No es felicidad, es dopamina digital

Vivimos en una época en la que el uso del celular y las redes sociales se han convertido en parte esencial de nuestra vida cotidiana. En este contexto, Urbano Sonzogni, licenciado en Psicología por la UCSF, nos ayuda a entender la importancia del control del uso de estas plataformas diseñadas para captar nuestra atención y cuyas consecuencias pueden repercutir en nuestro cerebro y nuestro cuerpo.

Muchas de las interacciones que tenemos en las redes sociales, como recibir un ‘like’ o una notificación, provocan la liberación de dopamina en el cerebro. Aunque solemos asociar la dopamina al placer, su papel principal tiene que ver con la motivación y la anticipación: es la que nos impulsa a buscar las recompensas y a sostener la expectativa de obtenerla. Las plataformas digitales están diseñadas para aprovechar eso: como nunca sabemos qué vamos a encontrar al entrar, volvemos una y otra vez. Con el tiempo, y de manera silenciosa, esto puede repercutir en distintos aspectos de nuestra vida, especialmente en nuestra motivación y capacidad de atención.

Ahora bien, este mecanismo no es algo que las redes hayan inventado. Al realizar actividades placenteras como comer, socializar o practicar algún deporte, el cerebro también libera dopamina, lo que nos motiva a repetir esos comportamientos. El problema es que los estímulos artificiales, como los que ofrecen las redes sociales, las compras online o las apuestas, activan ese mismo circuito, pero de forma mucho más rápida, intensa y a un costo conductual muy bajo. 

Tipo de uso y contexto personal

El joven psicólogo Urbano Sonzogni aclara que hoy en este tipo de cuestiones no se habla tanto de adicción, sino más bien de consumo o uso problemático, términos “mucho más amplios y menos estigmatizantes”.

El Licenciado en Psicología, Urbano Sonzogni

“La evidencia científica muestra que las consecuencias no dependen tanto del tiempo de uso en sí, sino del tipo de uso y el contexto personal. No es lo mismo el uso pasivo (scrolleo constante, automático y sin interacción) que el uso activo, donde la persona crea, se conecta con vínculos reales o trabaja. Hay quienes utilizan las redes como herramienta todo el día, pero mantienen una relación más instrumental y consciente con la tecnología”. 

En este sentido, aclara que tampoco es igual para alguien con recursos de regulación emocional sólidos que para alguien en un momento de vulnerabilidad: “el problema aparece cuando el uso se vuelve automático, difícil de parar, y en donde la persona suele sentir que las redes la usan a ella, y no al revés”.

El profesional destaca que el análisis debe hacerse individualmente, persona a persona: “indagar cuando el uso de redes sociales se torna problemático, permite pensar cuál es la función que está cumpliendo en la vida de esa persona y qué necesidad está intentando cubrir”. 

Fatiga cognitiva y otros efectos

Aunque solemos acudir a las redes con la intención de descansar o desconectar, como una actividad inofensiva, la cantidad de estímulos que contienen suelen generar lo contrario: fatiga cognitiva y cerebral.

Urbano lo ilustra con un ejemplo: una persona que pasa 4 horas estudiando, toma el celular para descansar un rato, y sin embargo, se siente mucho más cansada que antes. Esto es precisamente porque “el costo cognitivo que suele tener es muy elevado”, sostiene.

Un tiempo excesivo en redes también puede conducir a sentirse insatisfecho con la propia realidad. Sonzogni explica que las redes nos exponen constantemente a versiones editadas e idealizadas de vida, relaciones y lugares: “En redes todos tienen dinero o viajan por el mundo y muestran paisajes o casas hermosas. Esto puede llevar a la comparación constante y afectar la propia autoestima, ya que el cerebro no distingue entre la realidad y aquello que es una creación intencional y pensada”.

A su vez, ciertos mecanismos propios de las redes, como el contenido temporal, buscan promover que las personas entren de forma regular. Esto refuerza el chequeo constante, para ver si hay nuevo contenido, por temor a quedar fuera o no enterarse de algo: es el famoso ‘FOMO’, las siglas en inglés de Fear Of Missing Out.

El impacto en la regulación emocional y en nuestra capacidad atencional también es un efecto a considerar. “Acostumbrarnos a contenidos cortos y fáciles de digerir puede impactar en nuestra capacidad atencional y puede producir dificultades al momento de involucrarnos con otras actividades en donde la recompensa no es tan inmediata”.

Por eso, “cuando el cerebro se acostumbra a recompensas inmediatas, tolerar el aburrimiento se vuelve cada vez más difícil, y situaciones que antes eran neutras pueden empezar a generar irritación y malestar”.

Una aclaración importante que hace el psicólogo, es que, si bien estos efectos pueden observarse en personas independientemente de su edad, suele haber mayor vulnerabilidad en niños y adolescentes, porque están en una etapa donde el cerebro se encuentra en pleno desarrollo. 

Menos fuerza de voluntad, más estrategia

Frente a este escenario, el profesional nos plantea algunos consejos que considera efectivos para promover un uso más saludable y consciente de las redes sociales.

En primer lugar, resalta el valor de la información o alfabetización digital: “Si entendemos que las redes sociales están diseñadas por ingenieros, matemáticos y distintos profesionales para maximizar el tiempo que pasamos en ellas, confiar en nuestra voluntad o auto-control puede suponernos una gran desventaja como usuarios. La facilidad de acceso y las recompensas que brindan son muy fuertes e inmediatas contra un costo conductual muy bajo”.

La recomendación entonces es que, en caso que debamos hacer una actividad que requiere concentración, “prioricemos dejar el celular lejos, fuera de la vista, preferiblemente en otra habitación, o si es posible, apagado, al menos durante el tiempo que nos lleve la tarea que necesitemos hacer, ya sea estudiar, leer, producir un texto, etc.”.

Junto a esa distancia material, el psicólogo considera importante también hacer una reflexión y detenerse un momento para pensar qué es lo que buscamos en las redes: ¿conexión con otras personas, validación, entretenimiento, distracción? “Al tener claro eso, puede ser interesante pensar si existen formas más significativas o valiosas de obtenerlo. Y si todo esto resulta una tarea demasiado compleja, buscar ayuda profesional puede ser una gran opción”, indica. La idea, a fin de cuentas, no es eliminar o restringir totalmente el uso de las redes, sino promover un uso más flexible y con propósito. 

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