El misterio de la vocación

 

 

No temas, José.

Mt 1, 20

Toda vocación es un misterio. El llamado es una invitación al seguimiento signado por la gratuidad. “Llamó a los que quiso” (Mc 3, 13). “No son ustedes los que me eligieron sino yo el que los elegí y los destiné para que vayan y den fruto” (Jn 15, 16). “Antes de formarte en el seno materno ya te había consagrado” (Jr 1, 5) No hay merecimiento sino conciencia de la propia indignidad. De allí que toda vocación sea una invitación a acoger el don.

Fuimos llamados sin merecerlo a la existencia, nos fue dada la vida. No creo que nadie sea capaz de decir: “La verdad es que yo era tan copado antes de ser concebido que Dios pensó que el mundo se perdería de alguien como yo si no nacía.” La vida es un milagro, un don, una maravilla. Como nos recuerda José Luis Martín Descalzo: “Todos hemos sido llamados, por de pronto, a vivir. Entre los miles de millones de seres posibles fuimos nosotros los invitados a la existencia.

Si nuestros padres no se hubieran cruzado “aquel” día, en “aquella” esquina, o en “aquel” baile, hoy no existiríamos. Y si nuestro padre se hubiera casado con otra mujer, habría nacido “Otra” persona distinta de la que nosotros somos. Alguien -decimos los creyentes- o algo -dicen los materialistas- se trenzó para que esta persona concretísima que cada uno de nosotros es llegara a la existencia. Y ésta fue nuestra primera y radical vocación: a nacer, a realizarnos en plenitud, a vivir en integridad el alma que nos dieron. Ya esto sólo sería materia más que suficiente para llenar de entusiasmo toda una existencia, por oscura y desgraciada que sea.” Nacer es como haberse sacado el gordo en una lotería cósmica. Cada ser humano es único e irrepetible.

En toda vocación resulta fundamental acoger la propia historia, es decir, hacer espacio dentro de nosotros mismos incluso para lo que no hemos elegido en nuestra vida: aceptarnos, sanar, reconciliarnos con nuestro pasado. Leemos en Del sentimiento trágico de la vida: “En cierta ocasión, este amigo al que aludo me dijo: Quisiera ser fulano (aquí un nombre), y le dije: eso es lo que yo no acabo nunca de comprender, que uno quiera ser otro cualquiera. Querer ser otro, es querer dejar de ser uno el que es”.

Fuimos llamados a ser hijos de Dios. Y esto también es gracia. Hijos en el Hijo. “Llamados a ser santos e irreprochables en su presencia por el amor” (Ef 1, 4). “Sean santos, porque yo soy santo” (Lev 11, 45). La llamada universal a la santidad es inherente al propio bautismo. No hay que tenerle miedo. No hay que pensar que es un llamado para gente especial, con cualidades particulares, sin defectos, con tiempo para lo espiritual. Como nos enseña el Papa Francisco: “(la santidad) no te quitará fuerzas, vida o alegría” (Gaudete et Exultate 32). “No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida existe una sola tristeza, la de no ser santos” (Gaudete et Exultate 34).

En este punto, José nos enseña a ser santos. No fue menos hombre por recibir a María, por aceptar a Jesús, por ser fiel al proyecto de Dios que –sin dudas– no era el suyo (al menos, el que había imaginado desde un comienzo). “Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia” (Patris Corde 4).

Fuimos llamados a una vocación específica, particular, que tiene que ver con lo que somos y hacemos. Pero antes de entrar en este punto –que será materia de reflexión en un próximo escrito– quiero invitarlos a pensar en el misterio del “nombre” que todo llamado encierra.

El Buen Pastor, Jesús, “llama a sus ovejas, a cada una por su nombre” (Jn 10, 3). Llamar por el nombre expresa familiaridad. “Las ovejas conocen su voz.” La vista muchas veces nos engaña, la voz resulta inconfundible. María Magdalena confunde a Jesús con el hortelano, algo en la vista –como a lo de Emaús– le impide reconocer al Señor. Y, sin embargo, cuando éste pronuncia su nombre: “María”. Ella responde en seguida: “Rabuní” (Jn 20,16). Llamar por el nombre indica dominio y pertenencia. El relato del Génesis nos dice que Dios le presentó al hombre todos los animales para ver cómo los llamaba, “porque cada ser viviente debía tener el nombre que le pusiera el hombre” (Gn 2, 19). Esto explica también el porqué del evitar pronunciar el nombre de Dios y aquel misterioso “Yo soy el que soy” (Ex 3, 14). Mamá y papá ponen un nombre (o dos, o tres) a sus hijos. Y quiénes se dedican a la psicología dicen que cuando empezamos a poner nombre a lo que nos sucede, comenzamos a dominar la situación. Muchas veces le damos vuelta a la cosa porque cuesta enfrentarse a la realidad, a la propia verdad. “Llamar a las cosas por su nombre” –dice el refrán. (Al pan, pan; y al vino, Toro –reza la publicidad). Llamar por el nombre implica una misión. En la mentalidad antigua, el nombre no sólo designaba a la persona sino también su naturaleza. Por tal motivo, el texto bíblico nos dice que, en diversas ocasiones, Dios le cambió el nombre a aquellos que eligió para una misión especial. “No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham” (Gn 17, 5). “En adelante no te llamarás Jacob sino Israel” (Gn 32, 29). “Tú eres Simón, el hijo de Juan, en adelante te llamarás Cefas” (Jn 1, 42). Llamar por el nombre dignifica, reconoce la existencia de un otro distinto a mí pero igual en dignidad, de uno que me pertenece, que es don, que es hermano, prójimo, del cual soy responsable y cuya presencia me interpela. Al llamar por el nombre, Dios ahuyenta el temor porque su voz indica que camina con nosotros. “No temas, Zacarías” (Lc 1, 13). “No temas, María” (Lc 1, 30). “No temas, José” (Mt 1, 20).

Cada uno de nosotros tenemos un nombre. Ese nombre nos designa. Ese nombre habla del sueño de nuestros padres. Ese nombre encierra una historia, nos identifica. Ese nombre indica una misión. Ese nombre nos permite relacionarnos. Ese nombre nos habla de un Dios que nos consagró y nos hizo sus hijos. Pidamos a San José su intercesión y guía para poder escuchar la voz de Dios que sonriendo dice nuestro nombre.

 

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