En el día de los muertos, honremos la vida, cuidando y protegiendola.

A FAVOR DE LA VIDA SIEMPRE

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“Somos mortales en beligerancia”, decía el negro Dolina. Y es que el deseo de vivir está en los genes, en las entrañas, en lo más profundo del corazón de todo ser humano. Las mitologías lo atestiguan con sus múltiples maneras de querer “hacerle trampa” a la muerte. La búsqueda de la piedra filosofal, o de querer robar a los dioses la  ambrosía no son sino otras tantas maneras de expresar que el ser humano quiere trascender la muerte.

La fe en la resurrección es la respuesta cristiana a este deseo, y tiene un plus: se apoya en un acontecimiento histórico. Cristo resucitó para que, todos los que viven con Él y con Él mueren, con Él resuciten a la Vida Eterna. El deseo ya no es pura ilusión, la utopía oscuramente presentida se hace realidad que la Esperanza aferra, y esto, porque “lo que es imposible  para el hombre no lo es para Dios”.

En estos días celebramos el día de todos los santos y ahí nomás, al día siguiente, el de todos los difuntos… ¿Difuntos? “A los ojos de los necios ellos estaban muertos, pero sin embargo viven para Dios”, afirma el libro de la Sabiduría. En realidad, celebramos la Vida porque la muerte no tiene la última palabra en la existencia  humana. Y porque la Vida es la realidad definitiva, porque “somos” vida y no muerte, es que tenemos la misión de custodiar la vida en todas sus formas: la vida del anciano que en su fragilidad reclama una gota de ternura, la vida de la madre embarazada que en su desamparo reclama auxilio y contención, la vida del bebé en el vientre que reclama su  derecho a nacer, la vida del desocupado que reclama dignidad, la vida del joven que reclama que no le quiten la posibilidad de un futuro y un proyecto. Y así podríamos continuar…

A su vez, miramos a los que han partido, y oramos por ellos: los encomendamos al que es la Vida, y le pedimos que los reciba en el lugar de la luz y de la paz, en el Reino del amor donde todos tienen lugar, donde nadie está de más, donde “los fabricantes de la muerte se han marchado”, parafraseando una vieja canción. Y al orar por ellos, también les pedimos a ellos que oren por nosotros. Acaso esto parezca necio para  quien no tiene fe, pero no lo es para el creyente: la sabiduría de Dios parece necedad para el  mundo, pero lo sabio del mundo es necedad para Dios. Nuestra fe en la Comunión de los santos nos da la certeza de que con la  muerte el vínculo no se ha roto, la puerta no se ha cerrado, porque “el  amor es más fuerte que la muerte”…

En el día de todos los santos y en el de todos los difuntos, celebraremos la vida y oraremos para que un día nos reencontremos con aquellos que ya han partido, en el lugar donde el Sol  no tiene ocaso. Mientras tanto, en honor a Aquel que es la Fuente de toda vida, cuidemos este Don con humildad y gratitud ya que somos administradores y no dueños y, como tales, deberemos rendir cuentas de cómo hemos distribuido los lugares para que, como sabiamente se dijo: “sean muchos los invitados al banquete de la vida”…

Pbro. Domingo Alberto Bosio

Licenciado en Psicologia

 

 

 

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