Por Juan Pablo Viola*
Cambiar de altar
En las últimas décadas no hemos dejado de creer; solo hemos cambiado de altar. Allí donde antes se levantaban templos, hoy abrimos aplicaciones. Ya no peregrinamos a ciudades sagradas, sino a retiros empresariales de fin de semana. No nos confesamos para reconciliarnos, sino para optimizarnos. Hemos aprendido a vivir como si la trascendencia no hiciera falta: un ateísmo que no discute, sino que organiza la agenda.

A este modo de vida lo sostienen dos disposiciones reconfiguradas por la lógica de la desacralización moderna: la autorrealización y el contentamiento. La primera nos promete llegar, por fin, a ser “nuestra mejor versión”: medir el sueño, hackear el cuerpo, afinar la marca personal. La segunda nos susurra que todo está bien así: respira, acepta, fluye. Juntas diseñan un horizonte cómodo que para el hombre de a pie es ser más eficiente y, a la vez, estar tranquilo con lo que hay. ¿Quién podría oponerse?
Las dos disposiciones no son inocentes. La autorrealización es el proceso de desplegar capacidades y proyectos personales hasta alcanzar una forma de plenitud subjetiva; el contentamiento, la disposición de tranquilidad y aceptación frente a lo que hay. Ninguna es mala en sí misma. El problema aparece cuando ambas se cierran sobre la inmanencia — el yo como fuente y fin, el presente como campo total de juego — y dejan de apuntar hacia algo que las exceda. Entonces dejan de orientar y empiezan a atrapar.
Autonomía técnica vs. realización
Hay una distinción que es importante mostrar. Autonomía no es lo mismo que realización. Autonomía, en sentido estricto, es la capacidad de autodeterminarse y gestionar medios: elegir procedimientos, organizar recursos, optimizar procesos. Cuando se absolutiza sin un “nomos” que la oriente — sin una medida externa de valor — degenera en pura técnica; importa cómo mejorar, no por qué vivir así. La realización, en cambio, apunta a la vida buena e integra fines, bienes internos y pertenencias que no se reducen a métricas ni a desempeños.
Una profesional de la salud, por ejemplo, puede cumplir todos sus indicadores — tiempos, costos, satisfacción del paciente — y aun así experimentar vacío si la lógica instrumental desplaza el cuidado como bien en sí. La autonomía técnica funciona; la realización fracasa. Cuando los medios ocupan el lugar de los fines, lo sagrado — ese horizonte de valor no controlable — desaparece del cuadro. Y sin ese horizonte, la autorrealización se nihiliza, esto es, se vuelve autonomía sin norte o imperativo social de rendimiento sin destino.
Contentamiento: tranquilidad como anestesia
Algo semejante sucede con el contentamiento. En su versión noble rescata una antigua sabiduría estoica: cultivar la ataraxia frente a lo que no controlamos. Pero, recortado de toda pregunta por el bien y la verdad, se transforma en anestesia existencial, y, así, pacifica sin orientar, calma sin discernir si lo que hay es justo, verdadero o digno. La consigna “fluye” puede ser higiene del deseo o justificación de la renuncia a pensar. Cuando el contentamiento se desliga de todo horizonte de sentido no calculable, el sujeto aprende a gestionar estados interiores, no a confrontar el valor de lo que hace o tolera.
De la verdad a la utilidad emocional
En este clima, el criterio dominante ya no es “¿es verdadero o justo?”, sino “¿me calma rápido?” La tristeza se gestiona; la culpa se reetiqueta; el conflicto se pacifica. Nada contra dormir mejor o meditar. El problema surge cuando toda herida debe cerrarse deprisa y cada inquietud espiritual se convierte en recordatorio de una app. Esta autoadministración interior — técnicas, recetas, dispositivos — promete control, pero disuelve el misterio que daba espesor a la experiencia. Pretender gobernar la vida del alma como si fuera un panel de control es confundir mapas con territorios. Es querer lo útil para orientarse. Luego, ser incapaz de agotar el paisaje. En nombre del bienestar inmediato, el dolor se convierte en “data”; en nombre de la eficiencia, la pregunta por el sentido se posterga hasta nuevo aviso.
