Crecer no es lo mismo que desarrollarse: una mirada desde la economía 

El crecimiento económico no siempre se traduce en bienestar. El docente de la UCSF Darío Ezequiel Díaz, doctor en Ciencias Económicas, analiza qué indicadores permiten comprender el desarrollo y los desafíos de la economía argentina. 

Que la economía crezca no significa, necesariamente, que las personas vivan mejor. ¿Cómo saber, entonces, si una sociedad realmente se desarrolla? 

“Crecer significa que aumenta la cantidad de bienes y servicios que una economía produce en un período. Desarrollarse supone una exigencia mayor: que esa producción adicional se traduzca en capacidades duraderas para las personas, es decir, en más salud, más educación, empleos de mejor calidad, instituciones que funcionen y la posibilidad real de que cada uno elija la vida que valora. El desarrollo es una ampliación de libertades”, explica Darío Ezequiel Díaz, doctor en Ciencias Económicas y docente de la Universidad Católica de Santa Fe (UCSF), en su sede Posadas. 

Díaz dicta Economía Política Internacional, Metodología Cualitativa y Metodología Cuantitativa en la carrera de Relaciones Internacionales. Además, es director de Metodología y Relevamiento Estadístico del Instituto Provincial de Estadística y Censos (IPEC) de Misiones y cuenta con posdoctorados en Retos Poblacionales Actuales e Inteligencia Artificial aplicada a las Ciencias Sociales. 

Cuando los números no cuentan toda la historia

El crecimiento económico es importante porque permite generar recursos para financiar escuelas, hospitales e infraestructura. Sin embargo, para evaluar si una sociedad se desarrolla también es necesario preguntarse qué sectores crecen, cuántos empleos generan, dónde se concentra la actividad y quiénes se benefician. 

“Si la pobreza, el desempleo y la desigualdad empeoraron, resultaría extraño llamar desarrollo a lo ocurrido, aunque el ingreso por habitante se hubiera duplicado”, señala Díaz. 

Los indicadores de la economía argentina permiten observar estas diferencias. Según los datos citados por el especialista, el producto interno bruto (PIB) creció un 2 % interanual en el segundo trimestre de 2026. El desempeño, sin embargo, fue desigual: mientras la pesca aumentó un 44,7 %, la explotación de minas y canteras creció un 16,4 % y el agro, un 6,9 %, la industria manufacturera cayó un 2,1 %. 

Al mismo tiempo, la pobreza alcanzó al 32,3 % de las personas durante el primer semestre de 2026. Estas cifras muestran por qué el crecimiento agregado no basta para evaluar el bienestar: también hay que observar cómo se distribuyen sus efectos y qué sucede con las condiciones de vida. 

¿Qué queda afuera de las estadísticas?

“El PIB no está diseñado para medir el bienestar, tiene limitaciones. Puede crecer, aunque la mayoría de los hogares esté peor”, advierte Díaz. 

Entre sus puntos ciegos están el trabajo de cuidados no remunerado, que sostiene la vida cotidiana, y la pérdida de recursos naturales, que no siempre se refleja adecuadamente en las cuentas económicas. El indicador tampoco distingue, por sí solo, entre empleos registrados y trabajos precarios. 

“Un siniestro vial grave aumenta el PIB, porque moviliza ambulancias, internaciones, talleres mecánicos y seguros; nadie diría, sin embargo, que la sociedad progresó”, ejemplifica. A esto se suman dimensiones difíciles de expresar en una cifra, como la confianza en las instituciones, la salud mental, la seguridad y el tiempo libre. 

La perspectiva territorial también resulta fundamental. Según Díaz, el aglomerado Posadas registró una pobreza del 42,2 % en el primer semestre de 2026, por encima del promedio nacional. Los indicadores generales, por lo tanto, pueden ocultar diferencias significativas entre regiones. 

