Cuando la economía comulga con los valores

“¡Nosotros somos económicos y solidarios!, dijo en voz alta una mujer durante una reunión en un Chile en crisis y bajo la dictadura militar. Y así, sin saberlo, hizo andar las primeras construcciones del concepto de economía solidaria”, remarcó el Dr. Howard Richards, uno de los principales referentes en la temática.
Durante su visita a Posadas, en el marco de la II Conferencia Internacional de Economía Solidaria que se realizó en la Universidad Católica de Santa Fe Sede Santos Mártires, detalló la perspectiva histórica de su mensaje.
En la actividad organizada en conjunto con el Centro de Musicoterapia y Logoterapia y el Consejo Latinoamericano de Investigación para la Paz, Richards comentó que en esos años en Chile, los pobladores buscaban generar alternativas que ayuden a sobrevivir la situación. La posibilidad de poner alma y corazón a lo que se emprenda era uno de los aportes de la Doctrina Social de la Iglesia.
“Entonces, basándome en una cuestión histórica, para mí la economía solidaria es el encuentro de la economía con los valores humanos, esos solidarios. Una reincorporación y un despertar de los valores muy antiguos en tiempos de crisis. Un diálogo entre modernidad y tradición”, explicó el especialista.
Si bien decirlo resulta fácil, la práctica no lo es tanto. Requiere de un esfuerzo y un reconocimiento personal, ya que se debe ser consciente de la inflación, de la administración del capital, del poder en el contexto actual. Asumiendo tal realidad, el desafío es pensar en el otro, creer y entregarse por completo a la causa.
Para ejemplificar un triunfo, citó el caso de una fábrica de pastas en Rosario. El dueño de la empresa no logró la rentabilidad esperada y abandonó el negocio. Ante la incertidumbre, una contadora se ofrece para realizar la contabilidad y dar una visión a los trabajadores. Su conclusión fue desalentadora. “Les dijo que por los número no era viable continuar. Entonces, muchos se fueron. Y otros se quedaron. Éstos pusieron todo de sí y realmente creyeron que podrían esforzarse e intentar salir adelante. Mientras algunos arreglaban las máquinas, otros preparaban el producto y sus familias y parientes salían casa por casa a ofrecer las pastas. La familia y el entorno también son fundamentales en estos casos. Y así, lograron salir adelante. No se rindieron”, subrayó.
Explicó que en esa situación operó el llamado factor C: compromiso, comunidad, calor, compañerismo. Es decir, un factor que no entra en la economía dominante pero sí en la solidaria.
Es cierto que en una crisis, pensar en esta cultura suele ser una alternativa. Pero también puede nacer y funcionar en cualquier tiempo. En este sentido, consideró que “llega a ser una estrategia para la liberación. Tenemos que repensar los roles de los actores, de las empresas y el Estado para que empiecen a colaborar con las organizaciones de la sociedad civil, resignificar el mercado, las grandes empresas”.
Este comportamiento nos lleva hacia una cultura de paz positiva, que no consiste solamente en el fin de la guerra y toda forma de violencia, sino en una manera de vivir. “Y, como dice un obispo en Sevilla, la paz es una mesa de cuatro patas: la primera es la justicia, la segunda es la justicia, la tercera es la justicia y la cuarta es la justicia. Es decir que si no logramos la justicia social no vamos a tener paz”, finalizó.