Este esquema produce tres escenas que se repiten en la vida organizacional y personal de hoy. En la primera, el yo infinito deviene a handling project: el cuerpo es un tablero de optimización, el tiempo un recurso a exprimir, los vínculos una red de valor; las métricas actúan como moral implícita — lo que no se mide no existe — y nadie pregunta si en el edificio que se construye vale la pena morar. En la segunda, el mindfulness corporativo ofrece tranquilidad como herramienta de compliance emocional. Se busca pacificar el malestar para no tocar sus causas, y, en lugar de preguntar qué está fallando como organización o como sociedad, se propone respirar para rendir mejor; se propone el silencio como lubricante del sistema, no como apertura al misterio. En la tercera, el consumo espiritual — retiros exprés, coaching motivacional, espiritualidad on demand — empaqueta el consuelo. Promete transformación sin comunidad o rito sin compromiso, y, aún peor, revelación sin obediencia. El consuelo como producto es, por eso mismo, consuelo lábil, acaso falso.
Desencantamiento y giro terapéutico
Nada de esto brota de la nada. Venimos de siglos de “deshechizamiento”, es decir, la naturaleza dejó de hablar en lengua sagrada; la razón, las ciencias y el mercado reconfiguraron los órdenes simbólicos. Del sujeto poroso que vivía atravesado por fuerzas y presencias, pasamos al yo blindado que gestiona inputs y outputs. Tras las guerras del siglo XX y la aceleración tecnológica — de la energía atómica a Internet y la IA — , el giro terapéutico reemplazó deberes por estados de ánimo. La gran cuestión humana formulada por Platón “¿qué es lo bueno?”, se reemplazó por “¿qué me hace bien?” La promesa parece clara. Con técnicas adecuadas, estados mentales adecuados, y, con estados adecuados, vidas aceptables. El resultado es un horizonte de sentido reducido a wellness narcisista subjetivo.
Ateísmo práctico: irrelevancia de la trascendencia
El diagnóstico no requiere guerra cultural. Alcanza con nombrar una sensación extendida: Dios no es negado, es tristemente irrelevante. La vida profesional y, peor aún, familiar se despliega en un plano de pura inmanencia donde el sentido se autodetermina y el sufrimiento se optimiza para neutralizarlo. De ahí la abundancia de tranquilidad sin reflexión, sin arraigo, y, al final, productividad sin dirección. Séneca ya lo sabía: no hay vientos favorables para quien no sabe a dónde va. Si el Norte desaparece, los mapas se reducen al parte meteorológico del ánimo: hoy despejado, mañana nubes de ansiedad con claros de diversión.
Objeciones y matices
Habrá quien señale que estas mismas prácticas pueden abrir espacio a la escucha y la gratuidad. Es cierto: una caminata sin teléfono, una meditación no contada, una conversación sin objetivos, reintroducen alteridad. El riesgo no está en las prácticas, sino en el criterio con que las medimos: cuando su valor depende de la eficacia emocional y no de la verdad del bien que señalan, el mapa termina sustituyendo al territorio. Habrá también quien defienda las tradiciones inmanentes robustas — estoicismo, budismo — recordando que proponen disciplinas, comunidades y criterios de verdad compartidos. Exacto: lo que aquí se cuestiona no es el estoicismo ni el budismo, sino su versión light, occidentalizada, esto es, recortada al yo y a la utilidad, convertible en mercancía amable. Y habrá quien diga que no podemos renunciar a la tecnología, que hay que educar el uso. De acuerdo: el problema no es la app de respiración, sino que la app ocupe el lugar de la pregunta por qué respiramos así y para qué vivimos.
