicamente aquello que a veces no puede contar con palabras. Es transformador, mientras comparto mi sufrimiento lo puedo sanar”, describe.
El cuerpo como espacio de expresión
Carta trabajó con niños, adolescentes, personas mayores y personas con diferentes dificultades motrices y de salud mental. Sus primeros trabajos como psicomotricista fueron en clínicas con adolescentes y adultos con trastornos de la conducta alimentaria, además de personas con hiperactividad y dificultades en la atención, donde las posibilidades de organización corporal pueden verse muy afectadas.
“Plantear una actividad de juego libre y corporal es complejo si el cuerpo es el territorio de conflicto. Uno debe proporcionar un momento agradable. Los espacios terapéuticos son más que nada lugares de resiliencia y afectos, con humor incluso”, señala.
En estos espacios, explica, la lógica es diferente a la del deporte competitivo y de alto rendimiento: “En la danza profesional uno busca la perfección y la excelencia, pero en estos lugares cada logro debe ser celebrado en el tiempo que se dé. El juego es el mediador por excelencia en el trabajo con niños”. Jugar permite explorar sus posibilidades corporales, expresar emociones y descubrir nuevas formas de relacionarse con el propio cuerpo.
Moverse, encontrarse y cuidarse
Otro de los ámbitos que destaca es el trabajo con personas mayores. “Moverse hace bien”, afirma. La música, el movimiento y el encuentro con otros pueden generar bienestar y favorecer la autoestima.
“No es bailar por bailar, la danza es un mediador para algo más. En el medio de la rutina, con sus exigencias y demandas, habilitar un espacio para detenerse y soltar aquello con lo que se carga ya es un espacio de conquista, que da satisfacción y te anima a intentar nuevas cosas. Muchos de quienes vienen a mis talleres de psicomotricidad lo consideran un ‘recreo de sus vidas’”, plantea.
Desde su rol docente, sostiene que la formación del psicomotricista se construye sobre tres ejes: el teórico, el práctico y la propia disponibilidad corporal. Y propone que quienes acompañan a otros también se pregunten por su propio cuerpo y “cómo se llevan con este a lo largo de los años”: si pueden relajarse, esperar sin tensarse, estar abiertos y escuchar realmente.
“Aunque mi lugar es el despliegue del cuerpo, cualquier expresión estético-expresiva es útil para aprender a estar aquí y ahora, con la emoción que sea. Para escuchar y mirar a los demás, reconociéndolos como algo que no conozco completamente y que merece mi cuidado y empatía”, concluye.
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