La democracia como simulacro: el ritual que oculta la decadencia 

Por Federico Viola* 

La democracia contemporánea es, en gran medida, un decorado. Un sistema que preserva sus rituales —elecciones, campañas, debates televisivos, boletas prolijamente impresas— para ocultar la verdad incómoda: la democracia real está en ruinas. Votamos, sí, pero votar hoy significa muy poco. El acto electoral se ha transformado en una especie de trámite simbólico que conserva la apariencia de participación mientras despolitiza por completo la vida pública. Al recibir el premio premio Princesa de Asturias, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han formuló con claridad meridiana esta situación: la democracia no se sostiene en procedimientos legales, sino en costumbres cívicas que ya no existen. 

La gran ficción contemporánea es creer que el voto garantiza la democracia. Es una idea cómoda tanto para la clase política como para la ciudadanía. Para los políticos, porque les permite administrar el poder sin preocuparse por reconstruir vínculos sociales ni por escuchar realmente a la gente; para la ciudadanía, porque reduce a un minuto cada dos años la enorme responsabilidad de sostener una vida común. El voto, en lugar de empoderar, anestesia. 

Han advierte que la democracia depende de una trama de hábitos públicos: respeto, escucha, reconocimiento. Hoy todo eso está pulverizado. La polarización convirtió la conversación en un intercambio de violencia simbólica; la digitalización nos empuja a la reacción impulsiva y al narcisismo de la opinión; la lógica del rendimiento nos encierra en un yo permanentemente agobiado, incapaz de pensar en términos colectivos. En un clima así, hablar de ciudadanía es casi un chiste. 

Lo más grave es que esta decadencia está cuidadosamente maquillada. El sistema funciona, o al menos eso parece. Hay elecciones, hay estadísticas, hay participación “formal”. El simulacro democrático se sostiene en su capacidad para reproducir la apariencia de normalidad. La política sigue moviéndose, pero ya no mueve nada. Inaugura obras inútiles, repite slogans vacíos, fabrica enemigos para disimular su impotencia. El pueblo vota, pero no decide. La democracia existe, pero no gobierna. 

Han tiene razón cuando sugiere que la democracia está siendo sustituida por un dispositivo técnico-administrativo. Las instituciones se mantienen, pero sin alma; la esfera pública está fragmentada en pequeñas tribus digitales que no se escuchan entre sí; la idea de bien común fue reemplazada por la competencia; el otro ya no es un ciudadano, sino un obstáculo. En estas condiciones, pretender que la democracia sigue viva porque podemos depositar una boleta en una urna es una forma de autoengaño colectivo. 

Pero la decadencia política no estalla: se desliza sigilosamente. No llega bajo la forma de un golpe, sino de una pérdida progresiva de densidad, sentido y propósito. Todo sigue funcionando porque ya nada importa demasiado. El voto se vuelve un gesto de resignación. Los gobernantes son intercambiables. Las discusiones públicas son espectáculos coreografiados. La política dejó de ser una práctica común para convertirse en un mercado de identidades donde cada uno compra la que mejor le queda. 

La pregunta de fondo es incómoda: ¿qué significa realmente vivir en democracia cuando la sociedad ha perdido toda capacidad de aparecer junta, debatir junta y decidir junta? Sin un “nosotros”, no hay democracia posible. Y el “nosotros” actual está roto: no por diferencias políticas, sino por indiferencia estructural. La democracia no muere cuando un tirano la destruye; muere cuando a nadie le importa defenderla porque ya no la experimenta como propia. 

Recuperar la democracia exige algo mucho más exigente que votar. Exige reconstruir vínculos elementales, asumir la convivencia como responsabilidad, rechazar la comodidad del eslogan y la grieta. Exige renunciar a la ficción de que delegar la política es suficiente. Mientras no enfrentemos esta decadencia —mientras sigamos creyendo que cumplir un trámite electoral nos convierte automáticamente en ciudadanos— la democracia seguirá hundiéndose en silencio. 

El desafío que Han nos plantea es brutal: dejar de confundir las formas con la vida. Dejar de creer que la democracia se reduce a su superficie. El problema del presente no es la falta de participación, sino la falta de comunidad. Sin comunidad, el voto es apenas un acto vacío. Y una sociedad que sólo se encuentra en la urna es una sociedad que ya no tiene nada que decidir. 


*Federico Viola es Doctor en Filosofía. Director del Instituto de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Católica de Santa Fe.



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