“Todo índice compuesto encierra decisiones. Hay que elegir qué dimensiones entran, cómo se normalizan y cómo se agregan. Existen capacidades colectivas, que sólo se alcanzan como resultado de la interacción social, como las que construye una cooperativa de trabajo o una comunidad que se organiza frente a una crisis, y son tan importantes como las individuales, porque crean las condiciones para que cada vida pueda desplegarse. Un índice que sólo suma logros individuales deja afuera, justamente, ese tejido”, advierte. 

Dr. Darío Ezequiel Díaz, docente UCSF

Los datos, al servicio de las personas

Las estadísticas permiten identificar problemas, orientar recursos y evaluar políticas públicas, pero no siempre explican las causas de los fenómenos que registran. 

“Los indicadores sirven en la medida en que la sociedad confía en ellas, y en nuestro país vemos la falta de esta confianza. Dicen cuánto y dónde, pero rara vez dicen por qué”, sintetiza Díaz. Una tasa de desocupación, por ejemplo, permite dimensionar la falta de empleo, aunque no alcanza para comprender cómo afecta a las familias ni qué obstáculos encuentran quienes buscan trabajo.  

Por eso, el especialista destaca la importancia de combinar métodos cuantitativos y cualitativos: mientras los primeros permiten medir la magnitud de un problema, los segundos ayudan a comprender las experiencias y las razones que hay detrás de los datos. 

Qué necesita una región para desarrollarse

Otro concepto central es la resiliencia económica, entendida como la capacidad de una sociedad para atravesar una crisis, recuperarse y adaptarse sin que sus consecuencias se vuelvan permanentes. 

“Volver al punto de partida es una cosa; salir del shock con una economía mejor preparada, otra muy distinta. Algunas crisis dejan cicatrices duraderas: empresas que cierran, trabajadores que pierden calificaciones tras años fuera del empleo registrado, jóvenes que emigran y no regresan”, comenta. 

Para fortalecer esa capacidad, Díaz considera necesario diversificar la producción, facilitar el acceso al crédito, formar trabajadores y contar con un Estado capaz de responder a tiempo. Las redes sociales y comunitarias también cumplen un papel clave. 

En Misiones, la ubicación fronteriza agrega un desafío particular. Las variaciones cambiarias en la relación con Paraguay y Brasil modifican los hábitos de consumo y los movimientos comerciales. A esto se suma una economía vinculada con actividades como la yerba mate, el té, la forestoindustria y el turismo, cada una con sus propios ciclos. 

El desarrollo regional también requiere articular la formación con las oportunidades laborales: “una provincia que forma ingenieros, programadores o técnicos sin ofrecerles empleo de calidad termina financiando, vía emigración, la productividad de otras regiones. A la inversa, una inversión productiva que llega a un territorio sin trabajadores calificados importa la mano de obra o se queda chica”, resalta el doctor. 

Una mirada que va más allá de la economía

El desarrollo de un país involucra decisiones de múltiples disciplinas: desde la planificación de rutas y servicios de salud hasta las regulaciones, la educación y las inversiones productivas. Por eso, Díaz considera fundamental integrar distintas perspectivas. 

“Todos toman decisiones que afectan el desarrollo de un territorio, aunque ninguno lo tenga escrito en el título. No podemos pretender que si la economía crece todo lo demás se acomode solo”, remarca. 

En un escenario atravesado por la inteligencia artificial, producir informes, gráficos y estadísticas resulta cada vez más sencillo. El desafío está en seleccionar la información adecuada e interpretarla con criterio. 

“La inteligencia artificial está abaratando enormemente la producción de números, gráficos e informes. Lo que se vuelve escaso, y por eso valioso, es el criterio”, afirma. 

Para el especialista, la estabilidad macroeconómica es una condición necesaria, pero no suficiente para alcanzar el desarrollo. 

“Haber bajado la inflación representa un activo que vale la pena cuidar. El desafío de los próximos años pasa por lograr que el crecimiento se difunda hacia los sectores que emplean y hacia las regiones que más lo necesitan. Ahí se juega, precisamente, la diferencia entre crecer y desarrollarse”. 


Para leer el informe completo del doctor Díaz, adjuntamos el documento con sus respuestas aquí: 

Entrevista Dr. Díaz – UCSF



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