Puentes: reabrir ventanas
Si la autorrealización sin trascendencia acaba por vaciarnos y el contentamiento desprovisto de verdad nos adormece, lo que falta no es otro ritual de eficiencia emocional, sino lo que llamo “ventanas”. No más métricas; más juego (o espontaneidad). No más paneles de control; más prácticas de don (el don es don si es desinteresado).
La primera apertura, esto es la más fundamental, es hacia el otro antes que hacia la autoevaluación. El sentido crece en la mesa compartida más que en el panel de control: comer con otros, deliberar con otros, celebrar con otros, llorar con otros. La alteridad interrumpe la autogestión y obliga a ajustar el rumbo sin que nadie lo haya programado.
La segunda es la obra no instrumental: hacer algo que no “sirva” — escuchar sin calcular, celebrar sin registrar, contemplar sin publicar — para reaprender la semántica del don. La experiencia del valor no medible cura la compulsión de convertir todo en útiles.
La tercera es el límite elegido y, por ende, comprometido: un sabático digital, una oración, un compromiso concreto con los vulnerables. No como “detox” estético, sino como sabiduría que recuerda que la vida no se posee, se recibe. La renuncia acotada ensancha el deseo.
Ascetismo de la atención
Vivimos en un estado de economía de la distracción; todo reclama mirada, nada la sostiene. Un ascetismo de la atención — aprender a mirar lo que importa y sostener la mirada — puede reabrir la trascendencia desde dentro. Puede ayudar a focalizarnos en bienes que no se reducen a utilidad inmediata. Atención al otro, a la palabra justa, a la obra bien hecha, al sufrimiento que pide respuesta, a la belleza que no se compra. Cuando la atención se torna fidelidad, desactiva la tiranía del bienestar instantáneo y vuelve a conectar medios con fines.
Autonomía reordenada, realización anclada
El horizonte no es desechar la autonomía, sino reordenarla; no abolir la autorrealización, sino anclarla y darle espesura. Autonomía sin nomos es técnica vacía; con nomos, es libertad para el Bien. Autorrealización como proyecto de yo perpetuo es fatiga sisífica, mientras que autodeterminación como respuesta a un llamado — a una verdad que nos excede, a un bien común que nos reclama — es vocación. Sin ese anclaje, el contentamiento se vuelve resignación alegre y la disciplina, gimnasia del rendimiento.
Cierre: volver el rostro al Norte
Necesitamos más que nuevas apps o hábitos. Necesitamos acciones que nos saquen de nuestra autoestabilidad — prácticas, lecturas edificantes y palabras que nos expongan de nuevo a lo que no controlamos, a lo que no se compra, a lo que aparentemente no sirve y, sin embargo, nos sostiene. Necesitamos volver a jugar: somos esencialmente lúdicos. Dicho de modo negativo, no hace falta una versión premium de la tranquilidad, sino la memoria de que no todo lo importante se deja gestionar. Si todo se vuelve panel y KPI, no es que Dios haya muerto; es que nos hemos quedado sin altura.

Reabrir la pregunta por lo verdadero y lo bueno — también por lo sagrado — no es nostalgia, sino higiene del Deseo. No para huir del mundo, sino para morar en él con sentido. Ningún viento ayuda cuando no sabemos a dónde vamos; pero basta una brújula para que el mismo viento vuelva a ser promesa. Y si somos capaces de volver nuestro semblante al Norte — con los otros, con gratuidad y bajo límites elegidos — , la autorrealización recobrará espesor y el contentamiento será reemplazado por la felicidad verdadera. En fin, la vida dejará de ser anestesia para convertirse en paz fecunda. ¿Abrimos las ventanas?
*Profesor de Filosofía e investigador de la Universidad Católica de Santa Fe sede Rosario. Docente de Lenguas Clásicas, Ética y Seminario de Filosofía Contemporánea en el CCC-Lic. en Filosofía. Director de un Proyecto de Investigación para investigadores formados de la SeCyT de la UCSF.

