El arte de volver a escuchar(nos): hacia una comunicación para la no violencia 

Lucas Passeggi* 

Habitamos un tiempo de ruidos ensordecedores donde el grito parece haberle ganado la partida al susurro. En la escena pública actual, asistimos con estupor a una validación del odio como si fuera el único idioma posible para la gestión humana y política.  

Desde los pedestales del poder, allí donde la responsabilidad debería ser el faro que guíe a la comunidad, se derraman irresponsablemente discursos que —por oportunismo circunstancial o por una profunda ignorancia— despojan al “otro” de su piel, de su historia y de su dignidad. Se ha instalado una cultura bélica que intenta convencernos de que la violencia verbal y no verbal es un signo de fortaleza, cuando en realidad es el síntoma más claro de nuestra propia fragilidad emocional. 

Pero esta narrativa de guerra no se desvanece en el aire; tiene un peso gravitatorio que afecta la subjetividad de nuestros jóvenes. Ellos, que por naturaleza son buscadores de sentido, hoy miran al mundo adulto buscando señales de esperanza y solo encuentran un espejo roto.  

El mundo adolescente y juvenil se encuentra hoy en una encrucijada crítica. El mensaje que reciben desde las posiciones de liderazgo actual, sobre todo gubernamental, es de confrontación constante y aniquilación simbólica. Y cuando el horizonte del futuro se empaña de esta manera, el vacío existencial comienza a ganar terreno. 

Resulta imposible seguir apartando la mirada de las huellas trágicas que nuestra negligencia adulta va dejando en el camino.  

Fenómenos como el alarmante aumento de la tasa de suicidios juveniles, los crímenes violentos entre pares, el bullying, la discriminación y el menosprecio como núcleo de nuestros modos de vincularnos, revelan una forma despiadada de habitar el mundo actual. Todo describe una realidad donde se encarna, con total naturalidad, la lógica de “anular” y aniquilar aquello que no aceptamos del otro, simplemente por el hecho de ser diferente, pensar distinto o sentir de otra manera. 

Es hora de asumir que esta violencia que se capilariza en las calles y las escuelas es responsabilidad de un mundo adulto que no ha sabido articular un modo sano de habitar la sociedad. Padres, educadores, agentes de salud y comunicadores debemos reaprender la sagrada capacidad de la escucha activa. Escuchar no es solo oír palabras; es alojar el misterio del joven sin juzgarlo, es crear un espacio donde su vulnerabilidad no sea un arma en su contra, sino el punto de partida para su crecimiento. 

Histórica y culturalmente, nos han educado bajo la falsa premisa de que el conflicto es algo intrínsecamente malo, negativo y evitable. Nos hicieron creer que una buena relación humana es aquella donde nunca hay tensiones. Esta visión distorsionada es la que utilizan los discursos de odio para justificar la agresión: si el conflicto es “el mal”, entonces quien piensa distinto es el enemigo que debe ser extirpado. 

El conflicto no es una declaración de guerra, sino una señal luminosa de que hay necesidades humanas clamando por ser escuchadas. 

Ofrecer esta perspectiva a los jóvenes es devolverles la brújula de la esperanza. Es enseñarles que es posible disentir sin destruir, que la diferencia es la materia prima de la riqueza humana y que el diálogo es el único puente capaz de resistir las tormentas del odio.  

Como señala Alejandro Jodorowsky, el odio es ese veneno que tragamos esperando que el otro muera. Cuando los responsables políticos y sociales destilan desprecio, están envenenando el ecosistema donde crecen nuestros hijos. La verdadera madurez, esa que hoy les debemos a nuestras juventudes, reside en una regla de oro de una delicadeza extrema: por más enojado que estés, no se toca donde un día te contaron que dolía. 

Respetar la vulnerabilidad ajena es el primer paso, y quizás el más urgente, para frenar la escalada de crueldad que hoy termina en tragedias juveniles. Necesitamos pasar de la cultura del “yo te aniquilo” a la cultura del “yo te reconozco”, y esto supone volver un método vital para el día a día de cada familia, la comunicación humana no violenta. 

El corazón metodológico de este enfoque es la autoempatía y la escucha empática. No se trata de una técnica para convencer al otro, sino de una forma de conciencia para mantenernos conectados con nuestra propia humanidad y la ajena, incluso en condiciones de extrema hostilidad. Es el paso del “juzgar” al “comprender”, sustituyendo los juicios moralistas que clasifican a las personas en “buenas” o “malas” por un lenguaje basado en necesidades humanas universales.  

Al entender que cada acto de violencia es la expresión trágica de una necesidad no satisfecha, el mundo adulto puede empezar a mirar a los jóvenes no como un problema a resolver, sino como vidas que claman por ser comprendidas. Esto implica una práctica cotidiana de cuatro pasos: observar los hechos sin los filtros del juicio ciego; identificar los sentimientos reales que habitan detrás de la ira; descubrir las necesidades profundas que no están siendo atendidas, tanto las nuestras como las del otro; y proponer acciones concretas que construyan puentes, en lugar de dinamitar los puentes. 

Frente a la cultura bélica y el desamparo juvenil, la cultura de la paz y la comunicación comunitaria para la no violencia, se levantan como actos indispensables de resistencia política, pedagógica y humana. 

Reclamar a nuestros líderes discursos de altura, respeto y empatía no es un pedido ingenuo; es una necesidad de salud mental colectiva. Es la única forma de salvar a nuestros jóvenes del vacío y la crueldad, recordándoles que el sentido de la vida no se encuentra en la destrucción del adversario, sino en la construcción de un “nosotros” donde todos tengamos un lugar. 

El mundo adulto tiene hoy la palabra. Podemos seguir alimentando el incendio o podemos convertirnos en la lluvia que apague el odio, devolviéndoles a las nuevas generaciones un mundo donde valga la pena soñar. Escucharlos hoy es la única forma de asegurar que mañana ellos tengan una voz propia, libre de la herencia del veneno que hoy intentan vendernos como medicina. 


*Lucas Passeggi es Comunicador Social, Magister en Salud Mental y Doctor en Psicología Social. Docente y Secretario Académico del Departamento de Posgrado de la Universidad Católica de Santa Fe 



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