Por Federico Viola*

La Argentina suele pensarse como un país secularizado. La palabra, sin embargo, puede inducir a error. Lo que parece estar ocurriendo no es simplemente una pérdida de creencias, sino una transformación de sus formas. No se cree menos de manera lineal; se cree de otra manera, con otros vínculos, otros lenguajes y otros espacios de pertenencia.
Los datos recientes del Barómetro de las Religiones y las Creencias en Argentina, elaborado por OCREAR-UBA, permiten observar con claridad este movimiento. El catolicismo conserva todavía una presencia mayoritaria, pero ya no organiza la vida simbólica del país con la fuerza que tuvo durante buena parte del siglo XX. Al mismo tiempo, crecen los sectores sin filiación religiosa, aumentan las identificaciones evangélicas y se profundiza una fractura generacional particularmente visible entre los jóvenes. En ese grupo, la pertenencia católica desciende con fuerza, mientras ganan terreno tanto la no afiliación como nuevas formas de religiosidad.
La categoría que mejor describe este proceso es desinstitucionalización religiosa. No significa necesariamente desaparición de lo religioso, sino debilitamiento de las instituciones tradicionales como lugares de transmisión, pertenencia y autoridad. La creencia persiste, pero se separa cada vez más de la comunidad estable, del rito compartido, de la tradición recibida y de la palabra autorizada. Se cree, y parece que cada vez más, pero se pertenece cada vez menos.
Este fenómeno puede ser leído sociológicamente. Pero también exige una lectura antropológica más profunda. El ser humano no vive sólo de información, utilidad, cálculo o eficacia. Vive también de símbolos. Necesita relatos de origen, figuras de identificación, ritos de paso, promesas, pertenencias y experiencias de sentido. Ernst Cassirer definió al ser humano como animal symbolicum: un viviente que no habita simplemente un mundo físico, sino un universo de formas simbólicas. Entre esas formas, el mito ocupa un lugar decisivo, porque no se limita a explicar el mundo: lo carga de presencia, lo vuelve habitable, lo inscribe en una trama de sentido.
Por eso, cuando las formas religiosas institucionales pierden capacidad de contención, la energía mítica no desaparece. Migra, transita. Busca nuevos recipientes. La pregunta central entonces no es si la sociedad argentina se volvió menos creyente, sino hacia dónde se desplazó su necesidad de creer.
Una parte de esa energía se desplaza hacia formas de espiritualidad individual-privada. Se combinan elementos de distintas tradiciones: meditación, energías, sahumerios, psicología, astrología, constelaciones familiares, terapias alternativas, referencias al universo o a una vaga idea de bienestar interior. Estas búsquedas no deberían ser despreciadas. Muchas expresan una necesidad legítima de sentido, consuelo, orientación y profundidad. También manifiestan el agotamiento de lenguajes religiosos tradicionales que, para muchos, dejaron de resultar comprensibles.
Pero allí aparece una dificultad. Cuando la espiritualidad se organiza exclusivamente a partir de la elección individual, tiende a perder aquello que vuelve transformadora a una tradición: su capacidad de contradecirnos. Se toma lo que calma y se descarta lo que incomoda. Se conserva lo que confirma y se abandona lo que exige. La creencia se vuelve flexible, pero también frágil. Ya no viene desde una exterioridad capaz de interpelar; se adapta a las necesidades del yo que la selecciona.
Otra parte de esa energía simbólica migra hacia la política. En la Argentina esto no es secundario. La política ha funcionado muchas veces como un espacio de pertenencia intensa, capaz de ofrecer identidad, épica, comunidad, memoria y promesa de redención histórica. No hay política sin símbolos ni pasiones compartidas. Ningún proyecto colectivo puede sostenerse sólo con administración técnica.
El problema aparece cuando la política absorbe una demanda religiosa que no puede satisfacer. El líder deja de ser representante y se convierte en figura salvadora. La doctrina deja de ser discutible y se vuelve sagrada. La crítica interna se interpreta como traición. El adversario deja de ser un interlocutor y se convierte en enemigo moral. Así, la política deja de abrir un mundo común entre distintos y se transforma en espejo de una comunidad cerrada sobre sus propias certezas.
También el fútbol ocupa un lugar privilegiado en esta migración simbólica. En la Argentina, el club no es sólo una institución deportiva, la selección en el mundial no es un equipo más. Es memoria familiar, barrio, infancia, lengua compartida, calendario emocional, alegría colectiva y sufrimiento ritualizado. Allí se encuentran dimensiones que muchas instituciones han perdido: pertenencia, cuerpo, canto, comunidad, continuidad generacional.
Pero tampoco el fútbol puede contener plenamente la dinámica mítica del espíritu humano. Puede reunir, emocionar y dar identidad, pero difícilmente pueda ofrecer una orientación última de la existencia. Cuando se lo carga con una intensidad excesiva, el rival se vuelve enemigo, el resultado deportivo condiciona la dignidad personal y el ídolo se vuelve intocable. Entonces el juego deja de ser mediación comunitaria y se convierte en absolutización afectiva.
El rasgo común de estas migraciones puede bien pensarse en términos de idolatría. No en un sentido moralizante o peyorativo, sino como una categoría que permite comprender qué ocurre cuando algo finito es investido con una carga simbólica que excede su propia naturaleza. La idolatría tiene una lógica particular: promete plenitud, pero termina empobreciendo. Porque convierte en absoluto a un ídolo que no puede corresponder a esa exigencia. Entonces se lo protege, se lo defiende, se lo vuelve inmune a la crítica. Y en ese movimiento, lo que debía vincular, separa. Lo que debía orientar, confunde.
Desde esta perspectiva, el problema no es que la Argentina haya dejado de creer. El problema es que muchas de sus creencias se han desplazado hacia objetos que no pueden sostener la intensidad que se les exige. No porque sean irrelevantes, sino porque son inadecuados para ocupar ese lugar.
Una creencia que no se vuelve idolátrica es aquella que no se deja reducir a objeto de consumo ni a instrumento de identidad. Es aquella que no se agota en confirmar al sujeto, sino que lo desborda. Que no se deja poseer del todo. Que introduce una distancia, una exigencia, una alteridad irreductible. En ese punto, más que ofrecer una respuesta tranquilizadora, vuelve a plantear la pregunta por el sentido. Y quizás allí, en esa incomodidad, reside su verdadera potencia.
*Federico Viola es Doctor en Filosofía y director del Instituto de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Católica de Santa Fe.
