Para reflexionar en este Tiempo de Adviento

 

¡HOLA! Tenemos una invitación para hacerte.

Estamos a las puertas del Adviento, un tiempo de gracia muy especial para disponer el corazón para el nacimiento de Jesús: tiempo de preparación, reflexión y esperanza.

Tiempo de preparación: no se trata de la preparación material de la navidad que, paradójicamente, es lo que más nos preocupa. La comida, los regalos, la plata que hay que gastar. Dónde y con quiénes la pasamos (¡los conflictos que esto genera!). No. Se trata de preparar el corazón. Sin Jesús no hay navidad. Sin Jesús la navidad se vuelve una fiesta pagana. Hay que preparar el corazón. Y el adviento es un tiempo privilegiado para ello.

Tiempo de reflexión: es un lindo momento para pensar y preguntarnos por el sentido de nuestra existencia. Ponemos la mirada en esa primera venida del Señor, aquella que cambió la historia. Nos adentramos al interior del pesebre y contemplamos al niño envuelto en pañales. Ese niño que da sentido a nuestra vida. La misericordia de Dios hecha carne. Y, al mismo tiempo, nuestra mirada se posa en el horizonte, esperando la última venida, al final de los tiempos. Pensar en la parusía -en esa venida final- nos ayuda a tomar conciencia de hacia dónde caminamos, y nos alerta para estar prevenidos porque desconocemos el día y la hora. Ahora bien, ese Jesús que ya vino y que va a volver, sigue viniendo. Es la venida permanente, cotidiana. En el día a día el misterio se nos muestra y se nos oculta. Jesús viene en su palabra, en la Eucaristía, en la comunidad, en los hermanos, en el enfermo, en el pobre, en el que sufre. Si dos mil años atrás, alguno de los pobladores de Belén hubiese estado convencido de que quien estaba en el vientre de María era el Mesías, seguramente no habría cerrado sus puertas. ¿No será que nosotros no terminamos de convencernos y por eso cerramos las puertas a los hermanos? Cómo nos cuesta descubrir la presencia de Dios en lo cotidiano. Pues bien, el adviento es un tiempo para reflexionar y agudizar la mirada.

Tiempo de esperanza: si la navidad es el tiempo de la alegría, el adviento es el tiempo de la esperanza. Cuesta esperar en la cultura de la inmediatez y lo instantáneo. Hoy basta apretar un botón o abrir un sobrecito y ya está. Todo es rápido. Todo es instantáneo. Cómo cuesta esperar. El adviento es el tiempo de la espera. Nos ejercita en la paciencia. No se trata de cualquier espera. Es una espera dichosa. No esperamos con angustia, desde la incertidumbre. Sabemos, creemos, que Jesús viene. Y ese es el motivo de nuestra esperanza.

Para prepararnos de la mejor manera, cada semana te vamos a estar enviando un trocito de la cuna de Jesús. La idea es que, a través de cada una de las reflexiones y actividades propuestas, puedas ir haciendo lugar en tu corazón para ese Niño que trae salvación.

Si te copa la idea, buenísimo. Por ahora, te dejamos un cuento para arrancar nuestro camino a Belén.

Hace muchos años, en un tiempo lejano, un viajero llegó a un poblado. Le llamó la atención la belleza del lugar,  sus arroyos, los campos, los sembrados. Después de caminar un largo rato se encontró con las casas de la aldea. Casas sencillas, coloridas, con puertas abiertas de par en par. No podía creerlo. Él venía de un lugar muy distinto.

Se fue acercando. Tres niños salieron a recibirlo. Los padres de los niños invitaron al viajero a quedarse con ellos unos días.

El viajero aprendió muchas cosas: por ejemplo, a hornear el pan, trabajar la tierra, ordeñar las vacas, pero había una de la cual no podía descubrir el significado. Cada día -y algunos días en varias ocasiones- el papá, la mamá y los hermanitos, se acercaban a una mesita donde habían colocado las figuras de María y José, un burrito marrón y una vaca. Despacito, dejaban una pajita entre María y José. Con el correr de los días el colchoncito de pajitas iba aumentando y se hacía más mullido.

Cuando le llegó al viajero el momento de partir, la familia le entregó un pan calientito y frutas para el camino, lo abrazaron y lo despidieron. Ya se iba cuando, dándose vuelta, les dijo:

– Una cosa quisiera llevarme de este hermoso momento.

– Por supuesto, le contestaron. ¿Qué más podemos darte para el camino?

-¿Por qué –preguntó el viajero- iban dejando esas pajitas a los pies de María y José?

Ellos sonrieron y el niño más pequeño respondió:

– Cada vez que hacemos algo con amor buscamos una pajita y la llevamos al pesebre. Y así vamos preparándolo para que, cuando llegue el niño Jesús, María tenga un lugar donde recostarlo. Si amamos poco, el colchón va a ser un colchón delgado y por lo mismo frío; pero si amamos mucho, Jesús va a estar más cómodo y calentito.

El viajero parecía comprenderlo todo. Sintió ganas de quedarse con esa familia hasta la Nochebuena pero una voz dentro suyo lo invitó a llevar por otros pueblos lo que había aprendido.

 



Graduados, Facultades, Santa Fe, Rosario, Posadas, Reconquista, Vicerrectorado de Formación, Rafaela, Gualeguaychú, Sedes, Institutos