¿Alguna vez sentiste que la vida de los demás parece más exitosa, más feliz o perfecta que la tuya? En tiempos de redes sociales, esa sensación es cada vez más frecuente. La Lic. Gianna Gatti Gambino, egresada de la Facultad de Psicología de la Universidad Católica de Santa Fe, explica por qué la comparación constante puede convertirse en una fuente de ansiedad y qué herramientas permiten construir una relación más saludable con uno mismo.
Aunque la tendencia a compararnos con otras personas no es nueva —ya fue estudiada por el psicólogo social León Festinger en la década de 1950—, hoy las plataformas digitales intensifican este fenómeno al exponernos, de manera permanente, a versiones idealizadas de la vida de los demás.

La autoexigencia es el combustible
El problema aparece cuando esa comparación se vuelve injusta: enfrentamos nuestra realidad cotidiana con imágenes cuidadosamente seleccionadas que muestran solo los momentos más exitosos o felices.
“Hoy, a una velocidad infinita, vemos millones de personas de las que no tenemos ni idea cómo son sus vidas. No se nos muestra cuando están tristes o angustiadas; vemos lo bien que la pasan, sus viajes, su cuerpo y las vidas equilibradas que parecen tener. El cerebro tiende a procesar primero la vida del otro como si fuera la realidad y, en contraste, percibe en uno mismo ‘la miseria’ y todo lo que cuesta: levantarse temprano, estudiar, aprobar un examen, ir al gimnasio. Esto genera una insatisfacción constante y una sensación de estar siempre en deuda con una vida ideal que, en realidad, no existe”, analiza.
Cuando la comparación deja de inspirar
La comparación no siempre es negativa. Muchas veces puede ser una fuente de inspiración. Escuchar un testimonio valioso o ver una actitud de una persona cercana puede interpelarnos y llevarnos a pensar: “Me gustaría incorporar eso a mi vida”. También puede impulsarnos ante la posibilidad de alcanzar un objetivo: “Si esa persona pudo, yo también podré”.
El desafío actual, tal vez, sea dejar de mirar permanentemente —minuto a minuto— “la vida del vecino” para empezar a cuidar la propia: “Siempre que miramos la parcela del otro, desde lejos y desde afuera, se ve más prolija, más verde y perfecta de lo que realmente es. Es una visión parcial y sin detalles: no vemos el rincón reseco, la maleza, todas las veces que tuvo que plantar y regar. La nuestra también es así. Tal vez no parezca tan vistosa, pero es la que mejor conocemos. Hay que reconocer todo su proceso, incluso cuando florece y uno no se da cuenta”, ejemplifica Gatti Gambino.
Autoconcepto y autoestima algorítmica
La comparación constante no solo influye en cómo vemos la vida de los demás, sino también en la imagen que construimos de nosotros mismos. En ese sentido, la licenciada en Psicología distingue dos conceptos que suelen confundirse: el autoconcepto y la autoestima. El primero es el “conjunto de creencias que la persona tiene acerca de sí misma; es decir, aquello que cree que sabe de sí, la parte más cognitiva. La autoestima se construye a partir de ese autoconcepto, pero desde una valoración: cuán satisfecha o insatisfecha está la persona con aquello que cree que es”.
En las redes sociales, esa percepción también puede verse atravesada por la lógica de los “me gusta”, los comentarios y las visualizaciones, que muchas veces funcionan como un “termómetro” del valor personal. La autenticidad y la libertad para publicar contenido o elegir cómo mostrarse comienzan a quedar condicionadas por la búsqueda de aprobación externa: “Dejo de ser yo quien usa la red social y pasa a ser la red social la que me usa a mí. Ya no elijo compartir algo porque me representa, me gusta o quiero mostrarlo, sino que lo elijo pensando en cómo va a ser recibido. Y ahí, sin darme cuenta, entrego el timón de mis decisiones a una lógica externa. Ya no actúo desde mi propio criterio, sino en función de una aprobación”.

Señales en la conducta
Según la psicóloga, desde la primera infancia, en el primer vínculo de apego y cuidado, se forma un molde interno que influirá en el resto de las relaciones, incluida la relación con uno mismo. La autoestima comienza a construirse desde ese momento y continúa desarrollándose a lo largo de la vida.
Tanto los adolescentes —que otorgan un gran valor a la opinión de sus pares en la construcción de su identidad— como los jóvenes adultos —que atraviesan una etapa de incertidumbre y definición de su proyecto de vida— pueden verse especialmente afectados por estas comparaciones.
Entre las señales más frecuentes aparecen el chequeo compulsivo del teléfono, sobre todo después de publicar un contenido para ver las reacciones recibidas, y la imposibilidad de desconectarse de las redes, incluso cuando generan malestar.
También puede observarse la necesidad de pedir aprobación antes de subir una foto o de editar, retocar y posponer una publicación hasta encontrar su versión “perfecta”.
Otra señal es la comparación activa: buscar perfiles específicos para comparar la cantidad de “me gusta”, comentarios o visualizaciones. “A nivel cognitivo, se disparan pensamientos autocríticos después de ver el contenido ajeno y aparece la rumiación sobre las propias publicaciones o un scroll eterno. Esto suele derivar emocionalmente en ansiedad, angustia e irritabilidad. Cuando esto sucede, es momento de empezar a trabajarlo”, resalta.
Herramientas para el día a día
Como primer paso, la especialista recomienda trabajar en terapia aquellas creencias nucleares que sostienen la comparación constante, como los pensamientos de “no soy suficiente” o “valgo según lo que muestro”. “No es un fracaso personal sentir esto; es una respuesta esperable a un entorno que empuja hacia eso. El valor de una persona no se mide: no hay un número que pueda capturar quién es, lo que luchó, superó o lo que tiene para dar. Esa parte de uno es la más real y, sin embargo, casi nunca aparece en las pantallas. Que otras personas nos elogien o nos critiquen no determina nuestro valor. Este no depende de la aprobación o el juicio ajeno, sino del hecho de ser personas, con una dignidad propia e incondicional. Una autoestima sana nace de conocerse, aceptarse y tratarse con la misma compasión con la que trataríamos a alguien que queremos mucho”.
Además, propone realizar una “limpieza digital: esto puede incluir generar espacios sin pantallas en la vida cotidiana, borrar Instagram durante los días hábiles o dejar de seguir aquellas cuentas que sistemáticamente nos generan comparación o malestar. Lo principal es sostener vínculos cara a cara. Invertir tiempo en esos vínculos también es una forma de fortalecer la autoestima”.
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