*Por el Dr. Luis Olaguibe

La Organización de las Naciones Unidas declaró en 1993 al 15 de mayo como el Día Internacional de la Familia, en consonancia con la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que en su artículo 16 afirma que “la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. Cada año, la ONU propone un lema particular, y en esta ocasión pone el acento en “Las familias, las desigualdades y el bienestar infantil”.
En nuestro país, un reciente estudio del Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad del ICF de la Universidad Austral demuestra que “persisten desigualdades estructurales” que impactan negativamente en el reconocimiento de los derechos fundamentales de niños, niñas y adolescentes en nuestro país.
Los datos son elocuentes: un preocupante porcentaje (13%) de niños entre 0 y 17 años vive en condiciones de hacinamiento y un 23,3% lo hace en viviendas construidas con materiales precarios.
En materia educativa debe tenerse en cuenta que la asistencia a un establecimiento educativo público en niños de 3 a 4 años es del 65%, mientras que niños de entre 5 y 12 años es del 70,3% y entre 13 y 17 años alcanza el valor de 71,7%. Estos números reflejan claramente la necesidad e importancia de la inversión estatal en la educación pública y la conveniencia del diálogo colaborativo con las familias para favorecer condiciones reales de igualdad de oportunidades.
Algo similar ocurre con el sistema de salud pública, donde un 47% de niños de 0 a 4 años y un 43% de entre 5 y 17 dependen exclusivamente de este sistema, razón por la cual urge su fortalecimiento. A esto se suma una realidad particularmente alarmante: los elevados índices de violencia doméstica, que afectan directamente a los niños, muchas veces dentro de su propio entorno familiar.
Es de esperar que el Estado asuma con plena responsabilidad la garantía de las mejores condiciones de vida para la población infantil, tal como se comprometió al adherir a la Convención sobre los Derechos del Niño y al sancionar la Ley de Protección Integral de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (Ley 26.061). En este sentido, resulta urgente impulsar decisiones con mayor sensibilidad social que reconozcan a la familia como un verdadero capital social, fundamental para el desarrollo y el crecimiento integral de la persona humana.
Estos indicadores interpelan de manera directa a las políticas públicas, pero también abren una reflexión más profunda: el cuidado de la infancia no puede ser concebido únicamente como una responsabilidad individual o familiar.
Como ha señalado el Papa Francisco en el marco del Pacto Educativo Global, citando un proverbio africano, “para educar a un niño hace falta una aldea entera”. Esta afirmación expresa con claridad que la tarea de educar, cuidar y acompañar no se agota en el ámbito privado, sino que requiere de un entramado social amplio y comprometido.
Las familias, en su misión insustituible, necesitan ser sostenidas por una red de contención que involucre al Estado, a la escuela, a las instituciones intermedias, a las organizaciones sociales y a las comunidades de fe. Fortalecer esta red no implica reemplazar a los padres, sino acompañarlos, generar condiciones y ofrecer recursos que hagan posible su tarea educativa.
De este modo, la construcción del bienestar infantil exige una auténtica corresponsabilidad social, capaz de superar miradas fragmentadas y de apostar por una cultura del cuidado que integre a todos los actores.
Sin embargo, esta responsabilidad compartida no diluye el compromiso personal. Por el contrario, lo hace más urgente y concreto. Como recordaba la Madre Teresa de Calcuta ante la pregunta sobre cómo cambiar el mundo: “Ve y empieza por tu familia”.
La realidad actual muestra que muchas de las carencias más profundas no son solamente materiales, sino afectivas y espirituales. En un tiempo de hiperconexión, crece paradójicamente la experiencia de soledad, lo que pone en evidencia la necesidad de recuperar el diálogo, la cercanía y la empatía en el interior del hogar.
Cuidar la familia es cuidar los vínculos: fortalecer la relación de pareja, generar espacios de escucha, acompañar a los hijos con presencia y dedicación, y hacer del hogar un lugar de confianza y seguridad.
Quien ha logrado construir una familia sabe que tiene entre sus manos un bien frágil y valioso, que requiere atención constante. Por eso, el Día Internacional de la Familia se presenta como una oportunidad para renovar este compromiso, que es al mismo tiempo personal, social y comunitario. Solo integrando estas dimensiones podremos avanzar hacia una sociedad más humana, en la que cada niño crezca rodeado del cuidado y la esperanza que necesita.
*Luis Olaguibe es doctor en Derecho y director del Instituto para el Matrimonio y la Familia de la Universidad Católica de Santa Fe.
